Redacción Animal Político · 26 de diciembre de 2024
Luego de travestirse en una historiadora del siglo XXII, Martín Caparrós abordó en su libro El mundo entonces los grandes cambios en todos los órdenes o campos de la vida que han marcado el tránsito del siglo XX al XXI ―en la demografía planetaria, en las nuevas prácticas del amor, del sexo, de los géneros, de la alimentación y del trabajo, de las forma de relacionarse social, política y económicamente, de la modificación profunda en los métodos y dispositivos bélicos con que se emprenden las guerras, desde luego el uso de nuevas tecnologías, las mega urbes y sus mini habitantes.
El logro de El mundo entonces no es menor: ofrecer una informada, vertiginosa y convincente historia del presente, la misma que estamos viviendo ahora, el día de ayer y el de mañana y pasado mañana, como si se tratara de historia del pasado. Es fama que Caparrós no es ajeno a esos que en círculos académicos se conocen como las ciencias históricas; sin embargo, Caparrós asume todas las libertades que le otorga no presentarse como un especialista en historia, que sigue una metodología específica y no se parta un milímetro de ella, o peor aún, que pontifica a la menor provocación por ser el poseedor de una única y exclusiva parcela de conocimiento, trabajada en ponencias, en cursos y cátedras, en el enloquecedor encierro del archivo y el cubículo universitarios. Ojo, atención: ello no implica que Caparrós, metido en la personae de una historiadora, falte a la verdad histórica, no remita al lector a datos e información que, y esa es la clave del libro, en el siglo XXII o más adelante estarán disponibles en los archivos del futuro.
Si Caparrós fue capaz de ensamblar una historia futura del presente, en No soy un robot. La lectura y la sociedad digital, Juan Villoro asume el papel, como él mismo lo señala al inicio del libro, del cronista que intenta el retrato epocal de un momento histórico que ha cambiado y está cambiando ―a velocidades inaprensibles en el instante en el que ocurren hitos como la invención de la rueda, de las máquinas de guerra, de la imprenta desde luego― los modos, usos, tensiones, pretensiones con que nos acercamos a la lectura y a la infinita variedad de dispositivos digitales que, guste o no, han replanteado, habría que decir: reconfigurado, las relaciones en las sociedades del mundo de hoy ―para utilizar el título del libro genial con el que Stefan Zweig describió la obliteración de una cultura y del espacio geográfico que la originó, la vieja Europa central, que ni siquiera con el advenimiento de un proyecto civilizador como lo fue la Unión Europea pudo recuperarse ―hoy el rehundimiento, guerras fratricidas de eslavos contra eslavos, proliferación armamentista, extremismos políticos, resulta más que manifiesto.
De igual manera, a la hora de abordar dos de los temas más urgentes, y por la misma razón más manoseados por cualquiera que disponga de una computadora, conexión a internet y acceso a las redes sociales predominantes ―a tal grado que hay quienes corremos de la multitud, en la que no faltan escritores, de opinadores en estos temas como quien elude la peste bubónica―, Villoro no elude acudir a autores provenientes de diversas disciplinas para mejor indagar en un tema que es al mismo tiempo específico, concreto, incluso delimitado, e igualmente una suerte de plasma que estalla y arroja cualquier indicio en direcciones contrarias. La lectura en el siglo XXI y la sociedad digital me parecen, de entrada, temas tan imponentes y a la vez esquivos que se requiere de un cierto arrojo, un cierto temple, para pensarlos realmente a fondo ―sobran reflexiones y meditaciones inocuas―, e intentar aprehenderlos en un libro. Hace años me pareció una feliz locura que Alfonso Armada, corresponsal del diario ABC en Nueva York, escribiera un libro acerca de la Gran Manzana que, por definición, me parecía una misión imposible. Hoy en día, libros como el de Alfonso o el de Juan o el de Caparrós me han forzado a reconvenir: hay asuntos de tal magnitud que solamente son abordables a través de la escritura.
De regreso a No soy un robot: Villoro, ensayista y cronista probado y más que reconocido, acude a su propia experiencia, múltiple, contradictoria, nunca unidireccional, crítica y autocrítica, lo mismo en la forma de observar y acercarse a la lectura y la sociedad digital, que a la hora de escribir ―yo diría que magistralmente: aquí aparece el cronista de la ciudad imposible junto al ensayista que nos presentó a Lichtenberg y nos explicó su hondura filosófica y literaria― acerca de un acto que es un fenómeno de desdoblamiento que es un acontecimiento vital: leer, y sobre uno de esos momentos de aceleración histórica de la cual la mayor parte de la gente no entendemos nada; perdidos entre el 1.0 y el 2.0, apenas logramos navegar entre una innovación tecnológica y su versión siguiente. Esto, además de la filosa e incansable ―evito el adjetivo, ya casi vacío de significado: “benjaminiano”― curiosidad de Villoro ante las culturas highbrow y lowbrow, y donde no hay limitaciones para releer a Esquilo, a Julio Cortázar, a Philip Roth: de igual manera revisar los modos políticos antagónicos, pero al final producto de la sociedad digital, de Obama y Trump, de los sitcoms y reality shows, y de las complejas tramas en las novelas visionarias de J.G. Ballard.
Me parece algo más que una mera coincidencia que Martín Caparrós y Juan Villoro procedan de la misma manera. Solamente el poder de la más sólida hermandad logra el milagro (?) de las afinidades electivas más allá de las afinidades electivas; en este caso, es decir en los casos paralelos de El mundo entonces y de No soy un robot: sabemos que Villoro, como Caparrós a los más reputados scholars, ha leído a Roger Chartier y la legión de académicos que ha convocado en torno a la historia de la lectura; lo mismo cabría decir de Manuel Castells y compañía en el asunto, un poco delirante, de la Edad de la Información. Están ahí, en la crónica/ensayo literario de Villoro más algo más que se me escapa, pero también hay una sugerente relectura de los viejo gurús, Marshall McLuhan, Marx, el otro Marshall, Bergman.
No soy un robot es un libro que despliega ideas, sugerencias informadas que desembocan en preguntas que Villoro, no sé si de forma premeditada, arroja al lector, al internauta, a ese alguien que lee y/o hace click y se hace más preguntas, preguntas al por mayor, acerca del mundo ultra-conectado que lo mismo goza que padece: para nadie es noticia que la demencia se ha instalado en las redes, excepto para los dementes; para quien extrae conocimiento valioso de cualquier mina, física, libresca, virtual, la red, la sociedad digital ofrece recursos infinitos. No todo allá arriba es basura dispersa y flotante.
Se trata de los dos lados de la vieja moneda. Al menos hasta que, para acceder a ciertas estrellas de la post-galaxia Gutenberg, tengamos que conceder: sí soy un robot.
* Bruno H. Piche (@BrunoPiche) es ensayista y narrador. Ha sido editor, diplomático, promotor cultural y de negocios internacionales. Es autor de los libros Robinson ante el abismo, Noviembre, El taller de no ficción, Los hechos y más recientemente, La mala costumbre de la esperanza (Literatura Random House). En 2025 aparecerá su libro de ensayos biográficos del primer premio Nobel mexicano, Alfonso García Robles, por El Colegio Nacional, del cual García Robles fue un destacado miembro.