blogeditor · 29 de julio de 2015
Curioso lo que me decía un profesor de la universidad hace ya algunos años, en un tono casi maquiavélico: “para terminar con un movimiento social, no hay más que dos opciones. O te deshaces de quien ejerce el liderazgo, o bien, te deshaces de la causa que lo provocó”.
En ese sentido, seguía el maestro, el peor castigo y al mismo tiempo el mayor reto que puede tener una causa social es lograr su cometido. Porque cuando eso ocurre, naturalmente tiene que desaparecer o reinventarse. Algunos líderes sociales guardan tal celo a su causa y posición, que incluso llegan a boicotear su lucha con tal de mantenerse vigentes.
No pude evitar pensar en eso hace poco más de un mes, cuando casi de manera simultánea, la Suprema Corte de Justicia de la Nación en México, y su homóloga en Estados Unidos, emitieron juicios muy parecidos en relación al matrimonio igualitario.
Allá, la decisión transformó el mapa federal de la noche a la mañana e hizo del matrimonio igualitario una realidad en toda la Unión Americana. Acá, los ministros declararon inconstitucional a todo Código Civil que establezca al matrimonio como un contrato únicamente entre un hombre y una mujer.
De modo que tomará algún tiempo adecuar los puntos y comas de las leyes locales, pero es una realidad innegable (en estos dos países, al menos) que el matrimonio igualitario ha triunfado y está aquí para quedarse.
Es decir que la demanda más evidente de la agenda homosexual (reitero, homosexual y no LGBTTTI), y que prácticamente ha sido la causa más sólida para la existencia política de ese movimiento, ha quedado resuelta.
[contextly_sidebar id=”Mv6pttobeIU8ikmTzlmNTbSyosOLNFoq”]Al leer ahora a sus principales impulsores, o entrar a los sitios web de las organizaciones que por décadas habían luchado en pro de este derecho, no puede uno evitar sino sentir un aire de nostalgia y de caducidad vencida. Toda proporción guardada, me imagino que es una sensación similar a la que tiene un revolucionario el día que logra derrocar al gobierno y entra a las oficinas del palacio nacional. Y ahora ¿qué demonios sigue?
En otras palabras, ¿cómo se reinventa el movimiento gay en su conjunto para que no termine siendo un mero capítulo anecdótico de lo que alguna vez fue necesario exigir?
El reto no es menor. Y no lo es porque de todos los puntos que estaban en la agenda, el matrimonio igualitario era el más sexy. Era, si se me permite el término, el más mercadeable. Un producto fácil de vender, con narrativa propia y una marca que se había logrado posicionar en el imaginario colectivo como algo positivo.
“Total, ¡que se casen! A mí, eso ni me va ni me viene, mientras no se metan conmigo”.
Cuántas veces hemos escuchado, en un formato u otro, una frase de ese tipo. Porque lo que se ganó con el matrimonio igualitario fue eso, y sólo eso. Es decir, que se venció el encuadre en el que era aceptable limitar los derechos civiles de las parejas del mismo sexo y se volvió políticamente incorrecto darse golpes de pecho jurídicos.
Pero en el día a día, y más allá del texto legislativo, la homofobia se sigue admitiendo. Puto, joto y maricón son calificativos que siguen en el lenguaje diario de muchas casas, de muchas oficinas, y a gritos, en las calles, entre muchos claxonazos.
La Corte puede obligar a los Congresos a cambiar las leyes, pero difícilmente puede obligar a millones de mexicanos a cambiar lo que por décadas se ha enraizado en la cultura mexicana, y eso no es más que la discriminación y el machismo.
El matrimonio igualitario, por sí mismo, no hace que las calles sean más seguras para que dos hombres se tomen de la mano, o para que dos mujeres se den un beso. El matrimonio igualitario, por sí mismo, no obliga a los empleadores a ofrecer un trato igual a dos candidatos más allá de su preferencia sexual. No cambia el pánico con que muchos padres de familia hacen hasta lo imposible para que su hijo no les salga “rarito”. Y el matrimonio igualitario no modifica el trato inhumano que muchas veces sufren personas homosexuales frente a un policía, a un ministerio público o incluso ante un juez.
De modo que el movimiento homosexual no tiene que buscar nuevas causas para reinventarse; ésas ya están, y son muy claras. Simplemente tiene que tomarlas y visibilizarlas como lo hizo con otras batallas.
Porque al igual que sucede con cualquier pareja de casados, el matrimonio es el primer paso, pero de ninguna manera es el último. Los retos más grandes, los verdaderamente difíciles y al mismo tiempo los más gratificantes de vencer, apenas están por venir.
* Daniel Berezowsky (@danberezowsky) es Licenciado en Ciencias Política, especializado en comunicación política y análisis de discurso. Su experiencia incluye el Poder Legislativo, la Administración Pública Federal, la prensa escrita y el cine.