Jorge Avila · 20 de abril de 2026
Por Alberto Solís Castro
El 24 de abril se conmemora esta reciente celebración establecida en 2018 por la Asamblea General de la ONU para destacar la cooperación internacional para incidir en problemas complejos del mundo.
El multilateralismo emergió como un nuevo paradigma de esperanza para un orden global más incluyente y corresponsable entre el concierto de las naciones después de la Segunda Guerra Mundial. Ello, después de que fuimos capaces de observar el nivel tan profundo de devastación que podíamos alcanzar como especie, contando con el uso de un alto nivel de desarrollo tecnológico enfocado hacia la guerra. Lamentablemente, esa esperanza muy pronto se vio opacada por la dinámica impresa por la llamada Guerra Fría y la competencia tecnológica entre el bloque capitalista y el bloque soviético, que desató un conjunto de nuevos conflictos armados en diferentes zonas del planeta desarrollando el fenómeno de la “proxy wars” o guerras subsidiarias. El riesgo de un colapso global por un enfrentamiento abierto entre ambos bloques produjo una frágil condición de paz, basada en el equilibrio de dos grandes fuerzas que contenían su capacidad de uso de armas nucleares por el riesgo que implicaba para el planeta y la sobrevivencia de la especie humana. Como legado de esta dinámica de relación global contamos con el desarrollo de nuevos subgéneros literarios como la novela futurista y un cúmulo de experiencias en conflictos armados internos que en algunos países como Colombia, apenas alcanzan un horizonte de acuerdos de paz; en el que convive un sistema integral de justicia transicional y nuevos procesos de diálogo con movimientos armados.
Después de la caída del bloque soviético y el fin del mundo bipolar vimos emerger nuevas dinámicas de violencia bajo la hegemonía del control de la fuerza económica y militar de Estados Unidos. Lo cual dio origen a nuevos fenómenos de conflictos armados internos, descritos por autores como Kaldor y Keen, caracterizados por su prolongación temporal y vías informales de colaboración entre grupos civiles armados y gobiernos, debido a los incentivos económicos que el conflicto genera a las partes enfrentadas. Este fenómeno que Kaldor acuñó bajo la denominación de New Wars sigue siendo altamente activo en los conflictos armados internos de nuestros días, incluso en países como México, que presentan variantes determinantes como la acción de grupos armados del crimen organizado.
Ya en el siglo XXI el fracaso del multilateralismo en intervenciones militares como la Guerra de Irak y el más reciente genocidio en Gaza, aunado a la emergencia de una nueva ola de autoritarismos en los gobiernos del mundo, ha generado una crisis política y financiera en el rol de organismos internacionales como la ONU, la OEA y sus respectivos sistemas de protección de derechos humanos. La reciente intervención militar de Estados Unidos sobre Venezuela o la acción militar que emprende ahora mismo en contra de Irán, pone de manifiesto la realidad del desmantelamiento del multilateralismo, el debilitamiento de sus organismos y la emergencia de un nuevo orden con claros rasgos autoritarios que aún no termina de configurarse.
El posible fin de la era del multilateralismo y del sistema de balances entre las potencias militares del mundo y el resto de los países se debe, sin duda, en parte, a la decepción que genera su falta de funcionamiento por la incapacidad de acción contundente frente a las voluntades de los actores políticos globales y locales que deciden imponer el uso de la fuerza para hacer prevalecer sus intereses y posiciones. Se debe también al uso de la diplomacia internacional para generar contubernios que impiden la condena internacional a actos de gobierno vinculados a graves violaciones a los derechos humanos. Pero se debe sobre todo a la emergencia de esa nueva tendencia de gobiernos autoritarios apoyados por mayorías electorales en sus respectivos países, que se han dedicado a descalificarlo, apelando sobre todo a su derecho de velar por su seguridad por encima del bienestar general de la población dentro y fuera de sus países.
Lamentablemente el debilitamiento del ineficaz sistema multilateral no es una buena noticia para el mundo, sino la ruta de la profundización de un sistema de prevalencia del que impone la voluntad del más fuerte, de intolerancia ante las posiciones distintas y de un estilo de política tanto nacional como internacional que se caracteriza por la descalificación y aniquilamiento del adversario por encima de la búsqueda de futuros posibles de convivencia y bienestar desde lo común. Es probable que el fracaso del multilateralismo hasta nuestros días se deba principalmente a que el desarrollo tecnológico que hemos alcanzado como humanidad no corresponde al nivel de avances que necesitamos en la construcción de una política nacional e internacional no contenciosa que haga prevalecer la colaboración y cooperación para el bien común.