blogeditor · 24 de marzo de 2014
“Entonces me sirvió mi caldito de pollo y a un lado medio limón, en realidad el limón era usualmente más pequeño de lo normal, el colmo fue cuando lo exprimí… nada, ni una gota del seco mini limón, Doña Dulce me contestó que ya no tenía limones y yo en ese momento, tuve que comer mi caldo de pollo sin mi acostumbrado limón”.
Aún recuerdo cuando era pequeña y pensaba que el limón era ese elemento de la naturaleza que podía resultar mágico y con el cual mi mamá solucionaba casi todo: que si te hacías una herida te echaban limón para que no se infectara; que si mi hermano tenía el cabello rebelde un poco de limón como fijador; que si comíamos taquitos fuera de casa limón para desinfectar por si las moscas (literal) la comida de la calle; unas gotas de limón al lava trastes extra dejaban un delicioso aroma a los platos y vasos; incluso mi mamá era de las que ponía una mitad de limón dentro del refri para mantener lejos la variedad de olores dentro de él.
Hoy, y desde que los poderes locales del estado de Michoacán se encuentran en manos de los carteles del crimen organizado, el precio del limón se ha elevado a límites insospechados. El pago de cuotas para entregar las cosechas a transportistas, el conflicto entre policías comunitarios, la complicidad del gobierno local y la voracidad de los carteles por no perder el dominio de su negocio se refleja en la inflación del precio de este producto que en México se consume de forma masiva.
Los mexicanos que estamos al pendiente de lo que pasa en Michoacán nos hallamos en un stand by permanente esperando a que en algún momento se solucionen los conflictos que atañen a nuestra economía. Y no sabemos si en algún momento nos corresponde hacer “algo” que ayude o contribuya a la solución.
Trato de entablar una conversación al respecto con mi amiga Raquel y la respuesta es: “Sí caray, no sabes lo que me pasó”… y comienza a contarme una anécdota sobre su hijo y la escuela… ¿Por qué a la gente le gusta tanto hablar de sus desgracias y siempre que lo hace empieza con la frase “no sabes lo que me pasó”?
Total que la plática que según yo se trataba sobre el alza del limón terminó con la pregunta sobre si tener el celular mirando para abajo y con el volumen bajo es sinónimo de trampa.
¿No es una paradoja que precisamente seamos los consumidores los que más nos quejamos y los que menos hacemos algo al respecto?
Que seamos los que no logramos conciliar el sueño porque no nos alcanza para la despensa básica.
Circulamos y nos quejamos del tráfico; somos fantasmas, descontentos con la vida y que a toda hora nos quejamos sobre la suerte que nos tocó, sin una gota de pasión.
[contextly_sidebar id=”305da5edbbbb97d3f530dedf255ce381″]A veces me cuesta ver a los que andan por ahí, calculadores, religiosos, fanáticos, los que temen desnudarse, los que jamás andan descalzos por miedo a resfriarse, los conscientes, los previsibles, los categóricos, los obvios, los moderados, los conformistas, los que compran cosas porque no saben qué hacer con el esqueleto ni con los espacios ni con el pensamiento.
Los mediocres, los prolijos, los gobernados.
Te los encontrarás en la cola de un banco suspirando de furia porque tienen que esperar, en la escalera mecánica de un shopping o en el cine viendo una película americana dirigida por un mexicano pero sintiéndose muy orgullosos, en la entrada del edificio donde vives, comprando el periódico, en un bar de la Condesa o en la boda de tu mejor amigo.
Andan por cualquier lado. En primavera se quejan del calor, en invierno del frío, muchos de ellos están especulando cuánto les corresponde hacer a nuestros gobernantes y esperan a ver qué pasa mañana mientras sus hijos se emborrachan en la esquina del colegio.
Total igual se preguntarán ¿por qué el limón está tan caro? O ¿por qué cuando el control remoto se está quedando sin pilas aprietan más fuerte los botones? O ¿por qué les dan más ganas de tocar todo cuando ven en un negocio un cartel que dice “No tocar”?
Igual.
Reflexionemos en cómo es que nos merecemos la vida, merecerla de veras, no faltarle el respeto así, como si me estuviera dada y no le debiera nada, merecerla con furia, en las entrañas, en las acciones, en el discurso, en los despertares, merecerla, como merecemos un simple limón con jugo.
Aquí les dejo este cortometraje, a mi me encantó, Feliz Semana.