Redacción Animal Político · 30 de marzo de 2025
“… si muchas mujeres entran a la política, cambia la política”.
Los 291 votos a favor del no desafuero a Cuauhtémoc Blanco deja muchas líneas reflexivas indignantes y dolorosas para todas, en un tiempo que se nos dijo era el de mujeres. Que los diputados hombres de Morena, el PRI y el Partido Verde lo hayan respaldado no es sorpresivo. La indignación está cuando las mujeres diputadas de esos mismos partidos, que llegaron por paridad a las curules, cerraron filas con el patriarcado para defender a un presunto violador y agresor sexual.
En 2021, la LXV Legislatura fue declarada la Legislatura de la Paridad, la Inclusión y la Diversidad e incluso se develó una placa en el Congreso como homenaje permanente a las miles de mujeres que abrieron el camino que hiciera posible esa legislatura. En los últimos años se han generado líneas de investigación académica en torno a la paridad y la representación sustantiva, que alimentaron de una u otra manera la recurrente frase que inaugura Michelle Bachelet: “si una mujer entra a la política, cambia la mujer; si muchas mujeres entran a la política, cambia la política”.
La llegada de Claudia Sheinbaum a la presidencia de la República fue leída por las mujeres especialistas en la paridad y la representación sustantiva como la ruptura del techo cristal que quedaba. Pero llega el 25 de marzo de 2025, #DíaNaranja, día 25 de mes que hace referencia al Día Internacional para la Erradicación de la Violencia contra las mujeres, y las diputadas que llegaron por paridad al Congreso, de golpe y porrazo arrancaron los alfileres de donde pendían la paridad y la representación sustantiva, frágiles instrumentos de cristal.
El patriarcado es un régimen histórico que ha sabido sofisticarse en el tiempo, ha sabido aprovechar cualquier resquicio para pervertir cualquier acción afirmativa, política pública o protocolo a favor de las mujeres, incluso a la propia paridad de género, para mantener intacto su poder.
La paridad de género ha sido deglutida de acuerdo con las lógicas institucionales patriarcales, conformándose como una fachada perfecta para adornar los escenarios de los derechos humanos, la igualdad, la diversidad, el tiempo de mujeres y construir una atmósfera de avanzada, pero una vez que se cierra el telón las viejas formas siguen operando.
La disciplina partidaria articulada desde las formas patriarcales nos demostró este 25 de marzo que pesa más que el compromiso con la paridad de género. Se nos demostró que la paridad es un número vacío presente en el Congreso, pues el real funcionamiento de este poder opera desde las dinámicas partidarias machistas, misóginas y sexistas. Impera por tanto en la vida legislativa la verticalidad, los intereses y las agendas del patriarcado. Los partidos políticos son el viejo engranaje que mueve una estructura –el Congreso- que intenta responder a las exigencias del tiempo presente solo en su apariencia.
Pero los partidos no son los únicos responsables, porque también están presente las alianzas y complicidades de las corporalidades femeninas con subjetividades machistas. La mayoría de las diputadas llegaron al cargo con un traje que se pusieron para la ocasión: el feminismo. Pero al terminar el festín se quitaron esa incómoda y subversiva vestimenta para volverse a poner las ropas tradicionales de la cotidianidad patriarcal.
Ser feminista en ciertos momentos se vuelve redituable, políticamente correcto, popular y conveniente, pero sostenerlo en el tiempo implica un cambio en los marcos de comprensión que modifique las prácticas. Se requiere rebeldía y resistencia con costos altos, no siempre dispuestos a pagarse.
Llegaron a las diputaciones 251 mujeres a ocupar la mitad de los escaños que conforman el Congreso y no, la política no cambió. El 25 de marzo despertamos del sueño de la paridad de género. Y es que desde la academia se ha preguntado poco qué mujeres tienen acceso al poder, quiénes llegan, qué interseccionalidades les atraviesan, cuáles son los entramados donde sucede la paridad. Porque el número no garantiza el genuino compromiso con las mujeres. Ser mujer no implica la empatía en automático con otra mujer, pero parece que no nos había quedado claro, prevalecía una ensoñación de la paridad como la cúspide máxima de los derechos políticos de las mujeres para iniciar cambios a favor de las mismas.
La paridad de género, nos dijeron, traería la representación sustantiva, aquella que ocurre cuando las opiniones y acciones de las personas representantes reflejan los deseos, necesidades e intereses de las personas a las que representan. Otra abstracción conceptual que se derrumbó el pasado 25 de marzo en el escenario mexicano.
La presencia numérica de 251 mujeres ocupando los escaños del Congreso y la paridad de género, junto con la representación sustantiva narrada por la academia, son dos líneas paralelas que no se tocan.
Qué techo de cristal se rompió si las diputadas fueron motivadas por los hombres de sus partidos a apoyar el dictamen que salvaba a Cuauhtémoc Blanco del desafuero, fueron lanzadas a la tribuna a acuerpar al presunto agresor y, desde su minúscula agencia, decidieron gritar: “no estás solo”, secuestrando así un gran grito de hermandad feminista. Y no, no eran las mujeres pertenecientes a la derecha, eran las mujeres pertenecientes al partido en el poder que se hace llamar de izquierda.
“Llegamos todas”, otra gran falacia del festín del 1 de octubre. Llegaron las que se han sabido disciplinar, las que no trastocan la certeza del patriarcado, las que tienen una subjetividad en correspondencia con el orden machista, las que negocian con sus convicciones a cambio de mantenerse en el poder. Pero definitivamente no llegaron las mujeres víctimas de violencia, menos las que se enfrentan a presuntos violentadores con poder. Tampoco llegaron las madres buscadoras, ni las mujeres migrantes, ni muchas otras que se sortean la vida misma todos los días.
La presidenta dijo: “siempre vamos a apoyar a las mujeres, pero siempre tiene que haber pruebas suficientes”, y entonces el “Yo sí te creo” ¿dónde quedó? ¿Dónde quedó la perspectiva de género al momento de juzgar? ¿Dónde está el techo de cristal roto? ¿Dónde están los referentes simbólicos de las mujeres en el poder, en la era de la primera mujer presidenta en México?
* Ericka López Sánchez es profesora-investigadora de la Universidad de Guanajuato.