Música Maldita

blogeditor · 5 de febrero de 2021

Si hubiera nacido en Veracruz quizá sería un fanático del son. Pero nací en Torreón.

Carlos Velázquez

 

And when it’s time to strike the blues
I gotta let my jive and jackass fuse
This pollution is electrocution
Riffs and rags, no resolution.

El trabajo más reciente de Carlos Velázquez —quien ya tiene respetable rato de haber llegado a la literatura de la mano de imágenes tales como tornalucha libre, música electrónica para bodas de rancho y arquitortura, entre varias más— se encuentra dedicado a dos vertientes fundamentales para tomarle vuelo a su narrativa: es una crónica de amistades y/o soledades profundas que en los momentos que el libro consigna echaron raíz al amparo de la música, y por otro lado no se trata específicamente de un libro sobre ella, sino de un viaje hondo por el amor que produce.

My wagon limps a miser’s pace
On borrowed fuels of lice and lace
Hail to the mother man
Can’t stand the soul can
Cold sweat, tiger tan
Sold my gold and left this land.

“Mantén la música maldita” (Sexto Piso, 2020) es, además de testimonio encendido de adoración por lo que la distorsión significa, una especie de instantánea análoga que consigna —de manera genuinamente  entretenida— la más variopinta cauda de personajes relacionados con el rock y su multitud de subgéneros, quienes a lo largo de los relatos de Carlos aparecen y desaparecen ya sea alrededor de la escucha de un vinyl, de la excursión salvaje a un concierto e incluso arriba del escenario. Gracias a él, el lector podrá conocer a una banda como Los Pellejos (que naturalmente no aparecen en “Rompan todo”), o a un personaje inclasificable como un tal “El Muertho”, quien jamás será considerado para formar parte del salón de la fama del rock, cosa que olímpicamente debe valerle madres al creador de éxitos como “Viejo decrépito”, “Maldita diabetes” y “Dios Culero”.

Vaccination, cancellation
Tuning in to the two-bit station

Alkaline batteries shot
Summer’s all tied
In the hangman’s know

Inferno!*

En el caso de que ya estuviera circulando por ahí la playlist necesaria para acompañar con rolas espesas este libro lleno “de las crónicas de un güey que relata cómo fue a un concierto a ponerse otra vez hasta la madre”, habría que hacerle un favor a lo escrito no escuchándola mientras corra la lectura: si el libro funciona es precisamente porque los sonidos que trae dentro estallan en la cabeza gracias al poder que reserva a la música maldita su condición de inolvidable.

@elimonpartido