blogeditor · 21 de noviembre de 2019
Como todos los días, después de leer un cuento y apagar la luz del cuarto, tomo el celular y abro Twitter para enterarme de lo que pasó en el día mientras mis hijas se quedan dormidas. Poco a poco me voy topando con uno y otro tuit que mencionan los límites entre Sonora y Chihuahua, una emboscada, cárteles de drogas, inseguridad, muertos… mujeres y niños muertos, niños de meses de edad, niños de la edad de mis hijas. Me voy a dormir con un nudo en la garganta, no me cabe en la cabeza.
Despertamos, seguimos la rutina, escuela, ejercicio, oficina, corrimos, cumplimos y seguimos, no paramos. Es lo que toca, lo que hacemos todos, todos los días. Pero lo hicimos con angustia en la boca del estómago por lo que le pasó a una familia que podría ser cualquiera, que podría ser la nuestra. Al final del día, al leer y tratar de entender un poco más allá del horror, no logro entenderlo. Me entero de mucho que no sabía sobre la familia -que no es tan cualquier familia-, pero no encuentro nada que explique realmente lo que había pasado, porque pasó, ni que disminuya el horror y el miedo que siento. Me siento profundamente vulnerable, comparto el sentimiento con mi esposo y cuestionamos el viaje de cada fin de año, en coche, para ver a la familia en Zacatecas y Durango. Decidimos no ir.
Como yo, encuentro muchos indignados en redes sociales. Algunos quejándose de la ineficacia del gobierno, de lo inútil de la estrategia de seguridad, de lo volteadas que están las prioridades en el país, de lo rebasados que estamos por el crimen organizado. Muchos pidiendo acciones y resultados. Otros tantos sufriendo esa sensación de completo desamparo, de profunda decepción y desesperanza, a la que ya también nos hemos acostumbrado los mexicanos.
Y para muestra, el uso de los hashtags #MeDuelesMexico y #MexicoDeLuto, que vienen usándose en diferentes eventos desde hace muchos meses, pero que con la masacre de la Familia LeBarón fueron retomados como nunca. Identificamos, con la colaboración de Alejandro Rubio, integrante del Círculo de Expertos LEXIA, 1,144 y 2,153 menciones respectivamente, solo durante el día de evento y los dos posteriores. Y aunque pareciera que el uso de los hashtags tiene una relación estrecha, las líneas de conversación que agrupan son distintas, #MéxicoDeLuto concentra los sentimientos de dolor y pérdida, mientras que #MeDuelesMéxico apela a la racionalización, al desencanto y la exigencia de cambio.


Sin duda, la muerte de 2 madres de familia al lado de sus hijos, en un acto tan despiadado y crudo, donde quedaron niños muertos, heridos, perdidos huyendo del ataque, es algo que nos cimbró a todos. Un evento que nos hizo poner un alto en nuestras ocupadas vidas y voltear a ver lo que está pasando. Nos hizo sentir el suelo, o la falta de este, bajo nuestros pies. Y al hacernos vulnerables, nos hace un poco más humanos. Se generan algunas muestras de empatía, ganas de organizarse, de exigir y de ayudar.
Algunos especialistas aseguran que la violencia contra menores es parte de la estrategia de horror que los grupos criminales están ejerciendo contra el país, buscando generar temor entre la población y sus adversarios. Lo que es innegable es que la espiral de violencia es ascendente y no es cosa nueva, viene gestándose desde hace más de 2 sexenios.
En nuestro México pasan cosas terribles todos los días: 13 policías asesinados en Michoacán, 15 ejecutados en Guerrero, 12 muertos en el llamado “culiacanazo…”. La lista es grande y se habla de que en total se han producido 27,305 homicidios dolosos en lo que va de esta administración, al menos 86 homicidios dolosos cada día, según con la Comisión Nacional de Seguridad.
Y los mexicanos hemos aprendido de alguna forma a no verlo. Consciente o inconscientemente, hemos optado por protegernos de tantos muertos, aunque caminemos todos los días sobre cadáveres y fosas, y nuestra indiferencia nos haga cómplices y tan culpables como aquellos que jalaron el gatillo. Al negarlo y voltear la mirada entumecemos nuestra humanidad, normalizamos, nos volvemos insensibles.
¡Pero fueron niños! ¡Mamás y sus hijos! ¿Qué podemos esperar del futuro de nuestra sociedad si no somos capaces de proteger a nuestros niños?
Citando un artículo de mexicosocial.org:
¿Ubican esa escena de Intensamente, la película animada de Disney Pixar, donde para despertar a Riley, Tristeza sugiere usar a Jangles, el payaso, la peor pesadilla de Riley? No puedo evitar pensar que Jangles es la masacre de los LeBarón, eso que de golpe nos saca de nuestro plácido día a día y nos agita el corazón del horror.
Han pasado ya un par de semanas y aunque las noticias siguen (el FBI llegó a México, hay sospechosos y detenidos, se recaudaron más de 150 mil dólares en Arizona, decenas de familias mormonas abandonaron Chihuahua, etc., etc.), la indignación bajó y nos adormilamos de nuevo. O quizá es que pasa tanto en nuestro México surrealista que brincamos de una indignación a otra con demasiada facilidad y no nos alcanza la empatía y sensibilidad para todo, no sé.
La pregunta es ¿cuántos Jangles más necesitamos para despertar? ¿Cuánto horror más necesitamos para humanizarnos y empezar a hacer algo por nuestros niños, nuestras familias? ¿Podemos restaurar el tejido social? ¿Dónde está el fondo, cuándo por fin lo tocamos?