Note to self

Redacción Animal Político · 12 de julio de 2024

No es que alguna vez haya tenido (o encontrado) un sentido de vida, pero puedo decir que me hace sentido la rutina, la estabilidad e incluso el aburrimiento. Saber que cada cosa tiene su lugar, tender la cama, comprar pasta de dientes, recoger el plato de la mesa. En esa suma de pequeños sentidos cotidianos vive mi felicidad.

Pero hay una parte de mí familiarizada con el sinsentido, comprometida con sus miedos e inseguridades, que lo considera su hábitat natural y se olvida por completo de la mujer que sabe sostenerse a sí misma y que sabe andar. Que sabe sostener y enseñar a andar. Tal vez escribo este texto para recordármelo.

Sentirse perdida, que no es lo mismo que perderse, hasta (re)encontrarse es un ciclo dolorosamente agotador en el que la suficiencia se convierte en el pastel de chocolate que deseas, pero que no te puedes comer. Tener más, por ejemplo, nunca es suficiente para tapar el hueco que deja aquello que no pudiste tener cuando lo quisiste.

Ser consciente de mi dinámica emocional, añeja (espero que no rancia), que también coopera con su puntualidad, ha sido una travesía que en buena parte se ha tratado de reinterpretar y reescribir las historias con las que crecí. Me ha resultado saludable, aunque no cómodo, recorrer y recorrer mi pequeño bagaje emocional sobre el mundo, la familia, las relaciones, las parejas, la economía, las expectativas… reírme de algunas cosas, llorar por otras, desechar unas cuantas, con sus respectivas dosis de culpa y arrepentimiento, pero también guardar otras con su dosis de ilusión y esperanza. Acomodar lo que hay que acomodar, dejar desacomodado lo que no se deja. Y seguir. Hasta que llegue el próximo recorrido.

Me atrevo a decir (aunque luego quede mal) que he aprendido a rescatarme de la melancolía-nostalgia-tristeza-apatía-sinsentido a través de los refritos de mis propias historias.

Hace no tanto, el manto del desencanto era tan ancho que cubría todos los ámbitos de mi vida. Hoy solo permito que (me) suceda. ¿Es una manera de rendirme o de combatir? No sé. A estas alturas, lo que me da gusto es ser más paciente, no más valiente.

No tengo cabeza para mucho, ni hígado ni ganas. El poco espacio en mi disco duro me permite dirigir la mirada hacia la estabilidad y las rutinas adquiridas. Los Yakult en el refri, el cereal en la alacena, las mandarinas en la canasta. Hay una serenidad implícita estando en casa, incluso en este estado mental y emocional que ni picha ni cacha.

Creo que la mejor decisión, si es que la lucidez todavía me acompaña, es poner la mayor cantidad de energía (tampoco es que haya mucha) y tiempo (que todavía tenemos) en los pequeños sentidos cotidianos: limpiar el arenero del gato, regar el pasto, ponerse crema en las manos o descansar quince minutos después de comer. Y permitir que se siga albergando ahí nuestra felicidad.

Ilustración del blog de Bárbara Hoyo, Anatomía, que representa la forma de una mujer en tres dimensiones.

@barbarahoyo