Joel Aguirre · 9 de junio de 2026
Por Juan Natanael Hernández Olvera, Rubén Alejandro Avendaño Bautista y Carlos Rosales Abundiz
“El futbol fue el deporte que mejor expresó y afirmó la identidad […] Las diversas maneras de jugar han revelado, y celebrado, las diversas maneras de ser”: Eduardo Galeano, El futbol a sol y sombra.
México, flamante sede de otra Copa Mundial de Futbol… más rápido que el calendario, han querido volver a nosotros las estampas conocidas (álbum Panini aparte, que encima se anda pirateando estos días). Efectivamente, romántico como es, el imaginario social se trae consigo estadios llenos, orgullo nacional, banderas multicolor, turistas por doquier (bueno… turistas de los temporales, esperemos), himnos y cánticos, derrama económica, todos los ojos, el ojo internacional, y esa especie de promesa semiautomática (quizá una mala elección de adjetivo, en un país atravesado por flujos de armas ilegales procedentes en su mayoría del vecino del norte, otra nación sede) de que, por unas semanas al menos, las principales ciudades mexicanas entrarán en modo fiesta.
Sin duda, una narrativa poderosa, en tanto que se alimenta de memoria, pero ofreciendo al mismo tiempo un poco de confort para el presente: la idea de que un mundial de futbol es una grandiosa experiencia compartida… ¡porque qué chiste vivirlo en chiquito, peor aún en soledad!
Desde la primera entrega sobre este tema por parte de SocialView —un esfuerzo conjunto entre Altazor Intelligence, Good Humans y QuestionPro para leer el Mundial no solo como espectáculo deportivo, sino como fenómeno cultural, social y económico— identificamos un matiz muy importante: ánimo reactivo sí, entusiasmo con ilusión e inclusión no… En efecto, las y los mexicanos que encuestamos, y a partir del análisis de la conversación digital, encontramos interés y orgullo, pero también una sensación enrarecida de que este certamen convoca más de lo que admite; que invita más de lo que realmente incluye.
En esta “segunda ola” no solo no vamos a contradecir el diagnóstico inicial; vamos a complejizarlo, afinando, profundizando, y sobre todo procurando volverlo aún más provechoso. Porque lo que hoy ya se perfila no es simplemente un torneo que muchos tendrán [tendremos] que mirar desde lejos, sino un Mundial que ya definió en México su sede emocional más auténtica: la casa. En este sentido, decir que el Mundial 2026 ya se movió a casa, no es repetir que nuestro país será una de sus sedes, sino que este certamen genuinamente se va a disfrutar en, desde, a partir y a pesar, de lo doméstico…del hogar.
Como dato, lo anterior ya es de por sí bastante elocuente. De acuerdo con los resultados de nuestro último levantamiento, 83 % de las personas está visualizando ya vivir el Mundial en su propia casa, o en la de amigos y familiares; muy por encima de hacerlo en bares, restaurantes u otros espacios públicos. Dicho sin rodeos, el “centro de gravedad” para esta experiencia mundialista ya se desplazó en la expectativa colectiva hacia un ámbito más privado: lo doméstico, lo cercano-íntimo.
Esto, que en una primera lectura podría parecer obvio, puesto que claramente la gente va a mirar los partidos donde pueda, más bien nos deja entrever algo más profundo. El hecho de que el Mundial ya no se esté siquiera imaginando como algo que pasará forzosamente por el acceso a los estadios locales; ni siquiera como espectáculo urbano de gran escala (la fiesta colectiva); sino tal cual, como una ocasión de reunión, una o más pantallas compartidas, las botanas, la tan mexicana organización de último minuto, y una especie de “administración emocional” exclusivamente entre círculos íntimos. Mi casa es tu casa no es más una frase de invitación al exterior, sino una afirmación de pertenencia: un cerrar filas entre propios, ahora que los extraños estarán fuera, probablemente disfrutando.
Ahora bien, no hablamos simplemente de una mera comodidad o preferencia de tipo logístico, sino de una “forma social” en que las personas se están preparando para apropiar este evento. El fan mexicano, encontramos, aparece como una especie de anfitrión innato; alguien que, ante todo, desea disfrutar el torneo en compañía; que está dispuesto a poner la casa, y que busca volver habitable esta experiencia —así sea en una escala cotidiana/doméstica—. En otras palabras, no es que el Mundial y su experiencia “empequeñezcan” en cuanto entren en la sala, más bien se hace viable; se acomoda a la economía real, al tiempo disponible, a la ciudad saturada, y a experiencias de no-acceso que, para muchísima gente, no dejarán de sentirse más aspiracionales que factibles.
En la medición anterior, encontramos que el evento sí entusiasma, pero no de cualquier forma, ni para cualquier persona. Es decir que, para mover a las personas no bastará con los partidos mismos. Cuando preguntamos qué los haría cambiar de lugar para experimentar el Mundial, lo que pesó más fue el ambiente (55 %), seguido de promociones o descuentos (42 %) y la comodidad (42 %); aparecieron después aspectos como la cercanía física y la seguridad. Dicho con otras palabras, la decisión no dependerá solo del juego que se dispute, sino de qué tan atractiva, conveniente y razonablemente accesible se perciba toda la experiencia completa.
El Mundial que se está cocinando, al menos para el caso de México, no luce simbólicamente como una fiesta homogénea, sino como una experiencia “repartida” entre distintos niveles de cercanía. Por ejemplo, la escucha social que realizamos habla de la existencia de perfiles muy distintos de audiencia: el “Fan Activo” que exige intensidad, autenticidad, boletos, productos oficiales y una experiencia muy integrada; el “Espectador de Ocasión”, que más bien quiere el ambiente, un buen plan, convivencia, y un acceso lateral al torneo; el “Consumidor Pasivo”, que se si acaso se sumará cuando el Mundial aparece en redes, memes o conversaciones de alto engagement; incluso un perfil más “Hater” que habrá de convertir este certamen en oportunidad para la crítica urbana, el reclamo por costos, o momento para expresar desconfianza pública.
En la taxonomía de nuestro estudio, estos perfiles corresponden aproximadamente al 42 %, 36 % y 22 % respectivamente, estando las actitudes mucho más críticas, diluidas o integradas en los tres perfiles principales. El perfil de fan muy intenso bien puede mantener una postura crítica, y las personas que se declaran menos adeptas al futbol no necesariamente tendrán una actitud de rechazo o desinterés totales.
Tal segmentación, entonces, matiza cómo puede leerse este fenómeno. Como vemos no existe un solo tipo de fan, y no existe tal cosa como una sola forma de esperar este Mundial. Para algunas personas, el vínculo pasa por la autenticidad futbolera y la expectativa que les genera vivir cuanto puedan de la experiencia oficial; para otros, armar el plan con amigos y familiares, encontrar (tal vez crear) el mejor ambiente, o cazar promociones y eventos gratuitos; mientras que para otros más, estar al tanto del feed, del meme viral, el clip en boca de todos, o la conversación del momento será más importante.
El Mundial entonces, más que parecerle a la gente una experiencia única u homogénea, está luciendo más como una especie de “constelación” de experiencias parciales, o mejor dicho segmentables… cada una por supuesto con sus formas distintivas en cuanto a acceso, expectativa y ritual o barrera para sentirse realmente dentro / fuera de este evento internacional.
Por eso la casa se volvió tan importante. No solamente porque estaría resolviendo el problema práctico de dónde mirar los partidos: ante todo porque “traduce” el gran espectáculo dolorosamente inalcanzable —y que no obstante sí se quiere vivir—, a una escala perfectamente controlable, donde cada persona pone sus propias reglas de juego.
De hecho, la segunda ola de este estudio casi que longitudinal, arroja que las principales razones para seguir el Mundial son la emoción del evento y su propia dimensión social. Apoyar a la Selección Mexicana (48 %), ver partidos (46 %) y convivir con otras personas y la familia (42 %) son las declaraciones que encabezaron la lista. El Mundial, por ende, se activa primero como emoción compartida y solo después como detonador de consumo, entretenimiento o beneficios más individuales. Esto nos sugiere que, si bien el torneo per se importa, en buena medida es porque sigue siendo un pretexto extraordinario —es decir, que nos saca de lo ordinario— para la reunión; cosa eminentemente social, y curiosamente muy ordinaria en nuestra sociedad mexicana. Es decir, es un pretexto emocionante para no dejar de ser quienes ya éramos, ¡y encima festejarlo!
Por esto mismo, vimos conveniente asomarnos también con detenimiento al ecosistema mediático. De entrada, confirmamos que el partido dejó de ser una experiencia “lineal” o unidimensional en su consumo. Los resultados que obtuvimos muestran lógicas de consumo con una pantalla principal + al menos una segunda pantalla + búsquedas contextuales o complementarios en vivo para nutrir o elevar la experiencia de visionado. La televisión y el streaming concentran el live, mientras que se acudirá a las redes sociales y medios complementarios para consumir clips, consultar horarios, comprobar alineaciones, entender resúmenes, profundizar en análisis, o integrar debates.
Además, observamos una segmentación generacional bastante clara, ya que las personas jóvenes declararon mayor dependencia de plataformas y redes como Facebook y TikTok para consumir y compartir contenidos relacionados con el Mundial, mientras que las personas mayores en edad dicen que mantendrán una relación mucho más “televisiva” hacia contenidos relacionados con el certamen. Podemos afirmar que el Mundial de Futbol 2026 no se va a mirar o consumir solo en la pantalla tradicional de la sala; sin duda se habitará entre múltiples pantallas conectadas.
Por otro lado, debajo de esta “domesticación” [i.e. hacer algo parte del hogar], mediante esta nueva exploración encontramos que ha permanecido una tensión neta: el acceso desigual a la experiencia. Aquí, el traer el Mundial a la casa —ese invitar a la familia, a las amistades más queridas, como forma casi paradójica de disfrutar genuinamente de un evento de talla global— no es únicamente una excusa simplona para la convivencia; es también y en muchos casos, la forma concreta más a la mano, más realista, de resolver una distancia de otro modo insalvable.
El análisis de la conversación digital, por ejemplo, puntúa críticas intensas alrededor de ello. Desde boletos absurdamente caros, remodelaciones interminables, preocupaciones sobre seguridad, logística aún incomprensible para las llegadas y salidas (mención aparte merecería el temor al caos del transporte público), y otros aspectos aledaños como la disponibilidad y precios de los alimentos, los baños, los servicios de emergencia incluso. Por la parte de los espacios públicos o la ya famosa FanZone, se mencionan quejas por calles cerradas, bloqueos, tráfico y molestias en general… vamos, una pesadilla urbana de antología antes de comenzar siquiera.
Hablemos ahora de las sedes, bajo una dimensión de estrés urbano. La conversación digital muestra que lo anterior ya no puede concebirse en abstracto, ya que cada sede enfrentará sendas realidades. Por ejemplo, en Guadalajara se registró el clima digital más equilibrado, con cierta narrativa de calidez u optimismo; en Monterrey se combinó el orgullo por su estadio insignia, con un ambiente de crítica a la infraestructura vial o a las condiciones ambientales; mientras que en CDMX se concentró la atención mediática, la mención a hitos históricos (no en balde el estadio Azteca-Banorte, oficialmente nombrado para este torneo ‘Estadio de la Ciudad de México’, se encuentra a nada de convertirse en el primero a escala planetaria en albergar tres partidos inaugurales de un Mundial de futbol), y sobre la oferta cultural local; aunque sin dejar de mencionar inquietudes sobre movilidad, tiempos de traslado y la complejidad operativa propia de esta megalópolis.
No habrá, pues, una sola experiencia mexicana del Mundial; habrá varias, distribuidas y diferenciadas necesariamente según ciudad, por tipo de acceso y por formas de vinculación con el evento en general.
Para ir cerrando la discusión sobre los hallazgos de esta segunda ola, algo en cierto modo sorpresivo resultó ser que el Mundial no se siente, al menos por ahora, como una “licencia abierta” para los excesos. Lo que sí emerge, y con bastante fuerza en esta encuesta, son aspectos como: convivir más con amigos y familia (74 %), sentir orgullo por México (46 %) y poder desconectarse o divertirse (35 %); los cuales pesaron mucho más que alternativas como “ligar” o “echar desmadre”, que quedaron bastante abajo en las menciones.
Esto quizá ayude a cuestionar si no romper un viejo cliché… más que “carnaval desbocado”, lo que se está imaginando la gente son formas de convivencia ampliada. Se espera generar ambiente, despertar emoción, compartir lo que se mire en la pantalla, tener más ocasión para el encuentro cercano e íntimo. Un Mundial que —tal cual suena— se ha mudado a casa… LA casa.
El Mundial 2026 que se está cocinando para las y los aficionados mexicanos no va a ser, para su gran mayoría, una experiencia medianamente cercana a la tribuna, sino una de “traducciones”: del gran espectáculo global a la escala de lo doméstico; del encuentro amistoso a nivel de calle entre culturas diversas, a consumos más “factibles” donde el mexicano ha destacado siempre por su sangre anfitriona (e.g. ¿Cómo olvidar aquel viejo comercial de “Mañana en tu casa, Günther”, con el alemán y su simpática familia preparando lo mejor que podían una recepción ‘a lo mexa’ en su hogar; sin saber —recién llegados a México no podían entenderlo aún— que mi casa siempre será tu casa compañero, amigo, carnal, valedor, etcétera).
Un Mundial pues que tendrá que vivirse, del evento oficial a sus versiones más laterales, compartidas, maquilladas de, o abiertamente indirectas; de la épica deportiva a la logística hogareña, y finalmente donde cabe recordar que la palabra fanático procede de una asunción de sacralidad, de templo… si el ritual no se puede celebrar en las gradas para mayor honra de los dioses olímpicos, la “fanaticada” mexicana ya decidió que para eso existen también los oratorios domésticos; que los altares también se han erigido desde tiempo prehispánico en cualquier calpulli —originalmente a todas luces; de forma clandestina durante la Colonia.
Sin embargo, nuestra investigación no deja sombra de duda sobre el interés y la fuerza potencial del torneo. Este Mundial que históricamente se va a cocinar en millones de microescenas que irán de la sala con pantalla gigante, a la sobremesa botaneras, las segundas pantallas encendidas todo el tiempo, los chats comentando rabiosamente, en el marco de tres ciudades que se quejarán de factores distintos pero que igualmente mirarán, el espectador mexicano, que no es uno sino al menos tres tipos diferentes, de algún modo se las arreglará para sentir que siquiera parte del evento también le perteneció.
Probablemente México sea de los pocos lugares en la Tierra en donde es perfectamente posible convertir un espectáculo de escala global que deja fuera a muchos, en la experiencia compartida más cotidiana, pero por eso mismo universalmente accesible. El silbatazo inicial está a pocos días de darse, aunque del juego simbólico, doméstico, urbano, cultural, ese ya comenzó. Jugamos de local. ♦
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