Joel Aguirre · 17 de junio de 2026
Por Karen López López*
Una anécdota refiere que en una conferencia se le preguntó a la antropóloga estadounidense Margaret Mead cuál era el primer vestigio de la civilización; ella respondió que el hallazgo de un fémur humano curado, contrario a la expectativa de que se tratara de un rastro de la escritura o de la agricultura.
Mead explicaba que ese fémur recuperado simbolizaba los cuidados que nos distinguen como especie humana. Argumentó que, a diferencia de otros seres del reino animal que abandonan a sus semejantes en circunstancias similares, una persona humana había decidido cuidar a quien se fracturó hasta sanar.
Aunque se trata de una anécdota poco comprobable, resulta verosímil la imagen explicativa del cuidado como verdadero rastro de humanidad, pues el sostenimiento de nuestra vida tal cual la conocemos invariablemente requiere de cuidados.
Este planteamiento nos conduce a cuestionarnos por qué, si los cuidados implican el sostenimiento de la vida y, en última instancia, de nuestra especie, no son valorados conforme a su importancia y, por el contrario, suelen darse por sentados e invisibilizarse.
La vida en su cotidianidad requiere cuidados. Todas, todos y todes en algún momento de la vida cuidamos o necesitamos que nos cuiden, en mayor o menor medida, dependiendo de nuestro contexto. Hagamos un ejercicio de reflexión. ¿Cómo te encuentras al leer este artículo? ¿Ya comiste? ¿Tienes ropa limpia? ¿Tu cama está tendida? ¿Tus platos están limpios? ¿Esas actividades las realizaste por tu cuenta o alguien más las hizo por ti? Y si alguien más lo hizo, ¿fue a cambio de un pago? ¿Fue un hombre o una mujer? Cuando te da gripa o te duele el estómago ¿hay alguien que vea por ti o lo haces por tu cuenta? Cuando necesitas escucha o un consejo ¿quién está para ti?
De entrada, resulta necesario comprender que los trabajos de cuidado comprenden el conjunto de actividades indispensables para garantizar la supervivencia y la reproducción cotidiana de las personas, atendiendo sus necesidades físicas, emocionales y afectivas. Sin embargo, la forma en que una sociedad gestiona y provee estos cuidados no es neutral al género, pues dicha organización se sostiene, en gran medida, a partir del trabajo no remunerado que realizan las mujeres en el ámbito familiar, lo que afecta su igualdad, libertad y dignidad.
En este sentido, América Latina presenta una organización social del cuidado altamente familiarizada y feminizada; es decir, son las familias quienes proveen la mayor cantidad del cuidado necesario para la supervivencia de la sociedad y, dentro de los hogares, son las mujeres quienes asumen mayoritariamente dicha labor.
Esto se demuestra en la Encuesta Nacional para el Sistema de Cuidados (ENASIC, 2022) que explica que, del total de personas mayores de 15 años en el país, 31.7 millones es decir, el 32.0 %, brindaron cuidados tanto a integrantes de su hogar como de otros. De esta cifra, el 75.1 % era mujer y el 24.9 %, hombre (INEGI, 2023).
Ahora bien, sobre la cifra total de personas cuidadoras, alrededor de 28.3 millones brindan cuidados dentro del propio hogar y, de esas personas, el 79.3 % fue realizado por la persona cuidadora principal, la cual es en un 86.9 % mujer y en un 13.1 %, hombre (INEGI, 2023).
La vida social tal como la conocemos hoy (con sus avances científicos, económicos e institucionales) no existiría sin el trabajo de cuidado. Ese trabajo lo han realizado, histórica y mayoritariamente, las mujeres. Gracias a ese esfuerzo cotidiano de sostener la vida, otras personas, sobre todo los hombres, han contado con el tiempo y las condiciones necesarias para participar en los espacios públicos, productivos y de reconocimiento social. Mientras tanto, las tareas de cuidado quedaron confinadas al ámbito privado, asumidas como una responsabilidad “natural” y, por ello, invisibilizadas y desvalorizadas.
Ya lo planteaba Katrine Marcial en su obra ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith?, que para que los hombres pudieran aportar tanto al conocimiento humano, a la economía y filosofía era porque en la organización social habían relegado a la mujer al ámbito de su cuidado, de forma que al tener satisfechas sus necesidades por la labor no remunerada de las mujeres a su alrededor podían enfocarse en desarrollar sus obras.
A esta organización desigual del cuidado se suma como uno de los mecanismos más persistentes, que han contribuido a su reproducción, el estereotipo de que las mujeres poseemos un “don natural” para cuidar, como si esta capacidad formara parte de nuestros genes.
¿Te suena la idea del “instinto maternal”? Esta narrativa ha sido funcional a las estrategias patriarcales, pues naturaliza la asignación casi exclusiva de las tareas de cuidado a las mujeres para deslindarse de una labor que implica tiempo, dinero, esfuerzo y desgaste, presentándola como una obligación moral afectiva más que como trabajo socialmente necesario.
Desde la antipatriarcalidad y feminismo, esta organización social del cuidado se explica a partir de la división sexual del trabajo, que históricamente relegó a las mujeres al ámbito privado del cuidado mientras los hombres ocuparon los espacios públicos y productivos.
Esta lógica persiste hasta hoy: incluso en contextos donde las mujeres se han incorporado al trabajo remunerado, dicha inserción no ha venido acompañada de una redistribución equitativa de los cuidados. Por el contrario, suele sostenerse mediante estrategias de “conciliación” que preservan el orden tradicional y colocan a las mujeres en una doble jornada laboral: la remunerada y la no remunerada del cuidado.
Como señalan Flores y Tena, “las mujeres pueden trabajar de forma remunerada, pero acudiendo a estrategias y medidas de conciliación que no quebranten la división sexual del trabajo e incluso la sostengan”.
Es un hecho que las mujeres se enfrentan a obstáculos en la movilidad social y ante oportunidades para desarrollar los proyectos de vida, pues destinan la mayor parte de su tiempo a trabajos de cuidado sin recibir remuneración y sin protección de la seguridad social, lo que se agrava ante el desgaste físico, emocional y psicológico que implica sostener de manera continua el cuidado de otras personas, sacrificando incluso el cuidado propio, situación que además configura una forma de violencia.
Este escenario adquiere una dimensión aún más crítica cuando las mujeres cuidadoras transitan a una situación de necesidad o dependencia. En esos momentos resulta inevitable preguntar: ¿Quién está ahí para sostenerlas? ¿Dónde está el Estado?
Pues bien, dentro de las obligaciones estatales se encuentra la garantía del derecho a la seguridad social; sin embargo, esta no es accesible para las mujeres trabajadoras de cuidado no remuneradas. Por eso, el planteamiento de la seguridad social del cuidado es reconocer que el trabajo de cuidados no remunerado ha sostenido históricamente a las economías y a las sociedades, y que, por tanto, debe ser considerado en el diseño de sistemas de protección social.
Si bien el derecho al cuidado ha sido reconocido en sus tres dimensiones (recibir cuidados, cuidar y el autocuidado) tanto por la Suprema Corte de Justicia de la Nación en el ADR 6/2023 como por la Corte Interamericana de Derechos Humanos en la Opinión Consultiva 31/2025, su reconocimiento formal no ha sido suficiente para garantizar su materialización efectiva. En particular, este derecho sigue enfrentando obstáculos estructurales para su ejercicio pleno en conexión con otros derechos indispensables para su goce real, como la seguridad social.
En ese sentido, uno de los pendientes más relevantes en la garantía del derecho al cuidado es el acceso a la seguridad social para las mujeres que realizan trabajo de cuidados no remunerado. Resulta indispensable avanzar hacia esquemas que aseguren el acceso efectivo a servicios de salud y a mecanismos de cotización para el retiro, reconociendo que el trabajo de cuidados genera desgaste físico y emocional, implica costos de oportunidad y produce efectos acumulativos a lo largo del ciclo de vida.
Esta exigencia debe entenderse también como una forma de reparación y de justicia restaurativa, orientada a saldar la deuda histórica que los Estados han contraído con las mujeres que, de manera sistemática, han sostenido la vida de forma invisible y no remunerada.
No obstante, la ampliación de la seguridad social, aunque imprescindible, resulta insuficiente si no se acompaña de una transformación más profunda en la organización social del cuidado en la que el cuestionamiento al patriarcado esté presente en todo momento para transformar los cuidados en una práctica sostenida, compartida y socialmente exigible.
Finalmente, en 1791, Olympe de Gouges en su obra Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana interpeló la configuración patriarcal preguntando si el hombre era capaz de ser justo. Más de dos siglos después, desde el cuidado, la pregunta persiste. Hombres, ¿son capaces de cuidar? Se los pregunta una mujer. ♦
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*Karen López López es estudiante del último semestre de la Licenciatura en Derecho en la Universidad Marista de Mérida, prestadora de servicios en el área de proyectistas de la CODHEY y apasionada por los derechos humanos y el feminismo. Redes: @_karenll__