Nacer, crecer, reproducirse y cumplir

Redacción Animal Político · 11 de octubre de 2024

Una pregunta de cajón (de buró y hasta de closet) que me hago cada que el estado de ánimo va a la baja es por qué, si todo está bien, me siento tan mal. Y, para responderme, comienzo con un recuento de los ámbitos más importantes de mi vida: ¿Hijo? Bien. ¿Trabajo? Bien. ¿Salud? Bien. ¿Familia? Bien. ¿Tragedias? Ninguna.

Invariablemente, termino por recriminarme lo ingrata que soy con la vida, porque no debería de sentir que algo me falta, cuando en realidad lo tengo “todo”. Suena sano mi planteamiento, así, tan a la ligera (por no decir así, tan a lo pendejo), pero no lo es. Se trata de una pregunta sensata que siempre dirige la flecha hacia mi insensatez.

Entonces, además de sentirme mal, me siento culpable y desencajada. Desentonada. Ojalá tuviese algún impacto mi recuento sobre los varios rubros de mi vida adulta, pero resulta una misión imposible despacharme a mí misma con algo que en apariencia soluciona el ¿pequeño detalle? de estar viva y tener emociones, pues a pesar de recordarme que ninguna tragedia (me) está sucediendo, mi cuerpo y mente son indiferentes ante tanta simpleza.

De niños nos enseñaron —algunos lo aprendimos mejor que otros— que cumplir y portarse bien era suficiente. Para quienes tenemos personalidad de ser los favoritos del profesor y buscamos nuestra dosis de reconocimiento y validación a través de la estrellita en la frente, la tarea de vivir parecía mucho más sencilla. ¿Qué más podría hacer falta si ya contamos con el placer del deber cumplido?  Resulta que con los años una no solo se convierte en su propia evaluadora, sino también en la estrellita y, sobre todo, en la frente estrellada.

Hace poco me di cuenta (quisiera decir que entré en razón, pero fue todo lo contrario) que administrar mi vida con una lista de verificación no estaba siendo buena estrategia. Los recuentos no me están diciendo nada. Me tomó treinta y ocho años comenzar a entender que la vida no se trata de nacer, crecer, reproducirse y morir (pinche educación de los noventa).

Lo más importante de este pequeño destello de lucidez ha sido sentir el alivio de elegir equivocarme por moverme y hacer, que permanecer correcta, bien portada, cumplida y estática por no tomar más riesgos. No es fácil aprender a expandirse en un mundo que te enseña a contenerte.

En el afán de buscar tranquilidad, he obviado el camino que yo misma he recorrido, lleno de piedras, lodo, baches, lluvia, neblina, flores, frutos, estrellas, estrellitas, y estrellotas. Y en el afán de cumplir, he dejado de atender lo que late, punza y palpita.

Ante la pregunta “¿por qué me siento tan mal si todo está bien?”, quizá pronto me atreva a contestar “porque sí”. O, si me pongo más precisa, me explicaré que es porque cualquier cosa que esté bien por mucho tiempo, sin moverse o dinamitarse, termina por aburrir incluso a quien solo quería su estrellita en la frente.

Ilustración del blog de Bárbara Hoyo, Anatomía, que representa la forma de una mujer en tres dimensiones.