Mauricio Torres · 30 de abril de 2023
Las religiones se consideran como lugares sagrados de salvación y plenitud, donde se busca la seguridad ontológica por excelencia. Pareciera difícil creer que en estos espacios, especialmente de la mano de sus líderes religiosos, se produzcan abusos sexuales infantiles.
Según el estudio “Violencia en la primera infancia” realizado en 2020 por nuestra agencia LEXIA, la asociación Afectividad y Sexualidad, AC, en su programa contra el abuso sexual infantil “Guardianes”, y la plataforma de investigación cuantitativa Netquest, seis de cada 10 padres y madres en México no saben cómo identificar y enfrentar una situación de abuso sexual y no creen que cualquier niño o niña sea susceptible a vivirla, mientras que tres de cada 10 adultos recuerdan momentos que los traumatizaron relacionados con abuso y violencia infantil.
Es decir, la violencia sexual hacia las infancias aún está invisibilizada, puede pasar desapercibida, aun cuando ocurra frente a nuestros ojos.
Las religiones, se supone, son espacios de salvación y plenitud, los lugares de seguridad ontológica por excelencia. Por eso mismo uno no espera que en su iglesia o centro de culto y, menos, de parte de los “representantes de Dios”, se incurra en abuso sexual infantil. La realidad es otra. Tan solo en Estados Unidos se detectó, únicamente en la ciudad de Maryland, más de 600 niños abusados por 150 sacerdotes; por su parte, The Houston Chronicle reportó 380 abusadores sexuales y 700 presuntas víctimas en iglesias protestantes de Estados unidos.
El problema no es privativo de Occidente ni de religiones cristianas. La última década se han conocido investigaciones, como la del Times en 2018, que revelaron una “Cultura de inmunidad clerical” budista en Myanmar que coloca a las infancias en riesgo de violencia sexual; o el reporte de ese mismo año realizado por The Guardian donde Shambhala International, uno de los centros budistas más importantes alrededor del mundo, admitió casos de abuso sexual por parte de sus líderes.
En este contexto se ha registrado el suceso del Dalai Lama besando a un niño en la boca y exhibiendo su lengua en forma provocativa. El Dalai Lama es considerado, más que un humano, un “Avatar”, un ente de naturaleza superior. Esto no ha bastado para que ante tal gesto se genere una indignación global.
Al mismo tiempo, también se ha registrado la defensa regionalista de parte de sectores afines al budismo, argumentando que es una “tradición”, que es “cultural”, que no podemos juzgar lo ocurrido con “ojos occidentales” y, que, en última instancia, el problema lo tenemos nosotros en occidente porque estamos tan pervertidos por nuestra cultura pornográfica que todo lo sexualizamos.
Sobre este alegato defensivo que apela a que tal gesto del Dalai Lama es un acto de honorabilidad y respeto dentro de la cultura tibetana, se debe poner en consideración el uso errático del término “cultura”. Es muy difícil dar una definición de la cultura, se ha dicho que cada quién tiene la suya. Sin embargo, desde una óptica antropológica, sí se pueden esclarecer algunos malentendidos para señalar lo que no es la cultura: la cultura no es algo homogéneo y la cultura no es algo estático.
Como señala la académica Kate Crehan, se suele pensar en las culturas como “mónadas leibnizianas sin ventanas”, compartimentos sociales estancos que viven aislados ¡y que deben mantenerse así! Esta es la visión del denominado “multiculturalismo” que, más allá de ser un postulado teórico, es un aparato político. El multiculturalismo, como señala Néstor Garcia Canclini en su clásico Culturas híbridas, es una forma de convertir a las culturas en un producto de mercado. Y, como todo producto de mercado, las culturas deberían ser homogéneas, fácilmente discernibles con fines de identificación y comercialización. Así, se habla de “la cultura maya” en el mismo sentido que se habla de “la cultura fordista”: pautas de comportamiento estandarizado.
Bajo esta perspectiva, hablar de la “cultura tibetana” para justificar el acto del Dalai Lama resultaría el argumento perfecto: la gente del Tíbet y los budistas siempre hacen cosas así y son bien vistas por ellos, no podemos criticar. Aun cuando haya niños de por medio.
Lo cierto, sin embargo, es que las culturas no son esos compartimentos cerrados, pues son históricas y, por lo tanto, cambiantes. Así mismo, dialogan con otras culturas y deben negociar diariamente sus tradiciones y creencias. Esto se ha registrado sobre todo dentro del fenómeno migratorio en lo que las antropólogas Reneé de la Torre y Patricia Arias denominan procesos de “trasplante cultural”: cuando personas migrantes se enfrentan a nuevos contextos sociales que les llevan a encontrar caminos sustentables de socialización en medio del intercambio creciente tanto de valores económicos como culturales.
En ese sentido, gestos como besar a un niño en la boca por parte de un líder religioso no es un acto en aislamiento cultural, inmune a la crítica; menos aún, uno que deba perpetuarse solo en nombre de una tradición. Porque, además, dicha tradición, dentro de la misma “cultura tibetana”, no es eterna, sino histórica.
¿Por qué razón habría que eternizar “tradiciones culturales” que claramente tienen un origen, que no siempre ha existido? La misma figura del Dalai Lama no aparece sino hasta el siglo XIV y desde entonces la institución en torno a esta figura ha sufrido muchas modificaciones. ¿Por qué “respetar” todo lo que siga haciendo el Dalai Lama?, ¿por qué respetar todo lo que tradicionalmente ha hecho el papado? ¿No son acaso el machismo y la discriminación una “herencia cultural? ¿No es la corrupción en México algo “cultural” como dijera Peña Nieto? Si acaso lo fuera, no por eso hay que preservarla ni justificarla.
El Dalai Lama no solo es un líder religioso local, sino una relevante personalidad global. Por eso mismo, desde el manejo de su figura pública vino una disculpa por lo ocurrido. Pero, más allá de las disculpas, este suceso debe contribuir a una reflexión mayor sobre las formas de socialización contemporánea y la responsabilidad que tenemos de protección a las infancias.
No se trata de ningún ánimo persecutorio contra el Dalai Lama, porque también se rechaza y denuncia la pederastia de parte de sacerdotes católicos y los abusos sexuales a menores por parte de pastores cristianos, todo lo cual ha sido recientemente relatado por Bernardo Barranco en el su libro Depredadores sagrados. Pederastia clerical en México (editorial Grijalbo: 2021), donde tuve la oportunidad de ser revisor antropológico del capítulo dedicado al abuso sexual en las iglesias evangélicas escrito por Leopoldo Cervantes-Ortíz.
Las violencias hacia las infancias es algo que debe visibilizarse y rechazarse, independientemente de partido político, renombre social y/o religión de donde provengan. Hoy, como sociedad global, hemos determinado como un criterio ético urgente que “¡a los niños no se les toca!” (dioses y avatares incluidos). Esto no es ninguna “imposición de Occidente”, es una pauta de civilización planetaria, un necesario acuerdo global que todas y todos debemos aplicar para la protección de niñas y niños.
*Raúl Méndez (@rulwolf) es estratega senior en LEXIA, coordina investigaciones de antropología aplicada en estudios de mercado y opinión pública. Egresado de la carrera de Antropología Social por la UAM-Iztapalapa. Coautor, junto con el crítico de cine Samuel Lagunas, del libro Dios, nueva temporada. Miradas teológicas al cine y la televisión en el siglo XXI (Editorial Juan Uno1, Buenos Aires: 2020), así como de diversos ensayos y artículos sobre cultura política, Estado laico, uso social de las nuevas tecnologías informativas, fenómeno religioso y masculinidades. Miembro de la Comunidad Teológica de México.