No crean que he olvidado

blogeditor · 20 de abril de 2015

No crean que he olvidado

La tarde del jueves dieciocho de abril de 1975, el comandante en jefe de las fuerzas militares camboyanas anunciaba la capitulación de su ejército ante el embate de los Jemeres Rojos y la caída de la ciudad capital de Pnom Penh. Fue exactamente hace cuarenta años, en una fecha como la del sábado pasado: seis décadas después del comienzo del genocidio de los armenios ordenado por elementos del Comité de Unión y Progreso en el antiguo imperio otomano, y a treinta del Día del recuerdo del Holocausto, dando inicio a una similar pesadilla que duró hasta 1979, y que cobraría las vidas de entre uno y dos millones de sus ciudadanos antes de la derrota de Pol Pot y sus cómplices en enero de 1979.

Fue el epílogo de una saga que comenzó en los años cincuenta con las intervenciones francesa y norteamericana en la antigua Indochina, y pasó por el bombardeo indiscriminado y clandestino de Camboya, de 1969 al 73, por obra y gracia de Richard Nixon y Henry Kissinger, dos personajes que debieron haber sido juzgados en tribunales internacionales por crímenes contra la Humanidad.

Parafraseando el título de la película clásica -y acendradamente racista- de DW Griffith, lo que ocurrió en Camboya, y en Anatolia y las rutas de la muerte hacia el desierto durante los eventos posteriores al 24 de abril de 2015, y en los Vernichtungslager en toda Europa durante la Segunda Guerra Mundial, y en Ruanda y Guatemala http://bit.ly/1FYlMWF y Sudán del Sur http://bit.ly/1qRgvil (¿y cuántas regiones más, antes o en el futuro?), fue la sistemática Muerte de las Naciones.

La historia de Armenia y la Shoah se repitió en Ruanda cuando a partir del 7 de abril de 1994, cientos de miles de tutsis y hutus moderados -casi un millón de ‘enemigos’ imaginarios del régimen que encabezaba el general hutu Theoneste Bagosora- fueron masacrados. Para los que cometieron este crimen, las víctimas eran inyenzi: cucarachas que no ameritaban seguir viviendo, tal como se pregonó durante cien días –hasta la caída del gobierno genocida- en medios o la propaganda diseminada en revistas de amplia circulación. La atroz e inapelable muerte del Otro o la Otra convertida, en la práctica y discurso de los asesinos, en Necesidad Nacional.

Impera en el planeta la misma ignorancia supina, y los beneficios aparentes de la ceguera selectiva que antaño. Se olvida todo, sin aprender nada. La entronización del Realpolitik es moneda corriente e inaplicable para casos extremos. Aún con pleno conocimiento de la existencia de campos de exterminio en territorios controlados por los nazis, fuerzas aéreas aliadas no bombardearon vías de acceso férreo a lugares como Oswieçim/Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial; el tema para los líderes de la coalición no era prioritario. En tiempos más recientes, ni las Naciones Unidas ni administraciones europeas o la de Bill Clinton intervinieron para impedir la hecatombe de los tutsi en Ruanda, por mediar consideraciones ajenas a los derechos humanos y el desinterés internacional. Incluso Francia mantuvo sus ventas de armamento a los asesinos tutsi, a quienes consideraba aliados, durante el genocidio. Ruanda era, y es todavía, un país marginal, carente por completo de importancia estratégica.

Ante los embates eliminacionistas donde no basta con la muerte física de los que profesan religiones diferentes; cuando es el nihilismo de la barbarie el que mandata la destrucción de sus variadas manifestaciones culturales (ver Estado Islámico en nuestros días), lo que resta es la tarea necesaria de rescatar la Memoria, tanto en el plano individual, como en el colectivo.

[contextly_sidebar id=”dXWEcIbh4HHuivUBqYsxqmhz5OnFuBV3″]Hacia este enfoque se orienta la reivindicación de la época de oro del rock camboyano y la balada, antes del exterminio que comenzó hace cuarenta años. Son cuentas pendientes imposibles de saldar, pero que ilustran los logros de la cultura popular. Los del Rock de garage, sicodélico, o sus variantes en modalidad surf, con figuras cimeras como Sinn Sisamouth (1935-75?), el Elvis de Camboya, muerto durante la andanada demencial de los Jemeres Rojos, y grupos como Drakkar, o Yol Aularong. Con Ros Sereysothea (Voz Dorada de la Capital Real) y Pan Ron, cantante y compositora excepcional. Con Mol Kamach y su grupo, Baksei Chamkrong.

Y con proyectos musicales concretos, que miran hacia el futuro. Dengue Fever es una banda de rock contemporáneo conformada por músicos estadounidenses y Chhom Nimol -vocalista oriunda de Camboya- cuyo propósito principal es el rescate y divulgación de estos clásicos sesenteros más allá de la diáspora en la Unión Americana, Francia y otros países con fuerte presencia jemer.

Proust teh Oun. Versión camboyana de una popular canción china de la época, en voz de Sinn Sisamouth

 

Kom Nirk Oun Eiy. Añoranza y melancolía. Intérprete: Ros Sereysothea (1948-77?)

 

Jeas Cyclo, cantada por Yol Aularong 

Otro éxito de la misma banda. Extracto de Sueño de Oro, documental sobre la industria del cine camboyano de los años sesenta y setenta, por supuesto eliminada por el Jemer Rojo, que le dedicó al tema el francés Davy Chou en 2012

Dengue Fever en vivo. Cortesía, estación de radio en Seattle

Un canal dedicado a lo mejor del rock y la balada jemer

No Pienses que he Olvidado es un documental dirigido por el norteamericano John Pirozzi.

24 de abril de 2015, viernes entrante, un siglo después. La civilización armenia, presente durante milenios en Anatolia y otras regiones del antiguo imperio otomano, fue aniquilada por decreto –junto con un millón y medio de personas, de acuerdo a cálculos aproximados de especialistas imparciales- en el primer genocidio del siglo veinte que, cien años después, sigue sin ser reconocido por los herederos de sus perpetradores. La homilía del papa Francisco, primera en la que el Vaticano reconoce esta catástrofe y al que el presidente turco Recep Tayyip Erdoğan y su gabinete responden calificándolo de ‘estupidez’, es apenas el capítulo más reciente de un conflicto donde la negación de la memoria y de la responsabilidad nacional llevan la peor parte.

En la Ciudad de México la recién inaugurada exposición ‘Armenia, una Herida Abierta, ubicada en el Museo de la Memoria y Tolerancia en el Centro Histórico y que va a permanecer en el recinto hasta el seis de septiembre, es imperdible.

Lo es, por añadidura, ante la pusilanimidad exhibida por Peña Nieto y sus allegados. La diplomacia mexicana no vive sus mejores momentos. Fuentes cercanas al Museo revelan que tras airadas protestas de turcos, azeríes y sus cabilderos, la Cancillería ejerció presiones para ‘bajar el perfil’ del evento, a efecto de ‘evitar un desaguisado’; en ese sentido iban dirigidas sus ‘sugerencias’ para que quitara la palabra Genocidio del título de la exhibición en Memoria y Tolerancia, y procediera la clausura provisional de un festival de cine armenio, argumentando que en el sitio previsto para las funciones no habría energía eléctrica (sic), por súbitos y repentinos ‘arreglos’ del local.

Idéntica estulticia contagió al representante más visible del alto clero mexicano. La comunidad armenia logró que Norberto Rivera (arzobispo primado que en 2012 participó en una misa de gracias por la donación de dos ‘campanas de la paz’ en la parroquia de Tlaxcoaque, espacio cedido a la embajada azerbaiyana por Marcelo Ebrard durante su mandato, donde se acusa falsamente a sus rivales de la moderna República de Armenia, de cometer en 1992 un genocidio donde acaeció una masacre durante la guerra librada entre ambos países en Nagorno Karabaj), oficiara en esta oportunidad una misa en Catedral para recordar los trágicos sucesos de 1915 y años subsiguientes en Turquía. Por simple pereza mental o franco desconocimiento, Rivera se refirió en varias ocasiones a su audiencia como armena, sin reparar en que el gentilicio se escribe con ‘i’ latina. Omitió mencionar el término que utilizó el papa Francisco semanas más tarde, y que debería detonar una discusión que no se dará por la negativa turca de exorcizar sus demonios.

Genocidio. Mal radical cuyas causas profundas deben erradicarse y ser debidamente estudiadas, apuntalando la Justicia, la Verdad y esa Memoria a prueba de pulverizaciones a la que apela -como un gran ejemplo, entre muchos- la música de Camboya que el Jemer Rojo, afortunadamente, no pudo aniquilar.

 

@alconsumidor