blogeditor · 15 de julio de 2020
Es cada vez más común que las conversaciones sobre política escalen rápidamente a pleitos. Si bien es cierto que hablar de política siempre ha sido complicado, hay una tendencia creciente a que estos intercambios no se limiten a un contraste de ideologías y opiniones, sino que en muchas ocasiones se transforman en confrontaciones personales en las que, tras intercambios inacabables, tiene que haber un ganador absoluto, el cual no recupera ni reconoce nada valioso en las aportaciones de su interlocutor(es). En pocas palabras, estamos olvidando cómo hablar sobre política.
Si bien no es extraño que estos enfrentamientos se den en comidas familiares, fiestas o en el hogar, las redes sociales son el espacio en el que este fenómeno es más perceptible. El anonimato que ofrecen estas plataformas genera un entorno más hostil en el que la confrontación alcanza dimensiones mucho más grandes que, dependiendo de la popularidad de quién realiza la publicación, puede caer en el linchamiento digital.
A nivel mundial es perceptible una transformación en el debate público. El triunfo de gobernantes con discursos con diversos grados de populismo es reflejo de la predominancia de ciudadanos cada vez más abstraídos de lo público y con menos tolerancia y respeto “al otro”.
En este contexto, la diversidad de voces es cada vez menos visible y la discusión de lo público se ha simplificado al punto de convertirse en un debate en torno a la aceptación o rechazo de determinados individuos como representaciones del estilo de vida y la ideología de grupos sociales que, histórica y estructuralmente, se perciben como contrarios. Por tanto, en el debate público las expresiones de los ciudadanos son reducidas a “estoy con” o “estoy en contra”, convirtiendo el debate en una lucha donde sólo puede haber un ganador absoluto.
En una escena tan polarizada, quienes no se identifican con estos discursos han optado, en muchos casos, por callar sus opiniones para evitar la confrontación. Tienden a evitar hablar de política pues les resulta desgastante la idea de terminar en discusiones interminables y nada fértiles. Mientras tanto, son cada vez más visibles expresiones radicales que tienen impacto directo en la baja calidad del debate público y por tanto, de la democracia.
El caso mexicano no ha sido la excepción. Más allá del notorio fenómeno de los bots y del impacto que hasta el momento ha tenido la pandemia de COVID-19, los modelos de comunicación de actores políticos relevantes como son los tres poderes de la federación, los partidos políticos e incluso la sociedad civil organizada incentivan y reflejan un marco en el que las expresión política (o la falta de la misma) evidencian desafecto y una sensación generalizada de que los ciudadanos no simpatizantes de algún partido tienen cada vez menos capacidad de incidir en la vida pública de nuestro país.
Al arranque del proceso electoral 2020-2021 -dejando de lado que las elecciones intermedias suelen ser menos atractivas para la participación ciudadana- tanto los actores políticos como quienes nos dedicamos a diseñar y asesorar la construcción de estrategias de comunicación nos enfrentamos al reto de generar narrativas y espacios seguros en los que los ciudadanos expresen sus creencias, opiniones y necesidades, para juntos repensar las formas en las que participamos en la vida pública de nuestro país y replantear las formas más eficientes para hablar de política.
Para estimular un espacio fértil para la recuperación del espacio público, en principio necesitamos adoptar 4 actitudes:
Escuchar: Es importante que recuperemos la capacidad de respetar y reconocer la existencia de voces que no coinciden con nuestra forma de ver el mundo, reconociendo que prestar atención a la amplia diversidad de opiniones y creencias que expresa nuestra sociedad es el mejor input para la construcción de visión más apegada a la realidad y con mayores probabilidades de presentar propuestas viables y sustentables.
Recordar que no es personal: Si bien es cierto que no siempre es fácil procesar las expresiones contrarias o incluso aquellas que caen en la descalificación individual, es fundamental mantener la cabeza fría y recordar que defender ideas distintas no implica enemistad y que si dejamos esas creencias de lado – consciente del riesgo de caer en un lugar común- es posible que nos demos cuenta que los intereses comunes rebasan por mucho a las diferencias.
Dialogar: En la vida política el debate es sano y enriquecedor; es importante contrastar ideas y ser coherentes con nuestras creencias y valores. Es por eso que de frente al proceso electoral más grande de la historia de nuestro país, el intercambio sea entre ciudadanos, candidatos, funcionarios públicos o sociedad civil organizada, trascienda el afán de conversión y transite al reconocimiento de la diferencia.
Integrar: Incluir a la otredad, generar espacios con presencia de actores sociales más allá del círculo rojo o incluso el café resulta enriquecedor no solo para fines de escucha social, sino para propiciar equilibrios ideológicos que maticen y cuestionen los discursos radicales que tienden a ser vociferantes.
Nuestra democracia se encuentra en constante construcción y por tanto es importante reconocer que como comunicadores y estudiosos de la opinión pública nuestra participación es fundamental de dos formas: sensibilizar a los actores políticos e institucionales acerca de la importancia del debate e intercambio de opiniones, y reflexionar acerca de las condiciones y los incentivos para estimular la búsqueda de nuevas formas de hablar sobre política y sentar las bases para generar un entorno en el que los ciudadanos –que son los que tienen mayor potencial para equilibrar y rescatar la representatividad en la vida pública de nuestro país- recuperen la sensación de agencia política además de la seguridad y la confianza en que sus opiniones políticas pueden ser expresadas en un entorno de respeto, libertad e igualdad.
* Nadia Treviño (@sedicenadieshda) es Maestra en Comunicación por la Universidad Iberoamericana, cursó la licenciatura en la UAM Xochimilco y cuenta con estudios en Ciencias Políticas y Administración Pública en la UNAM. Preguntona por vocación e investigadora por vocación, es Estratega en LEXIA y dedica su tiempo libre a buscar lugares soleados, leer, probar comida nueva y hablar de política con quien se deje.