Por ti, por mí, por las que vienen, por las que ya no están

Redacción Animal Político · 8 de marzo de 2024

Por ti, por mí, por las que vienen, por las que ya no están

El medievo nos dejó varias cosas valiosas, entre ellas, la estructura. Para hablar de las mujeres en la construcción de paz, voy a separar y después juntar, a la más pura usanza medieval: empezar hablando de paz, después de mujeres y por último de lo que exigimos o deberíamos exigir las mujeres con respecto a la construcción de paz en México.

No sé a ciencia cierta de qué hablamos cuando hablamos de paz, pero sí sé que la paz no es una meta, ni un objetivo o un deseo. Ni siquiera es un camino como se nos ha dicho desde Gandhi, ni una conquista.

No. La paz es una consecuencia, es el resultado de una serie de acciones y esfuerzos que crean ciertas condiciones que llamamos paz.

La paz es un efecto de la justicia inundada de verdad; de la equidad cuando invade (en un mundo todavía imaginario) la casa, la escuela, la calle, el trabajo. La paz es la seguridad que se derrama al respirar sabiendo que nadie acechará cuando llegues a la esquina, que tu vida, tu integridad, la de tus hijas no hay quien pueda tomarlas de golpe y quedar pasmosamente impune e inmune a tu dolor.

La paz es lo que surge de un tejido social que no expulsa, que no desahucia, que no empuja a nadie a migrar o a desplazarse. Es la consecuencia de gobiernos transparentes que administran no la impunidad, sino la justicia. La paz surge cuando niñas, niños y adolescentes pueden imaginar y construir un futuro posible en un país habitable. Y entonces, hay paz.

Ser mujer es estar dispuesta a no renunciar a una interioridad inmensa, a unas fuerzas que te dejan sin aliento, a la maravilla de ser y de tener amigas. Ser mujer es descubrir un amor que coloniza el alma, unos sueños capaces de arropar realidades propias pero, sobre todo, ajenas.

Ser mujer es vivir con la sensación constante de estar en el mundo a la intemperie. Es saber que, a lo largo de tu vida, tendrás que luchar por tener una voz, un lugar, una razón para estar. Es saber que, no importa si rondas los 50, tu mamá, tu hermana, tu hija, una amiga, estarán despiertas hasta que les mandes un mensaje que les diga que llegaste a casa. Viva. Bien. Es tener que justificar una falda más corta, un trago de más, un tono de voz más fuerte, un puesto más alto, un hijo de más o no tener ninguno.

Ser mujer es correr las mismas carreras, pero descalza, con el pendiente a cuestas de quienes esperan tu tiempo y tus cuidados.

Ser mujer en México es seguir peleando espacios, en la casa, tomando las calles, en los trabajos. Es mirar de reojo, constante, para ver si tienes que apretar el paso, cambiarte de acera, gritar. Es ocupar un espacio en una sala de juntas, con tu preparación galopante, sabiendo que ganas un 30 % menos que el resto de la sala.

Ser mujer en México es explicarle a quien no entiende de violencia estructural que tus derechos, todos, están menos garantizados que los del resto de la población; que tus características sumadas: niña, vieja, indígena, madre soltera, trans, migrante, pobre, divorciada, lesbiana, se traslapan como una marea profunda que te arrastra.

Ser mujer es ser madre y tener que tomar una pala para revolver la tierra buscando a tu hijo desaparecido mientras la gente, las instituciones, el gobierno, toman café con leche a sorbitos sentados en la sala de su casa.

La paz es consecuencia de la justicia sin impunidad, de la seguridad sin recovecos, de la equidad sin pretextos, del tejido social sin abandonos, de gobiernos sin ataduras, de instituciones sin mordazas, de adolescentes sin presentes ni futuros comprometidos. Y estamos muy lejos de lograrlo.

Mientras los derechos humanos no sean de todas, de cada una, seguirán siendo privilegios de unos cuantos. Y mientras eso pase, no importa cuánto discutamos, cuántos acuerdos firmemos, cuántos textos escribamos, no será posible hablar de paz en México.

Igual que la paz, los derechos humanos no pueden ser una aspiración, un techo que alcanzar. Son un piso del cual partir. Un piso que busca homologar, aunque sea un poco, las situaciones dispares y disparatadas en las que vivimos las mujeres en este país.

Mientras ser mujer en México siga implicando tener que ser valiente, cuidar de más, dormir de menos, buscar con palas y tener la sensación constante de vivir a la intemperie, hablar de paz será un grito en el vacío.

Así que no pidamos paz, sino justicia; no pidamos treguas, sino cero impunidad; no nos conformemos con silbatos, sino con seguridad; en lugar de defender el derecho a migrar, defendamos las condiciones para no tener que migrar. Y entonces, podremos hablar de paz. Y, si nos faltan razones, si hacerlo por ti o por mí no basta, pensemos en las que vienen o en las que ya no están.

* Ana Paula Hernández Romano es coordinadora del Diálogo Nacional por la Paz (@dialogopazmx).