"Notes from the Last Row", una serie

Joel Aguirre · 9 de julio de 2026

"Notes from the Last Row", una serie

Uno de los motivos por los que mi pluma ha renunciado a su vieja costumbre de reseñar películas y series es que el claro donde antes se paseaban las grandes historias hoy luce más desértico que la Plaza Mayor a 41 grados a la sombra. Pero, para sorpresa de todos, Netflix nos ha regalado una serie de una calidad que no se palpaba desde el estreno de Dark, allá por 2017.

Lo primero que conviene saber es que El chico de la última fila (Notes from the Last Row) es una adaptación de la obra teatral homónima del dramaturgo y director madrileño Juan Mayorga, estrenada en 2006 y desde entonces itinerante por los circuitos teatrales del mundo entero. Años después, uno de los cineastas más finos que nos quedan, François Ozon, llevó su propia lectura de la pieza a la pantalla grande, bajo el título Dans la Maison (2012). 

Pero lo que me trae hoy a esta reseña es la versión surcoreana: una miniserie de seis capítulos estrenada a finales de junio en Netflix, dirigida por Kim Gyu-tae y protagonizada por mi ídolo personal Choi Min-sik (Oldboy, Sympathy for Lady Vengeance, I Saw the Devil) junto al inquietante y certero actor juvenil Choi Hyun-wook.

Antes de nada, quiero señalar las distancias notables entre esta serie y la película de Ozon, porque, si ya se acercaron a aquella cinta, conviene que se preparen para un giro de la historia original más arriesgado, más torcido, más manipulador. Ozon prefiere la comedia ambigua e ingeniosa, esa que sugiere las obsesiones recurrentes de quienes contamos historias: la naturaleza de la creación, el pozo sin fondo de la inseguridad intelectual, la derrota íntima y el bucle infinito de las historias que anidan dentro de otras historias.

Siempre observados por un alumno taciturno

Ambas versiones nos presentan a un profesor de literatura obsesivo y amargado, que desprecia a sus colegas por su pensamiento de molde y que se marchita ante la mediocridad de sus alumnos. Los dos profesores están casados con una mujer que no merecen —brillante, paciente, cansada— y sobreviven a un matrimonio estéril y sin descendencia. Y ambos terminan enredados con un alumno taciturno que los observa, siempre, desde la última fila.

Sin embargo, la versión coreana resulta infinitamente superior por dos razones de peso: la adaptación no se conforma con las ambigüedades narrativas de la obra original, sino que entrega al espectador una dosis certera de obsesión, manipulación y venganza —esa marca de fábrica de los guionistas surcoreanos que ningún otro país ha logrado trasplantar con éxito al espectador occidental. (No olvidemos la infame versión que Spike Lee hizo de la obra maestra de Park Chan-wook).

Pocos actores en Corea pesan tanto como Choi Min-sik, quien, tras 45 años de carrera, sigue siendo célebre en el extranjero sobre todo por su trágico Oh Dae-su en Oldboy. Aquí encarna a Heo Mun-oh, el escritor frustrado que, tras publicar una novela discreta, termina enseñando con más rencor que vocación. Entre sus alumnos desganados —a quienes trata con un desdén casi litúrgico— destaca Lee Kang, un estudiante huraño y reservado cuyos relatos serializados fascinan al profesor. Mun-oh lo invita a sesiones privadas, convencido de que, a través del talento del joven, podrá recuperar el prestigio que la vida le negó.

El propio Choi Min-sik advirtió, a propósito del estreno, que se trata de una historia asfixiante y del todo incómoda, sembrada de momentos que rozan lo desagradable. Habló del deseo: de cómo las personas se desmoronan cuando se les corta el paso hacia él, y de lo poco que queda después. Insistió en que la violencia de la serie nunca golpea con los puños, sino con las palabras y con la escritura —y que nadie, dijo, “sale ileso, ni siquiera el niño”. Esa advertencia se cumple con una crueldad casi quirúrgica en el matrimonio de Mun-oh: el desdén con que trata a su esposa no es indiferencia, sino una forma calculada de crueldad, el desamor convertido en arma silenciosa, una violencia que no necesita alzar la voz para dejar cicatrices.

Netflix

El poder de la ficción en sí misma

Alumno y profesor se hunden juntos en un thriller conspiranoico donde la estructura literaria y la realidad terminan por confundirse. El resultado es un relato oscuro sobre una locura compartida, en el territorio peligroso de la enseñanza y la soledad: tan perspicaz en su mirada sobre el proceso creativo como trágico en lo profesional y en lo íntimo. El profesor Mun-oh se desploma, sin remedio y ante nuestros ojos, en una espiral inaudita de tragedia auténtica.

Notes from the Last Row se sostiene sobre dos o tres líneas narrativas paralelas. Está, por un lado, la relación entre el profesor, el alumno y quienes los rodean, y los conflictos en que se ven arrastrados. Por otro, la historia de secretos familiares que relata Lee Kang, historias que acaso no sean del todo ciertas. Y luego hay un tercer hilo, quizás el más fascinante de todos: el poder de la ficción en sí misma, el atractivo de entregarse a una narración, de inmiscuirse en la vida ajena, y la fuerza casi hipnótica que una historia bien contada puede ejercer sobre quien la lee o la mira. A medida que la trama se enreda —la serie añade un par de giros más que la película de Ozon; de otro modo no llegaría a los seis episodios—, la premisa original de Mayorga vuelve a merodear esa frontera difusa entre ficción y realidad.

Esta adaptación coreana afila el suspense y empuja la manipulación narrativa hacia un terreno abiertamente criminal. El enigmático Lee Kang explota las grietas de su profesor, mientras Mun-oh, ansioso por escapar de su propia crisis, se deja arrastrar hasta perder, poco a poco, la noción de los límites.

La serie a veces se excede al introducir traumas familiares e historias de fondo ausentes en versiones anteriores, pero aun así lo que propone sigue siendo inquietante y audaz, sobre todo en una era de manipulación mediática y algorítmica constante: la manera en que las narrativas juegan con el sesgo de confirmación, con las heridas emocionales del público, y con la capacidad de dirigir el deseo hacia fines nada claros.

Un campo de batalla existencial

Los episodios finales se adentran en el territorio puro del suspense, donde los giros de perspectiva exigen una atención casi obsesiva, pero la narrativa ambiciosa se sostiene gracias a interpretaciones magníficas. Choi Min-sik resulta particularmente certero, transmitiendo con una contención admirable el lento descenso de Mun-oh: de académico amargado a hombre poseído por la historia de otro que nunca llegó a ser.

Como tantos dramas coreanos sobresalientes, El chico de la última fila se apoya en el concepto de Han: ese nudo emocional hondamente arraigado de dolor, resentimiento e injusticia sin resolver. Junto al instinto brutal de supervivencia, la serie se convierte en un campo de batalla existencial que obliga a sus personajes a decidir si se rendirán a sus impulsos más primarios o se aferrarán, contra todo, a su humanidad.

Y si me permiten cerrar con la comparación que llevaba rato pidiéndome el cuerpo: así como Toshiro Mifune convirtió cada mueca contenida en un tratado sobre la condición humana bajo la mirada de Kurosawa, Choi Min-sik lleva casi medio siglo haciendo lo propio frente a las cámaras surcoreanas, transformando la vergüenza, el resentimiento y la furia contenida en una gramática actoral propia, tan reconocible como la del japonés. Mifune tenía la katana y el silencio; Choi el martillo y esa mirada que, en Notes from the Last Row, basta para desmoronar a un hombre entero sin levantar la voz. Dos actores, dos países, y el mismo instinto de convertir el dolor en algo de lo que no se puede apartar la vista.