Jorge Avila · 26 de marzo de 2026
México: sede de un Mundial que veremos… aunque no desde las gradas
«El aficionado mexicano sabe resignarse y no depende necesariamente del marcador, sino del gusto de reunirse y compartir la experiencia». Villoro, Juan. Dios es redondo (2006)
Cada vez que México ha aparecido como sede de una Copa del Mundo, la imaginación pública se llena rápidamente de imágenes familiares: estadios a reventar, orgullo nacional, derrama económica, banderas, turismo y una euforia casi automática. Esa narrativa tiene honda fuerza porque viene cargada de memoria compartida; también porque ofrece una visión casi idílica del acontecimiento: el Mundial como una fiesta que todos celebramos.
En efecto, cuando se habla del próximo Mundial de Fútbol 2026, al menos en lo que va de este año, escuchamos varios lugares comunes y un tanto “perezosos”: cada vez con menos rubor, se repite ad nauseam que, ya que nuestro país será sede, de alguna forma México volverá a estar en el centro del mapa futbolero; o que este certamen significará necesaria e inevitablemente una fabulosa derrama económica. A esto se suma el hecho de que las recientes convulsiones políticas y sociales a nivel global, regional y local ponen ante este evento —a pocas semanas de su inauguración formal— sendos desafíos operativos, anímicos e incluso ideológicos. ¿Es este un buen momento, y México o la región, el escenario idóneo para realizar un Mundial de Futbol tripartita, con los correspondientes retos de infraestructura, operación logística y experiencia para cientos de miles de asistentes y espectadores, tanto presenciales como a distancia en muy diversas partes del orbe?, se preguntan no pocas personas en estos días.
Seguramente no les falta razón… pero también resulta innegable que la afición en general, por mero reflejo histórico e idiosincrático, tiende a entregarse de forma irremediable a los festejos —que también para eso es un Mundial de Fútbol, a fin de cuentas. No obstante, tomada como única versión del relato, esa narrativa, si bien cómoda, resultaría algo sentimental y, sobre todo, ingenua o insuficiente. ¿Qué se dice entonces cuando se habla del inminente Mundial de Fútbol en México? ¿Están hablando las y los mexicanos del Mundial? ¿De qué maneras? ¿Con qué propósito?
Precisamente eso es lo que buscamos con esta edición de Social View: comprender el Mundial no solo como un mega espectáculo deportivo, sino como un fenómeno social, cultural, político y económico. La premisa es sencilla, pero no por ello simple: el futbol nunca es solamente futbol, y mucho menos cuando se trata de una Copa del Mundo organizada en México, Estados Unidos y Canadá. Lo que se juega no es solo un torneo; también se jugarán las formas de pertenencia, las expectativas de consumo, los imaginarios y realidades urbanos, las frustraciones sociales, etcétera.
Entusiasmo sí. Inclusión, no tanto.
En un estudio realizado en estrecha colaboración con nuestros aliados QuestionPro y Good Humans, encontramos entusiasmo y orgullo alrededor del torneo. Sin embargo, también encontramos que, si bien el Mundial sí entusiasma, algo que no está sucediendo es que sea incluyente como en anteriores ediciones. Algo así como un certamen que, si bien nos convoca, no necesariamente nos admite. Y aunque claro que nos importa y genera expectativa, no parece ser una experiencia que logremos imaginarnos desde la tribuna.
Ese matiz lo cambia todo. Si miramos los datos obtenidos, el asunto no es tanto que México reciba con frialdad este Mundial. Al contrario: el 63% de las personas consultadas dijo tener mucho o bastante interés en el futbol en general. Y siete de cada diez (75.5%) tienen una opinión positiva o muy positiva hacia el Mundial. Más aún, el 85% expresa orgullo por volver a ser sede, y un porcentaje similar (84%) coincide en que este certamen traerá importantes beneficios en forma de derrama económica. Estas no son cifras menores ni que den pie a la ambigüedad: más bien describen claramente un “piso emocional” favorable. Puede decirse que el evento llega con cierta legitimidad simbólica, una reserva de entusiasmo e incluso algo de promesa social que, al menos en abstracto, sigue funcionando.
Ahora bien, esta legitimidad inicial no se traduce automáticamente en apropiación ni en expectativas de experiencia presencial. A la gente sí le gusta la idea del Mundial, pero nuestros hallazgos sugieren que lo que no les queda tan claro es si realmente se sienten “dentro” del juego. Una prueba de ello está en las respuestas a una pregunta simple pero potente: ¿Qué tan probable ves asistir a partidos o acudir a un Fan Fest? Las respuestas, sobre todo en los segmentos bajos —que representan a la mayoría de la población mexicana—, se cargaron hacia “poco probable” y “nada probable”. Hay que decir, no obstante, que donde sí hallamos mayor disposición es en el consumo asociado al evento: la tercera parte de los encuestados (33%) considera muy probable comprar productos o participar en los consumos vinculados con el Mundial.
El puro gusto de convivir y compartir.
Por otro lado, nuestro análisis no se limita a señalar este malestar. La historia no se agota en estos visos de exclusión o de acceso complicado. Hablemos de cómo se está ajustando la expectativa y las formas de vivir la experiencia del Mundial en casa, cuando esa “casa” no necesariamente incluye al estadio local. Uno de los hallazgos más reveladores es que casi ocho de cada diez personas encuestadas (79.5%) afirma que verá el Mundial con familia y amigos. A primera vista parece un dato simple, pero lo que revela es que la “experiencia proyectada” de este torneo no es individual ni íntima, sino eminentemente relacional y grupal. El Mundial no aparece como un objeto de consumo solitario, sino como un ritual de convivencia. Aunque pueda sonar casi costumbrista, es en realidad una cuestión estructural: este evento adquiere una “densidad social” característica en México, no solo por lo que ocurra en la cancha, sino por todo lo que se activa a su alrededor.
Tomemos por caso los “roles” que la gente desempeña en sus reuniones para ver los partidos. La figura dominante no es la del “analista” ni la del “fanático puro”. Más bien, son preponderantes quienes se definen a sí mismos como quien lleva comida o bebida (39%) y quien organiza la reunión (25%). Apenas después aparece quien analiza el partido (10%), y quien prefiere verlo solo (6%) es casi residual. Esta disposición es reveladora: las experiencias más recurrentes en torno al Mundial no se ordenan al interior de los estadios, sino alrededor de la reunión, el encuentro y la convivencia.
En un sentido casi antropológico, el verdadero Mundial 2026, el más genuino como experiencia, no será para muchísima gente el que se dispute en la cancha ante las tribunas de los estadios locales; sino aquel que “se jugará en la sala”, rodeado de familia y amistades cercanas. Si miramos la lógica económica, las categorías con mayor gasto proyectado son botanas y bebidas (26%), jerseys y merchandising (16%), comida a domicilio (15%) y asistencia a restaurantes o bares (11%). No es el retrato de un gran “desembolso aspiracional”, sino el de una economía afectiva muy reconocible en México: compartir comida, “vestir” el evento, extenderlo en pequeños consumos significativos y “volverlo momento” más que simple transmisión.
¿Y los medios? ¿Desde dónde se consumirá el Mundial?
Los principales medios declarados son internet (69%), televisión abierta (62%) y TV de paga (50%), con streaming y redes sociales rondando el 49%. Se aprecia un consumo mediático híbrido, atravesado por múltiples pantallas y situaciones de consumo. Desde hace tiempo, ya no se trata de sentarse a ver un partido y poco más; se trata de “habitar” flujos de contenido: preliminares, partidos, clips destacados, reacciones, memes, polémicas, resúmenes, comentarios, análisis, apuestas. El Mundial, como casi todo hoy en día, llega por fragmentos pero “multi-expandido” a la vez.
Vale la pena mencionar que los contenidos que más engagement generan son los memes y el humor (50%), seguidos por el análisis táctico (47%). La cercanía entre ambos porcentajes apunta a que la afición actual no vive como una contradicción tomarse el futbol muy en serio y utilizarlo al mismo tiempo como pretexto para reírse. Los mexicanos hacemos ambas cosas a la vez: consumir los partidos como espectáculo y como material narrativo con propósitos diversos. Queremos reírnos, entender, comentar y compartir lo que sucede en, con, gracias y a pesar del Mundial.
Tensiones y miedos alrededor.
Nuestro análisis estaría incompleto sin una lectura de las tensiones que actualmente atraviesan al aficionado. Cuando les preguntamos a los encuestados sobre los tres temas que más les preocupan de cara al certamen, sus respuestas se cargaron hacia cuestiones muy terrenales: seguridad pública (49%), aspectos relacionados con su economía y los costos asociados (43%) y movilidad en la ciudad (40%). Estos datos dicen bastante: para una parte importante de la población mexicana, el Mundial no será solo una celebración deportiva, sino también una ocasión para observar la capacidad del país de organizarse, moverse, proteger y funcionar sin colapsar.
Al integrar la escucha digital, identificamos con nitidez menciones a la presencia del crimen organizado, la violencia en general, los fraudes y la extorsión; al rezago en la remodelación del Estadio Azteca; a la fragilidad percibida del Sistema de Transporte Colectivo Metro; al tránsito vehicular agravado; a las inundaciones; a los baches y, en pocas palabras, a la “fragilidad urbana” de las ciudades que México aportará al certamen.
A modo de conclusión.
Somos parte de una afición que ciertamente se entusiasmará, pero que también lo hará desde lo calculado; que sí celebrará, pero con alguna sospecha guardada; que sí se está preparando para ver el Mundial, aunque desde un horizonte concreto de costos, distancias y posibilidades reales. El Mundial 2026 se vivirá en el México “micro”: el que se hace presente en las salas, en las mesas repletas de botana, en el dispositivo con el que se comparte una estadística o el meme que se viraliza, en las conversaciones entre colegas y amigos, y sobre todo en la astucia de “saber meterse” a un gran evento, aun si no es posible ingresar en él.
Tal combinación —pachanguera pero desigual, colectiva pero estratificada— es precisamente una de las cosas que más nos dice sobre nuestro propio país. El silbatazo inaugural no es inminente aún… y sin embargo, parte del juego ya comenzó.
Juan Natanael Hernández Olvera, Rubén Alejandro Avendaño Bautista y Carlos Rosales Abundiz X: @Juhanhdx | @esquelalex | @RA_Karlos