We need to talk about Ripley

Redacción Animal Político · 18 de abril de 2024

We need to talk about Ripley

Honesty is of God and dishonesty of the devil; the devil was a liar from the beginning.

Joseph B. Wirthlin

 

Patricia Highsmith y su aportación a la literatura llega a nosotros nuevamente gracias a la más reciente adaptación de su personaje más representado en pantalla grande: Tom Ripley. Highsmith afirmaba que la justicia es una construcción humana, y que no necesariamente acontece en la naturaleza. La gente asesina y nunca es atrapada. La gente asesina y nunca es castigada. Si queremos justicia, pues, o esperaramos sentados a mitad de la plaza a que caiga el maná o tendremos que buscarla con nuestros propios medios, sin garantía alguna de tocarla con los dedos y háganle como quieran. Ese es el riesgo de la realidad y es el mismo riesgo que la nueva versión en formato serie nos trae Netflix como novedad primaveral: el mal triunfará as usual.

A Tom Ripley lo han encarnado actores brillantes y medianos. Porque los registros actorales existentes entre Alain Delon y John Malcovich versus Matt Damon guardan la misma distancia que separa el Metro Pantitlán de Barranca del Muerto. Pero lo innegable es que todos nos han entregado una interpretación con la que los fieles lectores de Highsmith han apropiado como la ideal. Todos tenemos un Tom Ripley favorito.

El nuevo Tomasso, Tomás, que feo estás, corre a cargo del actor irlandés Andrew Scott, a quien yo no tenía el gusto de conocer porque vivo bajo una piedra enlamada, y cuando uno deja de compararlo con su Ripley imaginario, y acepta en el corazón que no es queer, joven, sofisticado, o adorable -ni mucho menos encantador-, comenzamos a contemplar sin prejuicios a uno de los personajes más notables del Olimpo de los sociópatas. Este Ripley no tiene el menor interés en caerle bien a nadie (a menos que le ofrende algún beneficio estratégico), ni ocultar su profundo asco a la cortedad o a la estulticia ajena. El desprecio con el que observa la ausencia total de talento del privilegiado Dickie Greenleaf es palpable, hasta para el más pendejo. Reconozco brillante su manera de transmitir al espectador el momento exacto en el que su instinto identifica al fin el timo que su menesterosa trayectoria de fechorías estaba esperando. Y ese momento sucede después de contemplar el Picasso exhibido en donde no lo mira nadie, excepto Ermelinda, la empleada doméstica que le prepara al señorito de casa sus huevos rancheros por la mañana. Ripley entiende que esa es la verdadera riqueza que merece ser castigada: a la que me importa un bledo que la humedad mediterránea corroa una obra de incalculable valor, porque no sabe el costo de ganarse nada. Desde ese momento, el plan comienza a urdirse en un personaje de naturaleza impenetrable. Sus fríos ojos de pescado congelado poco ofrece, excepto que incomodan sin razón aparente. Todos los personajes coinciden que Tom parece inquietante, pero ninguno sabría explicar claramente el por qué.

Poco puede decirse de la espléndida cinematografía y el diseño del producción que no se haya señalado con la seriedad debida por críticos afamados que la describen como fascinante y minimalista. Cada encuadre y cada objeto que aparecen en pantalla, están cuidados y armonizan con asombrosa belleza. Incluso, existen objetos que se convierten en personajes con vida propia: los ceniceros (¿alguna vez pensé que un cenicero podría ser cínico? No, jamás, pero a esta vida venimos a aprender hasta la muerte), las escaleras, las esculturas, la pluma fuente, la máquina de escribir y las notas de mensajes de los hoteles en los que se hospeda Tom. Los objetos en Ripley son gags tan inanimados, como efectivos.

La única queja real que tengo contra la producción, es el casting de Eliot Sumner en el papel de Frederick ‘Freddie’ Miles (aquí sí fue imposible sacar de mi cabeza el inolvidable Freddy de Seymour Phillip Hoffman de la versión de la cinta de Minghella). Eliot encarna la inmamabilidad de los nepobabies, y si les suena su apellido es porque su padre es Sting, líder de Police y superestrella solista, ganador de 16 Grammy y vendedor de más de 100 millones de álbumes. Sumner pertenece -por herencia- a la realeza del rock británico. Una anécdota que la pinta de cuerpo entero es una historia que contó hace poco en una entrevista: que el día que venció a su padre al ajedrez, Sting, -sí, Sting-, “estaba destruido, aunque bastante orgulloso porque había creado algo que es intelectualmente más fuerte que yo”. Ayperopordios. Y miren, a lo largo de mi vida me he soplado a más nepobabies de los que sea capaz de enlistar, pero a pocos les reconozco tanta nulidad de carisma, aunque, reconozco que nunca había disfrutado con tanta insana satisfacción la muerte en pantalla de un personaje irritante. Horrorosa actuación, que me devuelvan mi dinero. Pero es mi única queja, el resto del casting es glorioso.

A título personal, creo que el mayor de los embustes de la serie es el que nos tragamos los espectadores al esperar una serie de suspenso psicológico del más puro cine noir. Y casi el primer capítulo nos convence de ello. Pero no. Ripley es una comedia negra. Oscurísima como el fondo del mar donde yacerá por siempre Dickie.

Mauricio Lombardi como el inspector Pietro Ravini, tan gracioso como mi padre cuando cuenta chistes crueles sin mover un músculo de su adusto rostro; John Malcovich en un cameo exquisito; Dakota Fanning nos recuerda que también puede interpretar personajes clasistas y desagradables como Marge; todos hacen una aportación tan cómica como sutil: cada portero, recepcionista, detective incompetente, paseador de perro llamado Enzo, y sobre todo nuestro protagonista Andrew Scott, que, en el último episodio de la serie nos regala una hilarante -por ridícula- escena de peluca y bigote, que no nos había obsequiado con efectividad la pantalla desde Peter Sellers como Claire Quilty en la Lolita de Kubrick. Porque eso pasa: todo funciona, incluso la Betty La Feísación de Patricia Highsmith, y no lo menciono de forma peyorativa, reconozco a la serie desde mi humilde trinchera como pieza única. Bravo, que vengan más temporadas del talentosísimo Mr. Ripley.

@amerikapa