blogeditor · 28 de junio de 2015
Soy un hombre. Soy un hombre blanco. Soy un hombre blanco y occidental. Soy un hombre blanco, occidental y de clase media. Soy un hombre blanco, occidental, de clase media y heterosexual. Soy un hombre blanco, occidental, de clase media, heterosexual y no indígena. Soy un hombre blanco, occidental, de clase media, heterosexual, no indígena y ateo.[1] Desde que nací he disfrutado de muchos de los privilegios que me da vivir en una sociedad patriarcal, machista, homofóbica, clasista, pigmentocrática-racista e intolerantemente religiosa, que trata desigualmente a las mujeres, a los indígenas, a las personas con preferencias sexuales diversas, a la comunidad LGBTTTI, a las religiones (o concepciones del mundo) minoritarias. Ni qué decir cuando estas desigualdades se suman. He visto maltratar a gente que amo por ser morena, vestirse de un modo o por pensar y hablar de cierta manera. Esta columna no es una reflexión, es una protesta por repulsión a estos privilegios.
[contextly_sidebar id=”rL9XRyRMitHPXEmPv2ELmWjZ3McDLZpd”]Como respuesta a la aprobación del matrimonio igualitario en Estados Unidos,[2] explotó una campaña de reconocimiento y apoyo a esta lucha de la comunidad gay llamada #EqualMarriageChallenge, que desencadenó en la publicación de “estados” de Facebook donde muchas y muchos de nosotros publicó su “casamiento” con un(a) amigo(a) del mismo sexo como muestra de simpatía, celebración, apoyo, u otras razones empáticas al cambio. Yo hice lo mismo y esto generó una reacción que me motivó a escribir estas líneas. Como siempre me he asumido como heterosexual, la publicación generó una reacción dentro de una parte de mi familia: “¿Es una broma? No puede ser gay”. Mi publicación fue una declaración política, no un divertimento en la celebración de la victoria de una lucha social. Sin embargo, generó dos tipos de reacciones, unas de rechazo y desaprobación, y otras de tomarla como una “broma solidaria”.
Mi familia y amigos siempre han respetado las luchas con las que me comprometí, pero para mí ha sido claro desde hace mucho tiempo que existe una diferencia enorme entre aceptar de palabra las diferencias (¿tolerar?), y reconocerlas, valorarlas y respetarlas de manera real. Muchas veces es hasta que esas diferencias entran en nuestro espacio privado cuando podemos ver las posturas sinceras de quienes nos rodean. Este fue mi caso. Estoy convencido de que lo privado es también político, y que en este espacio es donde se construyen muchas veces las bases de la desigualdad social y la segregación que vivimos en el espacio público. Por esta razón es inescapable la necesidad de reivindicar lo que hacemos y lo que creemos en nuestros círculos privados: escucharnos, dialogar, y abrazarnos en este ámbito es lo menos a lo que estamos obligados si creemos en la igualdad de todas y en la importancia de que la exclusión y la discriminación se corten de raíz.
Renunciar a los privilegios es algo que no se da por el hecho de declararlo, es una lucha que debe hacerse a través de la acción y la palabra, no como un discurso políticamente correcto, sino como una práctica acompañada de razones que permitan dialogar entre nosotros. Un paso importante es el de rechazar los contextos de privilegio, denunciar las prácticas que resultan de ellos y pasar al otro lado para desmantelar las estructuras y conductas que los mantienen. Los prejuicios, la discriminación y el rechazo son barreras insalvables para la igualdad, y no es aceptable hacer como si no existieran por el hecho de vivirlos en la intimidad, no al menos si estamos comprometidos con construir otra realidad, una que destruya los muros que evitan el reconocimiento, la solidaridad, el respeto y el amor igual.
Tomar en serio la diversidad nos exige ponernos en el lugar del otro, porque muchas veces ésta es la única forma de entenderlo, de acercarnos lo más posible a las circunstancias de vida y a la forma en que conciben el mundo. No se trata solamente de tolerar las diferencias (éste es un mínimo indispensable que debería evolucionar hacia el respeto, más que mantenerse para evitar violencia), se trata de acercarnos a través de ellas, de perder el miedo a lo que no entendemos y darnos la posibilidad de confrontar las ideas con las que hemos crecido y vivido. Nadie está obligado a cambiar su forma de pensar, pero es importante perder el miedo a hacerlo.
Hoy estoy “casado” con uno de mis mejores amigos, alguien a quien amo y respeto con todo lo que soy, y él y yo somos iguales en nuestra diversidad. Mantengo la esperanza de que un día, más temprano que tarde, el amor sea una forma de hermanarse y reconocerse, y no una barrera ideológica que nos separe. La lucha sigue.

[1] Aunque los ateos seamos sin duda una minoría que suele ser vista –al menos- con recelo, consideré importante mencionarlo por la posición paradójica de privilegio que da en algunos círculos académicos, intelectuales o políticos, al pensarse como un avance ‘iluminista’ frente a los creyentes ‘irracionales’.
[2] No es casualidad que cuando la Suprema Corte hizo lo mismo en nuestro país hace unos días (adelantándose a su par norteamericana), la respuesta haya sido mínima. El conservadurismo en México es mucho mayor y las resistencias y rechazos de la iglesia y grupos en contra del matrimonio igualitario han sido enormes. Es muy probable que en adelante se den intentos de cambiar este avance por vía legislativa y que se intente echar atrás. Esto es muy importante y debe ser advertido y analizado con cuidado, aunque este el objetivo de este artículo sea algo distinto.