blogeditor · 17 de noviembre de 2021
Cuando Marx y Engels hacen la famosa interpelación “¡Proletarios de todos los países, uníos!”, tenían plena conciencia de que los capitales de la naciente burguesía industrial ya trascendían las fronteras nacionales, tanto en lo jurídico como en lo político, y se beneficiaban de la competencia de los obreros entre sí. Dicho en términos actuales, los capitales trasnacionales (el yugo del capital que el Manifiesto Comunista denuncia ser el mismo en Francia, en Estados Unidos, en Alemania, etcétera) se logran acumular y mantener fuera del alcance de las regulaciones de las naciones a condición de que la organización obrera sea constreñida a límites nacionales o locales por medio de leyes, trazado rígido de fronteras, diferenciación regional de salarios, y límites a la movilidad y tráfico entre los habitantes de la Tierra.
Esto, a primera vista, no parece tener relación alguna con la iniciativa COVAX y su fracaso, y podríamos cuestionar si recurrir a discusiones “trasnochadas” arroja alguna luz sobre la cuestión o si, más bien, sirve para distraer la atención. Aun si señaláramos la existencia de alguna similitud superficial, podríamos responder que el Capitalismo financiero de nuestro tiempo no funciona de la misma manera que el de 1847 y 1848, y que el problema de la apropiación del plusvalor no es de relevancia para problematizar el acceso equitativo a la vacuna contra la COVID-19. Para afirmar esto, tendríamos que asegurarnos de tener bien claro en qué consiste la iniciativa COVAX, cuáles son sus objetivos y qué mecanismos de distribución y cooperación plantea. Sólo así podremos indicar de qué forma ha fracasado.
En un interesante artículo del diario El País, en el que se analizan las razones del fracaso de COVAX, se lee que su objetivo es “(…) dar un acceso justo a las vacunas de Covid-19 a todos los países del mundo, y a proporcionárselas gratuitamente a los más pobres”. COVAX era innovador en tanto primer mecanismo de distribución a escala mundial que tomaba como base los principios de equidad y justicia. La iniciativa representó una oportunidad (¿ahora perdida?) de cooperación internacional con miras a un acceso equitativo a la salud, mediante la adquisición conjunta de dosis y el reparto global del riesgo.
Sin embargo, y como la nota de El País deja claro, COVAX se enfrentó a una dura realidad: los países ricos acapararon las vacunas (algunos han comprado suficientes para vacunar a su población dos veces), mientras que el 98% de la población de los países pobres no ha recibido siquiera una dosis. La adquisición de la mayor parte de la producción de vacunas por los países de altos ingresos significó que COVAX tuvo que depender del Serum Institute of India para que le proporcionara tres cuartas partes de las dosis prometidas. Evidentemente, la crisis de contagios en India por la variante Delta significó la prohibición a la exportación de vacunas, y con ello el grave retraso que COVAX sufrió para entregar las dosis.
A raíz de estas graves fallas, se ha acusado a la iniciativa de ser ingenuamente ambiciosa. Probablemente sea verdad, pero hay que poner el dedo en la llaga: ¿en qué consiste esta ingenuidad? El planteamiento de COVAX para la entrega de volúmenes de vacunas es que ésta dependería de los compromisos hechos por los países y fabricantes participantes; es decir, en la voluntad política y la financiación del sector público. La buena voluntad no existió sino como fachada. Como los acuerdos de beneficencia no tienen carácter vinculante, los países con posibilidades han dado prioridad a sus propias necesidades de salud.
Dije arriba que se ha perdido una oportunidad de dejar un antecedente de cooperación entre países porque, como se ha planteado en diferentes ocasiones respecto al derecho internacional, no es deseable (y probablemente tampoco sea factible) la existencia de algún Estado de naciones que pudiera exigir el cumplimiento de normas o acuerdos vinculantes. Immanuel Kant, en su famoso texto La paz perpetua, defiende la necesidad de organizar el derecho de gentes en forma de una Federación de Estados libres con una constitución republicana (Federación de Repúblicas), por medio de la cual éstos salgan del estado de naturaleza en el que se encuentran. Pero también advierte que esta Sociedad de Naciones no significa que los pueblos deban fundirse en un solo Estado, o someterse a alguna autoridad externa o superior: entre Estados, entonces, no hay derecho. La citada Federación consistiría, así, en un deber impuesto por la razón, en un pacto entre Estados que, no obstante, mantienen y aseguran su libertad.
Ahora, esta comunidad entre todos los pueblos sí tendría condiciones para realizar una constitución cosmopolita, una de las cuales es el derecho de hospitalidad o derecho de ciudadanía mundial, por el cual reconocemos la común posesión de la Tierra (idea que encarna sus propios problemas bioéticos que, sin embargo, no son el objeto de este artículo). Y aquí es donde quiero señalar el conflicto: los capitales trasnacionales son adversos al establecimiento de una Federación de Estados, pues mantener la asimetría (estado de naturaleza) entre Estados es fundamental para la apropiación de plusvalor y la externalización de costos.
Y es así como se provocó el fracaso de COVAX: los Estados, como clientes de las farmacéuticas privadas, se vuelven los guardianes del capital trasnacional; por su parte, los capitales trasnacionales, mediante la posesión privada de las patentes y tecnologías de producción de vacunas y un esquema de mercado de bienes escasos, fomentan los nacionalismos que quiebran cualquier posibilidad de cooperación equitativa y justa. Repito: ¡hemos perdido una gran oportunidad!
* José Ramón Orrantia (@JROrrantia) es doctor en Filosofía por la UNAM. Sus investigaciones tratan sobre las condiciones formales y materiales del ejercicio de la práctica democrática y se ha centrado en redistribución, multiculturalismo, opresión estructural y la relación entre el funcionamiento de sistemas técnicos y la práctica democrática. Ha dado clases en distintas universidades y desde 2014 es profesor de la asignatura “Ciencia y sociedad” en la Facultad de Química de la máxima casa de estudios. Actualmente realiza una estancia posdoctoral en el Programa Universitario de Bioética. Contacto: [email protected]
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