blogeditor · 17 de agosto de 2020
Silvia Barquero, autora del libro Animales. La revolución pendiente, intitula un capítulo “El país del maltrato animal” refiriéndose a España; sin embargo, el calificativo no se limita al país europeo. Fácilmente se puede aplicar a México por la gran diversidad de aberrantes y vergonzosas prácticas que se realizan en el país bajo el esquema de “lo cultural” y “la tradición”: masacrar animales no humanos para ser usados como ingredientes en la gastronomía local; organizar festivales culturales en donde uno de los espectáculos principales son las peleas de animales; realizar prácticas zooturísticas en las que los animales son altamente explotados y cosificados, y replicar la tauromaquia como un espectáculo que legitima las relaciones raciales y de poder en el México contemporáneo, entre otras.
Estos ejemplos de violencia normalizada hacia los animales no humanos ilustran una tendencia preocupante: los humanos no sólo están perpetrando estos actos de violencia, sino que además lo hacen con la idea de que se trata de un juego. La violencia se legitima a partir de un concurso, una actividad turística o familiar de recreación, o un torneo. Esta normalización hedonista debilita la idea de que el sufrimiento y la muerte de los seres sintientes son moralmente significativos y aumenta la probabilidad de violencia futura contra poblaciones vulnerables, tanto humanas como no humanas.
No hay duda de que los humanos matan a otros animales, esto no es novedad. Cada año son asesinados más de 100 mil millones de animales no humanos terrestres para satisfacer las necesidades alimentarias de un porcentaje muy elevado de la población que tiene (y defiende) prácticas carnistas. A eso hay que sumarle los entre mil y 3 mil millones de animales marinos que son capturados anualmente por la pesca industrial y a quienes se les ha arrancado su individualidad al ser contabilizados, oficialmente, en toneladas. Ambas actividades contribuyen a la pérdida de ecosistemas, a la extinción de especies (animales y vegetales) y al cambio climático, fenómeno global cuya externalidad máxima es la de acabar con millones de no humanos debido a incendios, inundaciones y otros eventos similares mal llamados “desastres naturales”. Y, por si fuera poco, cuando los supervivientes no humanos buscan refugio o hábitat en “nuestras” comunidades son catalogados como “invasores” o plagas a los que hay que exterminar o controlar.
Los humanos hacen que los animales no humanos sufran y mueran mucho más de lo necesario en el ya de por sí cruel mundo natural (sic). Un sistema alimentario estrictamente basado en plantas dañaría mucho menos porque, a pesar de la demanda de alimento para más de siete mil millones de Homo sapiens, los métodos de producción serían más amables con el entorno, se disminuiría considerablemente la violencia hacia los animales no humanos y se podrían mitigar, parcialmente, los efectos del cambio climático. Además, la preservación de la tierra y los ecosistemas, así como el intercambio de espacio en comunidades “humanas”, les brindarían el trato equitativo que merecen.
Algunos humanos disfrutan de matar a otros animales. La pesca y la caza se perciben falazmente como actividades necesarias para el desarrollo humano, a la vez que placenteras y relajantes. También hay muchos que gozan ver a los no humanos luchar hasta la muerte, ya sea entre ellos mismos o en batallas interespecie, frente a una audiencia que aplaude la violencia y apuesta por los resultados, casi siempre sin sentir culpa dado que está frente a un “elemento cultural”. Además, estos “juegos” potencian el antropocentrismo: cuando un humano se enfrenta, alevosamente armado, a un no humano, el primero casi siempre resulta triunfador.
Los “juegos de matar” o “deportes de sangre”, como también se conocen, tienen un beneficio práctico: hacerle creer al Homo sapiens que la violencia es necesaria. Se apoyan en una variedad de estrategias foucaultianas para que el acto sea tolerable para los perpetradores: usar tecnología para crear distancia física hacia las víctimas, utilizar lenguaje de objetivación para crear también distancia psicológica y fragmentar el trabajo de matanza para reducir el sentido de responsabilidad individual por el sufrimiento y la muerte de otro animal, entre otras.
Cualquier humano que conozca los principios básicos de una Bioética zoocéntrica condenaría estas prácticas. No solo se atenta contra el interés básico de todo ser sintiente a no sufrir, sino que se está ejerciendo violencia por la satisfacción de un interés secundario –la recreación– que, en el fondo, recae simplemente en sentirse superior al otro.
Tratar la violencia como un juego es inaceptable, y enmarcarla como una actividad placentera, recreativa o relajante mina la idea de que es una tragedia que se debe evitar a toda costa. Cuando se ve a la violencia como un “mal necesario”, que genera diversión y entretenimiento en aras del crecimiento económico o del desarrollo local, se condiciona al público y a los perpetradores a ver a las víctimas como indignas de respeto o compasión, y a perpetuar la violencia hacia los grupos vulnerables. Todos los animales importan moralmente y, por ello, toda violencia es una tragedia. Continuar clasificando los actos de dañar y matar seres conscientes como formas agradables y entretenidas de pasar el tiempo libre significa perder de vista lo que significa ser humano.
* Gino Jafet Quintero Venegas es doctor en Geografía por la UNAM con especialidad en Geografía del turismo, Geografía de los animales y con posdoctorado en Bioética. Actualmente es Investigador Asociado “C” del Instituto de Investigaciones Sociales en el área de “espacio social” con la línea de descampesinización y turismo. Además, es profesor de Zoogeografía y de Geografía y Ética en la FFyL.
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