Nicaragua, ¿de revolución a pesadilla?

Joel Aguirre · 30 de junio de 2026

Nicaragua, ¿de revolución a pesadilla?

Nicaragua, Cuba y Venezuela son presentadas como las Norias de América Latina. Las brujas del destino que marcan el final de la vida según la mitología Griega, son el fantasma que acechan las frágiles democracias que al intentar buscar otras formas de gobernanza, que no sea el capitalismo voraz, les espera. Pero ¿por qué ese sueño revolucionario se convirtió en la pesadilla a vencer?

El Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) llevó a cabo la denominada “revolución Sandinista”, con lo que puso fin al dominio de la familia Somoza que gobernó desde 1937 hasta 1979. Pero la revolución no fue fácil de sostener en medio de la Guerra Fría, y sobre todo, por el famoso Plan Cóndor implementado desde 1970 a 1980, cuyo objetivo era perseguir y eliminar opositores políticos considerados “subversivos”. Como resultado: miles de detenciones, torturas y desapariciones forzadas alrededor del continente.

Nicaragua junto con Cuba, que había llevado a cabo su propia revolución en 1959, se convirtieron en los enemigos a vencer. Así el pequeño país centroamericano fue el epicentro de intensas luchas por grupos armados dirigidos por los antiguos partidarios de Somoza, conocido como los Contrarrevolucionarios o los “Contra”. El grupo de derecha estuvo activo desde 1979 hasta 1990. A este conflicto se le atribuyen más de 150,000 personas asesinadas, 1300 ataques y miles más desplazadas.

Pero fue el escándalo de corrupción Irán-Contra, también conocido como “Irangate”, destapado por el Congreso estadounidense, donde se dio a conocer que entre 1985 y 1986 el gobierno de Ronald Reagan facilitó secretamente la venta de armas a Irán, que tenía un embargo armamentístico. Irán proporcionaba armas y financiamiento para derrocar al gobierno surgido de la Revolución Sandinista.

El regreso del FSLN y la asunción de Daniel Ortega

Ambas acciones, tanto el financiamiento como la venta de armas, estaban prohibidas por el Senado estadounidense.

Este hecho impidió el desarrollo de la Revolución y aceleró que en 1990 se realizaran las primeras elecciones desde que el sandinismo tomó el poder, el cual fue derrotado por Violeta Chamorro en 1997. Este periodo se caracterizó por el inicio de acciones liberales, marcando el rumbo de las políticas que se implementarían después por sus predecesores como el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos; la privatización de empresas estatales de telecomunicaciones, la energía y la banca, así como programas de ajuste estructural impulsados por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial.

En 2007, el FSLN regresó al poder con la elección de Daniel Ortega como presidente, quien implementó, en su primera fase, políticas de corte socialista y fortaleció la alianza con Venezuela y Cuba, bajo el impacto de una crisis económica y social por la implementación de las políticas neoliberales de apertura económica. Diez años después, Ortega se aferraba al poder absoluto de forma consecutiva.

En 2017 Ortega lanzó su campaña para gobernar junto con su esposa, Rosario Murillo, como vicepresidenta, lo que llevó a que Nicaragua viviera manifestaciones y la toma del poder por medio de grupos de extrema derecha en 2018, acusando a la pareja de instaurar una dictadura marcada por el nepotismo y la corrupción.

El Estado contra los partidos opositores

Según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, el conflicto dejó un aproximado de 328 personas muertas, 1,337 heridas y 507 privadas de libertad. Cientos de personas quedaron en situación de riesgo de ser víctimas de ataques, hostigamientos, amenazas y otras formas de intimidación, por lo que después de 2018 casi un millón de nicaragüenses han abandonado el país.

En 2021, nuevas elecciones fueron aprobadas por el Consejo Supremo Electoral (CSE), pero el Tribunal compuesto por magistrados favorables al gobierno inhabilitó a los partidos opositores. Al acercarse las elecciones, el gobierno lanzó una ola de arrestos a sus líderes.

Según el Mecanismo para el Reconocimiento de Personas Presas Políticas, 73 opositores fueron encarcelados; de estos, 33 permanecen en condición de desaparición forzada, lo que indica una grave violación de derechos humanos. Finalmente, Ortega logró su cuarto mandato consecutivo sin rivales que pusieran en peligro sus intenciones.

Por lo que es válida la pregunta: ¿Es posible otro tipo de gobierno? ¿Ese es el destino que espera a los países que busquen separarse del capitalismo?

Las dictaduras son poder, represión y corrupción

Para responder es necesario comprender tres cosas. Primero, el socialismo como modelo nunca se ha implementado en el mundo, es una utopía que busca la abolición de la propiedad privada y la creación de una sociedad igualitaria sin clases sociales.

Segundo, en la disputa de poder interno, las hegemonías externas imponen sanciones económicas salvajes a los países no alineados a sus intereses, lo que impide un verdadero crecimiento en los países de la periferia. Finalmente, la posición del caudillo, sediento de poder y radicalizado con complejo de salvador, no permite crítica y peor aún, relevo en el poder.

La historia nos ha enseñado que una dictadura se caracteriza por la concentración del poder, la represión y la corrupción. Por lo que la crítica debe pasar de “izquierda” contra “derecha”, de “buenos” contra “malos”; el verdadero problema es la persona que ejerce el poder sin límites, las potencias que se imponen y los pueblos sin posibilidad de una injerencia real de lo público.

Los esfuerzos, por tanto, deben estar concentrados en la capacidad organizativa de la población y su autodeterminación; el respeto a la alternancia, y el fortalecimiento de las instituciones nacionales e internacionales que generen pesos y contrapesos al poder de los países ricos sobre los países del sur global.

Por ello la invitación es no dejarnos engañar por el fantasma del “coco” que devora democracias, sino analizar cómo la sociedad puede sostener instituciones fuertes, independientes y capaces. No le tengamos miedo al modelo de bienestar social donde se priorice la educación, la salud, la vivienda y el empleo para todos los ciudadanos. No le tengamos miedo a administrar nuestros propios recursos naturales, a la autonomía, a la cooperación y la solidaridad.