No hay libertad sexual, sin las trabajadoras sexuales trans

Redacción Animal Político · 2 de junio de 2023

No hay libertad sexual, sin las trabajadoras sexuales trans

Recientemente se conmemoró el día internacional contra la transfobia, lesbofobia, bifobia y homofobia. El despliegue de eventos diplomáticos no se hizo esperar. Que si el encendido de las luces en la Cámara de Diputados. Que si la foto protocolaria presentando un pasaporte sin una consulta a las poblaciones no binaries. Que si muchas personas aliadas colándose a cuanta actividad se realizó. En fin, cada institución nacional e internacional se bañó de arcoíris en redes sociales.

Hace pocos días amanecimos también con la noticia de otro intento de feminicidio a una mujer trans en la Ciudad de México. Se trata una vez más de una compañera trabajadora sexual que fue atropellada en Calzada de Tlalpan. Es tan evidente la forma en cómo las mujeres que ejercemos el trabajo sexual en calle seguimos siendo las víctimas más desechables dentro del colectivo LGBT.

Algunos de los casos que más han generado la movilización comunitaria dentro de las disidencias sexuales tienen un elemento en común: el trabajo sexual.

Alessa Flores y Paola Ledezma, compañeras que laboraban en Calzada de Tlalpan y Puente de Alvarado no sobrevivieron en el año 2016. Vanessa Santillán, compañera escort fue asesinada por su esposo en Londres en 2015. Incluso casos como el de Vicky Hernández contra el Estado hondureño, cuya sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos determinó que el asesinato extrajudicial de Vicky fue motivado por su identidad de género y el ser trabajadora sexual.

Pese a esto parece que en América Latina insistimos en borrar la genealogía del movimiento de las trabajadoras sexuales organizadas. El discurso de Marsha Johnson y Sylvia Ribera es muy bonito cuando llega el Pride, palabra anglosajona que no refleja la potencia de las luchas disidentes fuera del norte global. Es un discurso bonito, pero insuficiente.

En marzo de este año, supimos también de la detención ilegal de Dafne Aguilar, mejor conocida como Muñeca, durante las protestas en defensa del agua y el territorio en Mérida, Yucatán. Muñeca fue criminalizada y perseguida políticamente por ser defensora de derechos humanos, sí, pero el hecho de ser trabajadora sexual la ha colocado en un contexto de alto riesgo.

Acompañé a mi hermana Muñeca en parte de este proceso y las dos coincidimos en algo: el estigma a las mujeres que ejercemos el trabajo sexual no sólo duele, tiene consecuencias palpables y crueles. Nuestra labor como defensoras se vuelve tres veces más riesgosa al ser abiertamente trabajadoras sexuales.

Según el último informe “Transfobia Versus Transrespeto” de la Organización Transgender Europe (TGEU), publicado en noviembre del año pasado, el 95 % de las personas asesinadas en el mundo corresponden a mujeres trans y la mitad de ellas tenían como ocupación principal el trabajo sexual. Casi el setenta por ciento de estos feminicidios ocurren en América Latina y El Caribe. Llama la atención que más del treinta por ciento de ellos fueron en la calle, cuando las compañeras trans laboraban.

Confieso que este es un tema particularmente doloroso para mí. Yo misma sobreviví a un intento de feminicidio en un hotel de la Ciudad de México. Ni siquiera puedo imaginar una forma de justicia que alcance a reparar todo lo que mi agresor se llevó esa noche. Mi confianza en el mundo, las dolorosas sesiones de fisioterapia y quizás lo más profundo, mi salud emocional. No he vuelto a ser la misma desde entonces.

Por eso me preocupa que dentro de los activismos no estemos hablando de las condiciones tan riesgosas en las que laboramos las compañeras si tenemos más que evidencia suficiente para comenzar a generar estrategias de seguridad colectiva. Este 02 de junio en el marco del día internacional de las trabajadoras sexuales, es excelente oportunidad para hacerlo.

En una reunión a la que fuimos convocadas diferentes organizaciones, el Instituto de las Mujeres INMUJERES nos preguntó (no dudo con buena intención) cómo poder sumar para detener las violencias a las trabajadoras sexuales. La respuesta de una colega fue contundente -llegaron tarde, han llegado muchos años tarde- porque hemos esperado respuestas institucionales desde mucho antes que comenzara la pandemia.

Hemos sobrevivido, literalmente, a las violencias feminicidas, los discursos de odio, la criminalización de la policía, la violencia institucional del Estado, a las pandemias y ahora también la falta de memoria histórica dentro de las luchas sociales en México.

Me duele reconocerlo, pero los activismos LGBT no hemos estado a la altura de las circunstancias cuando se trata de acuerpar a las mujeres trans trabajadoras sexuales. Les hemos fallado. Sin duda trabajamos en agendas importantes, pero no prioritarias. ¿Hay algo más prioritario que la vida?

No quiero tampoco instrumentalizar la culpa para hacernos sentirnos mal. Porque sé que las personas activistas LGBT estamos profundamente heridas. Suficiente hacemos con la chamba poco remunerada dentro de sociedad civil. Pero sí creo que podemos detenernos un poco y preguntarnos: ¿qué está sucediendo con las compañeras trans* trabajadoras sexuales?

Tal es el nivel de abandono que en muchas partes del país las compañeras continúan en la criminalización de su trabajo. En noviembre del año pasado a través de sus redes sociales, la activista Vanessa Vázquez Ramírez grabó el momento en que sus compañeras eran detenidas y golpeadas por la policía municipal de León Guanajuato por simplemente laborar en calle.

Una de las máximas consignas de las disidencias sexuales y de género es ese: no hay libertad política si no hay libertad sexual. Y en eso las trabajadoras sexuales somos expertas para poner en jaque el sistema de las sexualidades. En mi cama mando yo, decimos en los movimientos LGBT.

Pero el costo más alto que hemos pagado por llevar a la práctica esas consignas somos las trabajadoras sexuales. Cobrar en esas camas nos ha pasado factura históricamente.

No me gusta hablar en nombre de las trabajadoras sexuales. Sería injusto incluso para mi propia historia. Lo que sí puedo decir es que nos hemos quedado atrás en el reclamo por justicia social a este colectivo. Ahora es buena oportunidad para la reparación y avivar el fuego que iniciaron nuestras compañeras en Francia al exigir un alto a la persecución policial.

Tenemos dos caminos, seguir mirando para otro lado mientras las compañeras trans en calle luchamos contra las violencias estatales y sociales. O empezamos a acuerpar sin necesidad de tutelar ni decir cómo debemos vivir. Si optamos por la primera opción, entonces sí que habremos fallado como colectividad.

Por un junio de protesta que no olvide las demandas de las colegas en calle. Porque no hay libertad sexual, sin la vida y dignidad de las compañeras trabajadoras sexuales trans.

* Natalia Lane (@natalia_lane) es trabajadora sexual independiente y Asambleísta Consultiva del COPRED en la Ciudad de México (@COPRED_CDMX).