blogeditor · 4 de febrero de 2014
Por: Julio Juárez Gámiz (@juliojuarezg)
Me pregunto en qué momento nos acostumbramos a ver el espacio público invadido de amigables retratos de gobernantes. Legisladores locales, federales, plurinominales o de mayoría relativa, jefes delegacionales y de gobierno, gobernadores y presidente. Están por todos lados. No hablo de una campaña entre candidatos, 60 ó 90 atribulados pero necesarios días en una democracia que presume su alternancia. Me refiero al cada día más patético desfile de sonrisas Colgate que, so pretexto de informarnos todas las maravillosas dádivas de su administración, nos brindan servidores públicos convertidos en modelos de una pasarela colegial.
Y así como la comunicación política del país está fuertemente centralizada en la capital, gobernadores de todas las latitudes buscan su huequito en un camión que transite por Patriotismo o Legaria para decirnos que aspiran algún día gobernar a los chilangos también. Una especie de advertencia publicitaria. Hoy Comitán mañana Coyoacán.
Basta leerse entero el Párrafo 5 del Artículo 228 del hoy moribundo Cofipe para soltar la carcajada. La prohibición a la promoción personalizada de servidores públicos tiene una ventana anual de 12 días para que, benditos informes de gobierno, cualquier funcionario pueda inundar las calles para promover su imagen. La nueva ley electoral promete, entre muchas otras cosas, una ley secundaria en la materia. A ver si es cierto.
[contextly_sidebar id=”f7926ee06aab86f0c0bac250145acd6c”]Apenas la semana pasada el IFE, lo que aún queda de su consejo general, declaró improcedente la queja que presentara el PAN en contra del actual gobernador chiapaneco, Manuel Velasco, por promover su imagen bajo la excusa ya mencionada. El IFE se declaró incompetente para sancionarlo pues dicha promoción, se dijo, estaba contemplada en la ley. Solo les faltó aclarar cómo se justifica el cumplimiento de la ley cuando ésta dice claramente que la promoción debe hacerse dentro del ‘ámbito geográfico de responsabilidad del servidor público’. Estamos frente a un verdadero acto de canibalismo geográfico.
Y como en toda queja que circula en los pasillos del IFE hay un poco de ignorancia (el Art. 134 constitucional no está debidamente reglamentado por lo que no existe ni pena ni autoridad competente para juzgarlo fuera de un proceso electoral), un poco de razón (es insultante que el gobernador del estado más pobre de la Federación gaste 130 millones de pesos en comunicación social) y otro tanto de mala leche (trasladarle al Instituto el costo político por no actuar sin contar con un marco jurídico adecuado para sancionar –más de 6 iniciativas para regular gastos de comunicación social deambulan en el purgatorio del Congreso de la Unión-).
El problema de fondo, como en la mayoría de las gandalleces cometidas por nuestra clase política, es la falta de interés ciudadano. A estas retorcidas campañas publicitarias generalmente les sigue un breve alarido de reprobación (de unos cuantos), otro de justificación oficial (‘no estamos violando ninguna ley’) para luego instalarse el más vulgar de los silencios. No un silencio incomodo del tipo ‘mamá te presentó a mi novio 15 años mayor’, sino al de quien asume que la cosa no es con uno. El eco de aquellas famosas palabras que nos regalara el gran prócer de las botas y el bigote: ‘¿y yo por qué?’.
Y aquí seguimos viendo como todos estos gobernantes nos ven la cara. Ellos, a través de su pose de publireportaje, nos miran sonrientes como si su impunidad fuera causa de una perversa alegría, un chiste privado. Aquí estoy, pagando mi mejor foto con tus impuestos; disfrutando de la toma más enternecedora de mi spot con dinero que podría destinarse a equipar un hospital o escuela. Me congratulo de la política sin contrapesos a la mexicana. Te veo reconociéndome, aprendiéndote mi nombre y ligándolo a una frase ingeniosa de mi equipo de comunicación. Mañana me verás en la calle y querrás saludarme, abrazarme pero, sobre todo, agradecerme lo que he hecho por ti. Me harás un poco más feliz y tu serás un ciudadano un tanto más miserable.
Hagamos de este tema un compromiso irrevocable para quienes busquen gobernar o legislar en el futuro. Ya no queremos verles la cara (ni que nos la sigan viendo).
* Julio Juárez Gamiz es investigador del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades (CEIICH-UNAM)