blogeditor · 3 de julio de 2020
No fueron pocas las veces que escuché de personas cercanas —durante el embarazo y después de parir, y con ese mismo tono de asombro con el que preguntan si te cortaste el pelo, seguido de un gesto revelador del error que creen que cometiste— que no me imaginaban como madre.
Sé que ninguna de esas personas tuvo malas intenciones, pero cómo me hubiera gustado que en ese momento existiera un código de prudencia que prohibiera abrir la boca a lo idiota frente a una mujer que ocupa toda su energía en crear un ser humano.
En una ciudad como Toluca, donde lo tradicional se mide con reloj en la mano, me daba la impresión de haberme convertido en un parámetro de tiempo: una alarma que habría de avisar si a alguien se le estaba haciendo tarde para vivir en pareja y tener hijos. Quizá porque nunca tuve un tic tac pisándome los talones: si no llegaba antes a las experiencias, llegaba mucho después.
La prisa suele ser un motor muy poderoso si se te mete en la cabeza. Y muy angustiante si se te mete en el útero: corre tan rápido como un tren bala al que hay que perseguir hasta alcanzarlo, aunque dejes la vida en el trayecto.
Sin embargo, sin planearlo, mi vida dio muchos giros en los últimos seis años: terminé la carrera (que empecé a los 24), me salí de casa de mi mamá (a los 28), me enamoré y me fui a vivir a Londres (a los 29), regresé a vivir a México (a los 31), conocí a David, me volví a enamorar y, casi un año después, tenía una prueba de embarazo positiva en la mano.
La experiencia de la maternidad ni por asomo comenzó el día que oriné sobre un cartón y se marcaron dos rayas rosas; ni siquiera cuatro o cinco meses después: la semilla de la maternidad comenzó a germinar el día que Nicolás se manifestó con patadas, maromas y manotazos, y me dejó claro que estaba ahí, desarrollándose y acompañándome.
Durante la mayor parte de mi juventud y el inicio de mi vida adulta, la pregunta sobre desear o no ser madre no tenía una respuesta clara: a veces me daba curiosidad y otras creía que no era un asunto compatible con mis (no) planes de vida. Si imaginarse a una mujer en su rol de madre resulta complicado, imaginarse una misma vuelta mamá se convierte en un juego de hipótesis que refutas todos los días.
Han pasado un poco más de dos años desde que nació Nicolás o, como decimos las madres y los pediatras, 27 meses. Y de la maternidad solo sé que es un asunto vital de sumas y restas que te hace dar lo mejor que puedes con lo que tienes. A veces de más, a veces de menos. Sin prisa, pero sin pausa.
Ser mamá, para mi sorpresa, es un alivio que me recuerda (si es que alguna vez lo supe) que tengo la libertad de equivocarme cada dos pasos y enmendarlo. Ejercer la maternidad es aprender a tener prioridades horizontales.
Más allá de pensarme a mí misma como madre, ya sin el eco de la opinión de alguien más, me hubiera sido imposible imaginar la paz que me dan los instantes en los que se evapora el universo mientras Nicolás y yo nos miramos y sonreímos, fuera de la imaginación, llenos de realidad.