Neocolonialismo: la nueva estrategia de EU para América Latina

Joel Aguirre · 5 de agosto de 2026

Neocolonialismo: la nueva estrategia de EU para América Latina

Por José Eduardo Lazo Vela*

Durante años se nos dijo que el orden internacional descansaba en reglas, derechos y principios universales; que la fuerza —al menos en el discurso— debía someterse al derecho. Sin embargo, la reciente Estrategia de Defensa Nacional de Estados Unidos, publicada este año, no solo desmiente esa narrativa, la sustituye por otra más cruda, más antigua y, paradójicamente, más honesta en su brutalidad; hoy la defensa comienza a reformularse crecientemente en términos de competencia estratégica y preservación de la primacía geopolítica.

El documento es claro: el hemisferio occidental deja de ser una comunidad política para convertirse en un “teatro integrado de seguridad”, donde América Latina —incluido México— es reconfigurada como zona operativa de control, movilidad y contención geopolítica. No se trata de cooperación. Se trata de subordinación funcional.

De la seguridad nacional al control global

Este giro no surge de la nada. Tiene genealogía. Puede rastrearse en la evolución de la doctrina estratégica estadounidense desde finales del siglo XX, particularmente en la obra de Caspar Weinberger, exsecretario de Defensa en el gobierno de Ronald Reagan, quien en The Next War planteaba ya una concepción de la guerra como fenómeno preventivo, tecnológicamente mediado y globalizado.

Más recientemente, esta lógica se rearticula en el pensamiento estratégico de Mark Esper, quien desde su experiencia como secretario de Defensa insistió en la necesidad de preparar a Estados Unidos para una competencia sostenida entre grandes potencias, consolidando una visión de superioridad militar permanente.

La novedad no es la estrategia, es su sinceridad. Desde luego, estas transformaciones no ocurren en el vacío. También responden a un escenario internacional crecientemente multipolar marcado por la competencia tecnológica con China, la guerra híbrida, la fragilidad de las cadenas globales de suministro y nuevas dinámicas de seguridad transnacional. Sin embargo, precisamente en contextos de incertidumbre estratégica resulta necesario interrogar críticamente los límites éticos de las doctrinas de seguridad y sus efectos sobre poblaciones enteras. La doctrina de primacía estratégica abandona cualquier pretensión de universalismo normativo para priorizar la competencia geopolítica, al reorganizar alianzas y jerarquizar amenazas bajo criterios de interés nacional. En otras palabras: el derecho internacional deja de ser un límite y se convierte en instrumento.

Neocolonialismo

Estados Unidos ya no necesita invadir ni ocupar territorios para dominar, sino que ejerce un control económico y estratégico indirecto sobre países como México. Esto es neocolonialismo. Más específicamente, se trata de formas contemporáneas de dependencia estructural e interdependencia asimétrica donde la autonomía política formal coexiste con márgenes limitados de soberanía económica, tecnológica y estratégica. Es una expresión moderna de dominación indirecta donde potencias extranjeras o empresas transnacionales controlan a países formalmente independientes, mediante mecanismos económicos, financieros, culturales y políticos, en lugar de una ocupación militar directa. Esta práctica perpetúa la dependencia de los países en desarrollo, explotando sus recursos naturales y manteniendo una influencia hegemónica. Cuando Estados Unidos redefine problemas (como narcotráfico o migración) como amenazas de seguridad nacional, justifica injerencias e intervenciones económicas y políticas en otros países.

El lenguaje neocolonialista

Este nuevo colonialismo económico y militarizado no se articula ya mediante la ocupación territorial ni la imposición militar directa, sino a través de una reconfiguración estratégica de la dependencia. Bajo el lenguaje de la seguridad nacional —particularmente en torno al narcotráfico y la migración—, Estados Unidos legitima mecanismos de intervención que trascienden lo político para instalarse en el núcleo económico de otros países. La seguridad opera, así, como dispositivo discursivo que habilita la reorganización de economías periféricas en función de intereses geoestratégicos.

En este marco, la relocalización industrial (nearshoring) estadounidense no representa una oportunidad neutral de desarrollo, sino la consolidación de una integración subordinada: países como México se convierten en plataformas productivas funcionales para la economía y la política estadounidenses, sin control pleno sobre las condiciones de producción ni sobre los beneficios estructurales generados. La soberanía formal se mantiene, pero queda vaciada en su dimensión material al depender de cadenas de valor, inversión y decisiones externas.

De este modo, el neocolonialismo contemporáneo se manifiesta como una forma de dominación indirecta que articula economía, seguridad y política en un mismo dispositivo. No requiere colonias ni ejércitos permanentes, sino que opera mediante la gestión de la interdependencia asimétrica. En última instancia, se trata de un orden en el que la autonomía nacional se redefine en términos de funcionalidad sistémica, revelando una mutación del poder colonial hacia formas más difusas, pero no por ello menos eficaces en la producción de dependencia estructural.

Bioética y poder: la ruptura del marco normativo

Aquí es donde la discusión deja de ser únicamente geopolítica y se vuelve profundamente bioética. En 2005, la Unesco adoptó la Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos, estableciendo principios como dignidad humana, igualdad, justicia y responsabilidad social. Dichos principios buscaban limitar el ejercicio arbitrario del poder sobre la vida y evitar que los seres humanos fueran reducidos a objetos de utilidad política o económica.

Sin embargo, la racionalidad estratégica contemporánea opera bajo otra lógica. La vida deja de poseer valor intrínseco y comienza a interpretarse como recurso administrable. Los territorios, las poblaciones migrantes, los recursos naturales e incluso los ecosistemas, se transforman en variables de cálculo geopolítico. La pregunta ya no es únicamente cómo proteger la vida, sino qué vidas deben protegerse y cuáles pueden precarizarse en nombre de la estabilidad estratégica.

Aquí resulta fundamental recuperar el concepto de biopoder desarrollado por Michel Foucault en Seguridad, territorio, población. Para Foucault el poder moderno ya no funciona exclusivamente mediante coerción visible o amenaza de muerte, sino administrando la vida misma: regulando poblaciones, clasificando riesgos, controlando movilidades y gestionando condiciones sanitarias, económicas y sociales. El biopoder es un poder que “hace vivir y deja morir”.

La biopolítica constituye la dimensión práctica de este fenómeno. Se expresa en políticas públicas, controles fronterizos, vigilancia tecnológica y estrategias de seguridad. Bajo esta lógica, conceptos como riesgo, seguridad o estabilidad dejan de ser neutrales y se convierten en instrumentos de gestión de la vida colectiva.

¿Cómo actúa el biopoder contemporáneo?

La actual doctrina estratégica estadounidense puede leerse precisamente desde esa racionalidad biopolítica. América Latina aparece como espacio de administración estratégica: territorio de contención migratoria, reserva logística, plataforma manufacturera y corredor de seguridad hemisférica. Los flujos migratorios son gestionados como riesgos; las cadenas de suministro son tratadas como prioridades vitales para la seguridad nacional; los recursos energéticos y minerales se transforman en activos estratégicos indispensables para la competencia global.

En este marco, los migrantes dejan de ser personas concretas y pasan a convertirse en presiones demográficas; las poblaciones vulnerables se reinterpretan como factores de inestabilidad; los trabajadores son integrados a dinámicas de productividad geoestratégica. El lenguaje técnico deshumaniza progresivamente la experiencia humana para volverla funcional al cálculo político.

Más aún: el biopoder contemporáneo ya no opera únicamente mediante instituciones nacionales. Hoy actúa de forma transnacional a través de tratados económicos, vigilancia digital, cooperación militar, inteligencia algorítmica y dependencia tecnológica. El colonialismo se vuelve así más difuso e invisible.

Por ello, el nuevo colonialismo no debe entenderse únicamente como fenómeno económico o militar. También constituye una forma de administración diferencial de la vida. Algunas poblaciones son protegidas porque resultan estratégicamente valiosas; otras quedan expuestas a la precarización, violencia estructural o abandono, porque se consideran sustituibles dentro del orden global.

El retorno de la doctrina de seguridad nacional

Para América Latina este lenguaje no es nuevo. Remite a una larga historia de intervención estructurada bajo el paradigma de la seguridad hemisférica. Lo que cambia hoy es la naturaleza de la amenaza. Ya no se trata del comunismo, sino de la competencia tecnológica, las migraciones masivas, las cadenas globales de suministro y la estabilidad estratégica frente a China.

El resultado es un modelo de cooperación condicionada: los Estados son aliados únicamente en la medida en que se alinean con los objetivos estratégicos de Washington. Eso no es una alianza horizontal. Es dependencia estructural.

Colonialismo sin colonias

El colonialismo contemporáneo ya no requiere ocupación territorial directa. Opera mediante arquitecturas de acción —nudges—, infraestructuras, tratados, acuerdos estratégicos, control de flujos y de seguridad. La nueva estrategia lo confirma: el control ya no es espacial, sino sistémico. Se controlan los flujos —de mercancías, datos y personas— y con ello las condiciones de posibilidad de la vida social. Este modelo plantea una tensión fundamental con los principios bioéticos internacionales: ¿puede sostenerse la dignidad humana como valor universal cuando las condiciones de vida son subordinadas a estrategias de seguridad de una potencia?

Una ética para tiempos de fuerza

Quizá lo más preocupante sea la normalización de esta lógica. El problema no es que Estados Unidos defienda sus intereses; todos los Estados lo hacen. El problema es que lo haga vaciando de contenido los principios universales que históricamente afirmó defender. Cuando la dignidad humana deja de ser universal y se vuelve selectiva, la bioética deja de funcionar como horizonte común y se transforma en un campo de disputa política.

La bioética no puede reducirse al ámbito clínico ni limitarse a los dilemas hospitalarios. También debe interrogar las estructuras globales que condicionan la vida, distribuyen vulnerabilidades y producen formas diferenciadas de sufrimiento social. Preguntarse quién tiene derecho a la seguridad, quién carga con sus costos y qué vidas son consideradas sacrificables constituye hoy una tarea bioética urgente.

En este contexto, la ética representa uno de los pocos límites racionales frente a la expansión de la lógica estratégica. La historia del siglo XX mostró que los proyectos políticos más peligrosos no fueron necesariamente irracionales, sino profundamente instrumentales: sistemas capaces de convertir seres humanos en cifras, territorios en recursos y poblaciones enteras en variables administrables.

La bioética enfrenta hoy un desafío aún mayor: analizar cómo las estructuras globales de poder administran poblaciones enteras mediante vigilancia, control migratorio, dependencia económica y gestión diferencial de la vulnerabilidad. Porque cuando la seguridad se transforma en el valor supremo, emerge el riesgo de justificar cualquier forma de vigilancia, precarización o intervención bajo el argumento de preservar la estabilidad.

Las personas no son simples medios para fines superiores

Aquí aparece una tensión central de nuestro tiempo: la contradicción entre la universalidad de los derechos humanos y la selectividad real con la que se distribuye la protección de la vida. Algunas vidas son consideradas prioritarias porque resultan estratégicamente valiosas; otras permanecen expuestas a violencia estructural, pobreza o abandono porque ocupan posiciones periféricas dentro del sistema internacional. La bioética implica precisamente una reflexión filosófica sobre las condiciones que permiten una vida digna y sobre las responsabilidades éticas que emergen en sociedades atravesadas por profundas desigualdades.

Defender la dignidad humana implica reconocer que ninguna estrategia de seguridad, ningún proyecto económico y ninguna doctrina geopolítica pueden legitimarse plenamente si convierten a las personas en simples medios para fines superiores. Esa es quizá la advertencia más importante frente al nuevo colonialismo contemporáneo: el peligro no radica únicamente en la expansión del poder, sino en la normalización de una lógica donde la utilidad termina sustituyendo al valor intrínseco de la vida.

Lo que revela esta nueva racionalidad estratégica no es sólo el retorno de la competencia entre potencias, sino la consolidación de un orden internacional donde la seguridad tiende a desplazar, de manera progresiva, a la dignidad humana como criterio rector. Precisamente por ello, la bioética conserva hoy una función crítica indispensable: recordar que ninguna arquitectura geopolítica puede considerarse plenamente legítima cuando la vida humana queda subordinada a cálculos permanentes de utilidad estratégica.

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*José Eduardo Lazo Vela es licenciado en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM; maestro en Bioética por el Centro de Investigación Social Avanzada; divulgador filosófico en la plataforma digital Filosofía en Red. Está diplomado en Bioética por el Programa Universitario de Bioética y en Teórica Crítica del Derecho. Redes: @lazo_vel

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