Las mujeres que me criaron

Redacción Animal Político · 7 de marzo de 2025

Soy hija de Alicia Hoyo y nieta de Emma García de Alba. Esa, sin duda, es la línea principal de mi biografía. Pero sería una enorme omisión pensar que mi crianza sólo estuvo en manos de ellas, mujeres activas, con proyectos y sueños a los que no renunciaron —afortunadamente—. Ambas estuvieron acompañadas por hombres que no se involucraron en la formación de sus hijos, por lo menos no al mismo nivel que ellas. Cada una con su peculiar historia de pareja.

Entonces, tuve una madre trabajadora y un padre intermitente, una abuela que me educó —en el estricto sentido de la palabra— y un abuelo que me vio crecer. A los cuatro les agradezco por igual cada momento que estuvieron. Porque a estas alturas me queda claro que el acompañamiento a un niño es un acto deliberado y consciente, una constante toma de decisiones de estar o no estar.

A mis treinta y nueve años y con un hijo de seis, tengo una madre y un padre presentes y amorosos, una relación distinta a la de mi infancia, pero igual de nutritiva, especialmente para Nico, que disfruta esa etapa generosa y bondadosa de sus abuelos. Soy el resultado de esa combinación, pero también de otras mujeres que me cuidaron desde que nací. A ellas les escribo hoy.

Rosa, Yaya, Eusebia y Martha fueron mujeres que estuvieron detrás de las tareas domésticas y de la cocina, ese campo que fusiona lo laboral con lo familiar. Ellas me cuidaron en esos tiempos donde mi madre y mi abuela atendían también su vida. Me alimentaron con cariño, me cuidaron, me arrullaron, me arroparon, mientras, seguramente, tuvieron que dejar a sus hijos encargados con sus propias familias. Me vieron crecer y me enseñaron a ser niña y luego adolescente. Estuvieron allí para alimentarme, para enseñarme sus remedios y para consolarme. Estuvieron para que, a pesar de ser hija única, no fuera una niña sola.

El recuerdo de esas mujeres fuertes y cariñosas, compasivas y solidarias, se ha ido cimentando en mi narrativa personal con una inmensa gratitud. No se trataba sólo de un trabajo; se trataba de hacerme sentir querida y protegida. Ante eso, solo tengo cariño y reconocimiento, y hoy soy más consciente de su precariedad, de su estatus social y económico, y de la ausencia de cualquier tipo de privilegio en sus vidas. Aun así, en mi memoria solo se guardan recuerdos de una infancia rodeada de mujeres que me miraron y me cargaron.

Este 8M quiero recordarlas a ellas, agradecerles y, aunque ya no formen parte de mi cotidianidad por circunstancias de la vida, sí son parte de mí. Los recuerdos que tengo con ellas, con sus familias, en sus comunidades, son recuerdos formativos e ilustrativos, momentos en los que puedo decir que nunca me percaté de que no fuesen parte de mi familia.

Desde entonces y hasta ahora, me he convertido en una persona que encuentra su fortaleza cuando está con mujeres, cuando observo a mis tías, a mis amigas, a mis compañeras, a mi madre. Cada día estoy más convencida de que mi lugar seguro, ese donde siempre quiero estar, es donde estén las mujeres de mi vida, ya sea con el recuerdo de aquellas que ya no están o con el disfrute de las que ahora me acompañan. Y que me acompañan, también, en la crianza de mi hijo.

Ellas —visibles e invisibles, presentes y ausentes— son la raíz de lo que soy. Hoy, más que nunca, me resuena su legado. Gracias siempre.

Imagen del blog de Bárbara Hoyo, En la madre, elaborado por Jorge Penné.

@barbarahoyo