blogeditor · 19 de octubre de 2021
Un día sí y otro también nos enteramos de graves casos de corrupción e impunidad que vienen acompañados con el uso de la justicia con fines políticos. La violencia hace tiempo que se ha convertido en una realidad casi escenográfica que ya no preocupa. Tampoco ocupa. Las masacres, desapariciones, zonas de exterminio y fosas clandestinas masivas solo son nota por algunas horas en algunos medios. Hemos normalizado lo inaceptable, la brutalidad y lo inmoral: violencia, impunidad y corrupción.
Recientemente se dio a conocer una medición más del fracaso mexicano. World Justice Project emitió un informe en el que analiza 139 países. México es uno de los 5 más corruptos colocándose en el sitio 135 y está el lugar 113 entre el 20% con menos Estado de Derecho. No estamos solo ante instituciones con falta de capacidad, sino ante una impunidad activa que busca mantener el control político como eje del régimen mexicano.
Para mantener la estabilidad, la impunidad ha tenido que ir protegiendo a grupos cada vez mayores: clase política y empresarial, grupos criminales y fuerzas armadas. A la clase política nunca le ha interesado acabar con la corrupción y la impunidad. En materia de seguridad han preferido descargar su obligación en las fuerzas militares. Como si esto fuera una respuesta. Pero en realidad la respuesta y compromiso político con el Estado de Derecho y la seguridad ha sido nula, pura simulación.
Los gobiernos, sin importar partido, coexisten sin pudor con esta realidad. No solo eso, afirman lo contrario sin repercusión legal, política ni moral. Pueden dar la cara con cinismo y decir “se acabó la impunidad y la corrupción” o “no hay violaciones a derechos humanos ni masacres”.
Por parte de la sociedad tampoco ha habido una presión articulada suficiente como para obligar al Estado y los partidos políticos a abordar con seriedad esta agenda. Como si las violencias y la falta de Estado de Derecho fueran situaciones inevitables. Como si esto fuera normal.
Quienes gobiernan, sin importar partido, siguen engañando con la narrativa del caso aislado y las “manzanas podridas”. Cientos de miles de casos aislados, eso nos dicen, eso se cree. No se asume la dimensión de la crisis. Ni siquiera se asume una narrativa que explique las violencias, sus máximos responsables, los patrones de comportamiento criminal, la estructura que garantiza impunidad, los vínculos entre grupos criminales y clase política, entre negocios lícitos e ilícitos. Esta impunidad activa permite la repetición de crímenes. Pretenden eximir su responsabilidad con frases como “se hará justicia”, “respetamos la independencia de las fiscalías”, “se abrió una investigación” y otras frases huecas. Los medios simplemente lo repiten y mantienen una cobertura fraccionada, coyuntural, sin contexto y carente de pedagogía social.
La realidad mexicana me hace recordar la frase de Bertolt Brecht, quien también vivió una era miserable: “Qué tiempos serán los que vivimos, que hay que defender lo obvio”.
Allí seguiremos mientras se discute la coyuntura y el escándalo del momento. Al fondo de la lista en combate a la impunidad y corrupción. En el tope entre los países violentos. Allí seguiremos normalizando lo inaceptable mientras la clase política pueda seguir mintiendo y evadiendo su obligación. Mientras no exista una fuerte articulación social. Seguiremos cayendo más y más hondo mientras volteamos a otro lado esperando que las soluciones lleguen por arte de magia o de la mano de un salvador. Las violencias, la impunidad y la corrupción se han normalizado a grados de corresponsabilidad. También somos lo que toleramos.
@dayan_jacobo