Animal Político · 24 de julio de 2026
Por Edith Olivares Ferreto *
Durante más de un mes, millones de personas pusieron sus ojos en México a través de las transmisiones del Mundial. Estadios, celebraciones y una fiesta deportiva global. Fuera de las canchas, las mujeres y familias buscadoras aprovecharon ese escaparate para recordar que en el país seguimos atravesando una crisis de desapariciones que no puede ocultarse.
En un país donde más de 135 mil personas permanecen desaparecidas[1], las mujeres buscadoras que sólo exigen saber dónde están sus familiares desaparecidos constituyen una de las expresiones más dolorosas de la defensa de los derechos humanos. Ante la atención internacional que generó el Mundial, colectivas de todo el país aprovecharon el momento para visibilizar que durante años han permanecido insuficientemente atendidas.
En 1978 las madres de la plaza de mayo en Argentina aprovecharon la presencia de la prensa extranjera para romper la censura de la dictadura de Videla y denunciar las desapariciones forzadas. El contraste entre la euforia por el campeonato y el llanto de las madres de personas desaparecidas marcó un punto de inflexión. Las imágenes capturadas entonces se convirtieron en un registro clave de lo que sucedía en el país.
De la misma forma que hace 48 años, las mujeres buscadoras mexicanas levantaron la voz y avanzaron decididamente en y durante la víspera de la inauguración del Mundial. Durante los días 10 y 11 de junio, la Secretaría de Seguridad Ciudadana (SSC) de la Ciudad de México desplegó un operativo compuesto por más de 11,000 elementos directamente en los alrededores del Estadio Azteca. Un operativo desproporcionado.
El 30 de junio, mientras las madres buscadoras marchaban pacíficamente para visibilizar la crisis de desapariciones antes del partido entre México y Ecuador, fueron encapsuladas y reprimidas por la policía capitalina. Una vez más, preservar la normalidad del espectáculo pareció ser más importante que garantizar el derecho a la protesta.
Nada las disuadió… lejos de desaparecer, las protestas se multiplicaron. Las movilizaciones de familias buscadoras en las otras dos ciudades sede (Guadalajara y Monterrey) demostraron que la memoria y la exigencia de justicia no dependen de un solo espacio: son una demanda nacional.
En Guadalajara, marcharon por el centro de la ciudad y realizaron una “Cascarita por la memoria y contra el olvido” frente a la Catedral, previo al partido de la Selección Mexicana. Exigieron una disculpa pública al gobierno federal y denunciaron la impunidad. En Monterrey intervinieron un puente peatonal rumbo al Estadio colgando más de 150 fichas de búsqueda. Con el paso de los días, prácticamente en todo el país hubo diversas activaciones y manifestaciones para visibilizar la desgarradora realidad de la desaparición de personas y los riesgos que viven quienes les buscan.
La respuesta de las autoridades mexicanas fue la misma: declaraciones que cuestionaban un “financiamiento oscuro”, deslegitimación y fuertes dispositivos de seguridad.
En contraste con la falta de recursos y atención que enfrentan las familias buscadoras, las autoridades mostraron una amplia disposición para destinar fondos públicos a la organización del Mundial. Se estima que tan solo en la Ciudad de México la inversión en obras para recibir el torneo superó los 23 millones de pesos, a lo que se sumaron inversiones en otras sedes y recursos federales por alrededor de 2 mil millones de pesos para cada una de ellas, destinados principalmente a proyectos de movilidad. Indigna que esa misma voluntad política y presupuestaria no la observemos expresada en recursos para la búsqueda, la identificación forense, las investigaciones, la protección y la atención integral de las buscadoras.
Justo antes de que terminara la copa del mundo, en el marco del aniversario de la desaparición de Ana Amelí García Gámez, en el Ajusco, colectivos de madres buscadoras erigieron junto al Ángel de la Independencia el antimonumento “México campeón mundial en desaparición”. Bastaron apenas unas horas para que este memorial ciudadano fuera retirado por sujetos no identificados. Su retiro no logró ocultar la crisis de desapariciones ni la exigencia. La indignación que provocó su “misteriosa” remoción confirmó que la memoria no puede eliminarse desmontando sus símbolos. Una vez más la respuesta de las autoridades volvió a privilegiar el control del espacio público sobre la escucha de las víctimas.
Desde Amnistía Internacional hemos acompañado a las mujeres que están buscando a sus familiares de desaparecidos en su exigencia de protección frente a los riesgos que enfrentan por realizar labores que corresponden al Estado. Hemos documentado que la desaparición de un ser querido no solo implica una ausencia dolorosa y una incertidumbre que parece no tener fin, sino una cadena de afectaciones que transforman profundamente la vida de quienes buscan.
Las mujeres buscadoras dedican su tiempo y sus recursos a encontrar indicios que les permitan dar con el paradero de sus familiares desaparecidos. Como señalamos en el informe, Desaparecer otra vez: violencias y afectaciones que enfrentan las mujeres buscadoras en México, la búsqueda suele tener consecuencias físicas y emocionales severas, entre ellas depresión, ansiedad, trastornos del sueño y otros padecimientos asociados al estrés, así como padecimientos en la piel por el contacto con restos humanos y desprendimiento de retina por el llanto prolongado.
También enfrentan impactos sociales derivados del estigma y la incomprensión que rodean la desaparición de un familiar, así como afectaciones económicas provocadas por la pérdida de empleo, la reducción de ingresos y la necesidad de financiar con recursos propios actividades de búsqueda que el Estado no ha logrado garantizar de manera efectiva.
En este contexto, la reciente recomendación 208VG/2026 de la Comisión Nacional de Derechos Humanos sobre el caso de los 43 estudiantes de la Normal de Iguala desaparecidos en 2014, envía un lamentable y preocupante mensaje: las autoridades mexicanas tienen el objetivo de liberar al Ejército de su responsabilidad en la desaparición de los estudiantes. Para ello, ahora recurren a deslegitimar el trabajo que hemos venido desarrollando organizaciones de la sociedad civil y mecanismos internacionales en el acompañamiento a las familias para que puedan acceder a verdad, justicia y reparación.
La indolencia de las autoridades a casi 12 años de la desaparición de los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa es un recordatorio de los motivos que impulsan a sus padres y madres a seguir exigiendo en las calles, y refrenda el grito desgarrador de las mujeres que buscan a las más de 135 mil personas desaparecidas: si no les buscan ellas, no les busca nadie.
Durante el Mundial, las familias buscadoras ocuparon el espacio público para impedir que la crisis de desapariciones quedara fuera de la mirada internacional. Después, el intento por desacreditar mecanismos independientes y a quienes hemos acompañado a las víctimas durante años mostró que la disputa continúa en el ámbito institucional. En ambos casos, lo que está en juego son los derechos de las víctimas.
Cuando el silbatazo final marcó el cierre del Mundial, también terminó el momento de mayor atención internacional sobre México en los últimos años. Y cuando despertamos de la euforia mundialista, la crisis seguía ahí, con un número que no deja de crecer: al 22 de julio, apenas tres días después de concluido el torneo, el país registraba ya 135,028 personas desaparecidas.
El Mundial dejó una lección difícil de ignorar. Mientras el Estado buscó proyectar una imagen de celebración y normalidad, las familias recordaron al mundo que en México persiste una crisis de desapariciones que no puede ocultarse retirando antimonumentos, encapsulando protestas o desacreditando a quienes exigen respuestas. La memoria no desaparece cuando se desmontan sus símbolos; se fortalece cada vez que alguien decide alzar la voz.
El dolor de la desaparición no termina cuando se apagan las cámaras. Y mientras haya una sola persona desaparecida y una familia buscándola, las exigencias de protección, presentación con vida, verdad y justicia seguirán ocupando el espacio público. Esa fue, quizá, la imagen más poderosa que nos dejó el Mundial. Las mujeres buscadoras fueron las verdaderas campeonas de esta copa por que como ellas señalan: no se cansarán hasta encontrarles.
* Edith Olivares Ferreto, (@EdithFerreto) es directora ejecutiva de Amnistía Internacional México @amnistiamexico