blogeditor · 9 de abril de 2015
Antaño uno necesitaba profetas para que anunciaran las calamidades. Ahora hay que conformarse con columnistas, pero lo que se nos advierte ahora es para infundir el temor de dios al más cínico —o más bien no, pero sigámosles la corriente un momento.
“La sociedad mexicana está entrando en una paranoia moral caracterizada por juicios sumarios hacia personajes públicos”, dice Carlos Mota. “El graderío excitado está deseoso de corazones humanos. Lo de menos es quién llegue y por qué a la piedra de los sacrificios”, dice Ciro Gómez Leyva. Los bárbaros están a las puertas de la ciudad, pues, y si no actuamos ahora pronto tendremos linchamientos en la calle. Los radicales, los resentidos sociales, los estridentes van a arruinarnos la fiesta a todos si no los detenemos ahora.
Si uno es la clase de persona que le tiene pánico a las opiniones estridentes de la gente que no está de acuerdo con uno, estas columnas serían un llamado a la acción imposible de ignorar, una señal de que es tiempo de guardarnos en nuestras casas y reflexionar sobre todas las veces que hemos criticado al gobierno y lo cerca que nos hemos llevado a la desgracia. Pero si uno resulta, digamos, menos ingenuo, probablemente sea mejor comenzar a bostezar justo ahora. Y después de bostezar, prepararse el desayuno y pasear a los perros, comenzar a molestarse un poco. No demasiado. Hay mejores cosas en que ocupar el tiempo.
[contextly_sidebar id=”6wJXMxqsiPVWmn1dgf09LHvZcE8qSQa6″]Ni Gómez Leyva ni Mota son los primeros en sonar las alarmas por el inminente colapso de una fiesta que sólo ellos han visto. Ni siquiera son los únicos que viven con el temor de dios de los “radicales” y sus “nuevas armas cibernéticas”, aunque la mayoría prefiere murmurarlo por lo bajo —no por una mejor razón sino porque revela, en realidad, la edad de uno: probablemente nadie que haya nacido a partir de los 80’s sabe bien a bien lo que es un radical y por qué le resultan tan aterradores a otras generaciones cuando hacen comentarios incendiarios desde su teléfono en Twitter.
Ya otros pequeños miembros de la comentocracia nos han advertido que somos injustos con los funcionarios públicos, que no les reconocemos su humana falibilidad y el hecho de que no pueden, simplemente, resolverlo todo, aunque eso sea justamente lo que prometen cuando van por un puesto —¡Qué atrevimiento el nuestro, creer en las promesas y decepcionarnos cuando nos confiesan que no pueden cumplirlas! Ya otros, en otros años, en otras décadas incluso, nos han llamado a cerrar filas con un gobierno que sólo quiere lo que es mejor para el país. Era tan ridículo entonces como ahora, pero hay quien simplemente no deja de intentarlo.
Pero si no hay que enojarse demasiado, no está de más irritarse un poco. Se puede insultar a la tribuna, pero no se puede esperar que la tribuna no lo insulte a uno de regreso. Y es que, bien visto, cuestionar la brújula moral de Twitter es una trivialidad, pero suponer que la “Sociedad Mexicana” —así, con mayúsculas— es un graderío excitado y paranoide por, bueno, expresar sus opiniones, no se deja de sentir un poco más personal. Un ataque a la capacidad de uno para pensar por sí mismo, un ataque menor y más bien idiota, pero ataque a final de cuentas.
Por otra parte, si uno en la tribuna se siente insultado y quizá un poco irritado, quienes en realidad deberían sentirse profundamente ofendidos son los funcionarios a los que estos profetas-columnistas menores están “protegiendo”. ¿Los consideran tan ignorantes de la realidad como para no saber que a un escándalo le sigue una renuncia? ¿Creen que quien tiene un perfil público alto no sabe que su vida cotidiana es una cuerda floja en la que en cualquier momento se puede caer? ¿Creen que se levantan por la mañana pensando que son tan indispensables para el país que es mejor poner en aprietos a su jefe a vivir fuera del presupuesto? No hay buenas alternativas en esto. O estos defensores de la vida institucional creen, sin conocimiento de causa, que los funcionarios son tan delicados que no se les puede tocar con el pétalo de una crítica o peor, los funcionarios a los que defienden con tanto entusiasmo de hecho resultan así de frágiles y han solicitado, explícita o implícitamente esta defensa.
Pésimos escenarios ambos. O estos columnistas insultan a la tribuna y a los funcionarios o los columnistas y los funcionarios nos insultan a nosotros. Por el bien de la patria a quien están corriendo a salvar, más vale que sea la primera. Es tiempo de dejar de mirar hacia las redes sociales. Los bárbaros no están a las puertas. Están dentro del edificio.