blogeditor · 27 de febrero de 2015
Somos muchos los que estamos maravillados con la estoica y humilde voluntad, actitud y forma de vida del presidente de Uruguaym José Mujica, mejor conocido por aquellos cuya admiración se ha transformado en cariño “Pepe”.
Mujica se ha convertido en un estandarte de esperanza en la política para todos los que creemos en ella y no hemos tenido la fortuna de estar representados por alguien de su naturaleza. A donde va siempre es recibido con afecto genuino y merecidos elogios. No obstante, sin demérito a su persona, creo que hay alguien que merece más que él nuestra admiración: me refiero al sistema político uruguayo.
No conozco a fondo las políticas implementadas por el gobierno del presidente Mujica, y debo decir que hay varias con las que no comulgo del todo. Sin embargo, eso no quita el reconocimiento que le tengo a su persona, y al sistema político que lo dejó llegar a la presidencia.
El sistema uruguayo permitió llegar a un gobernante con ideales incorruptibles, austero y justo. Permitió llegar a la silla máxima a alguien que representara la nobleza y honradez innata al servicio público, a un socrático que nos confirmó que la virtud no viene de las riquezas, sino por el contrario, que las riquezas vienen de la virtud. El pueblo eligió a un líder que demostró, en palabras de George Bernard Shaw, que “no es cierto que el poder corrompa; lo que ocurre es que hay políticos que corrompen al poder”.
¿Cuántos mexicanos podemos decir lo mismo de nuestro sistema? Los mexicanos intentamos deslindarnos de responsabilidad ocultándonos en la culpa colectiva de las decisiones que tomamos, nuestro deber cívico se ha transformado en un ciclo de elegir para después lamentar nuestra elección, pero sin perder la esperanza de un milagro sexenal.
[contextly_sidebar id=”mWOyaukyrJRmcZvpti5xdlPsOumsT9i4″]Hemos decidido elegir a representantes impuestos por gobernantes que prefieren colocar a allegados que compartan su misma constitución moral por conveniencia y muchas veces complicidad. Hemos sido mercenarios del voto, votando conforme al beneficio inmediato sin tener la capacidad de ver el perjuicio que con ello viene después. Hemos mandatado a personas sin ideales cuyo mérito es servir solo al interés de unos cuantos. A personas que buscan con falsa modestia la adulación del pueblo, otorgándoles “beneficios” con los que buscan lucrar “likes” para su reputación y propio ego. A personas que dependen de la opinión pública porque si fuera la suya propia no podrían ni con su existencia.
Entonces, ¿dónde están los Mujicas mexicanos? Para nuestra fortuna sí los hay, y muchos, dentro y fuera de la política. Pero tenemos que reconstruir nuestro sistema político-social desde los cimientos, para darle paso a los que nunca pueden llegar porque el sistema actual basado algunas veces en complicidades no les da la oportunidad. Y de esa forma, poder transformar la mediocracia en la que vivimos en una verdadera democracia en la que se reconozca las cualidades, virtudes y méritos de la persona.
Para reflexionar: decía Felipe Gonzalez en su libro En busca de respuestas que las “democracias mediáticas e irreflexivas que tanto abundan son enemigas naturales de los liderazgos sólidos. En ellas priman los sondeos de opinión sobre las convicciones”.