Mujeres mayores, las cuidadoras invisibles

Jorge Avila · 7 de mayo de 2026

 Mujeres mayores, las cuidadoras invisibles

Por Jocelyn Rodríguez Hernández

 

En México existe una figura silenciosa que sostiene hogares enteros sin salario, sin descanso y sin reconocimiento: las mujeres mayores.

Durante décadas, la discusión pública sobre las personas adultas mayores se ha concentrado casi exclusivamente en pensiones y apoyos gubernamentales. Sin embargo, poco se habla de que muchas mujeres de más de 60 años no están retiradas ni descansando: siguen cocinando, limpiando, acompañando, cuidando enfermos, criando nietos, apoyando económicamente a sus hijos e incluso sosteniendo redes comunitarias enteras.

Lejos de la imagen de dependencia con la que solemos imaginar la vejez, miles de mujeres mayores continúan siendo el último sostén del sistema de cuidados en México y lo hacen gratis. Hoy en día, muchas mujeres mayores ya no cuidan principalmente a niñas y niños, sino a sus esposos enfermos, a sus hijas e hijos adultos, a nietos adolescentes, a familiares con discapacidad, a personas mayores y, además, a ellas mismas. Sin embargo, las políticas públicas se siguen enfocando en el cuidado como si fuera una tarea exclusiva de mujeres jóvenes con hijos pequeños. Las mujeres mayores simplemente no aparecen en el diseño institucional del Sistema Nacional de Cuidados.

Este vacío es grave, porque mientras el Estado debate pensiones, asilos o servicios médicos, ignora que una parte fundamental del cuidado cotidiano del país está siendo sostenida por mujeres que ya deberían estar viviendo otra etapa de su vida.

La injusticia empieza desde la infancia

Las historias de vida de siete mujeres mayores de la Ciudad de México y del área metropolitana entrevistadas para este texto muestran un patrón claro: la mayoría comenzó a cuidar entre los 8 y los 13 años. Algunas dejaron la escuela para hacerse cargo de hermanos menores; otras cuidaron a padres enfermos; varias nunca pudieron acceder a un empleo remunerado y su trabajo más común fue el de empleadas domésticas, o incluso pasaron toda su vida realizando trabajo doméstico y de cuidados sin salario o en condiciones precarias.

Es decir, no solo cuidaron en la vejez. Han cuidado siempre. Y esa trayectoria tiene consecuencias acumuladas: menor escolaridad, menor ingreso propio, menor acceso a seguridad social y mayor dependencia económica.

La vejez y el trabajo no pagado

Contrario a la idea extendida de que las personas mayores dejan de trabajar, las mujeres entrevistadas continúan realizando múltiples actividades: limpian sus hogares, preparan alimentos, cuidan familiares enfermos, están al pendiente de sus nietos, realizan compras y trámites, venden en los tianguis, comercializan productos reciclados, tejen o producen artesanías y apoyan económicamente a sus familias, entre otras cosas.

Cinco de las siete entrevistadas siguen generando ingresos por cuenta propia. Esto desmonta uno de los estereotipos más persistentes sobre la vejez, entendida únicamente como una etapa de vulnerabilidad. Las mujeres mayores no solo no están retiradas, sino que siguen sosteniendo economías propias y familiares.

Olvidadas por las estadísticas

La principal fuente oficial para medir el trabajo no remunerado en México es la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT), pero esta herramienta sigue siendo insuficiente para comprender la realidad de las mujeres mayores cuidadoras.

Se miden horas, pero se dejan de lado las trayectorias de vida, las condiciones emocionales, los deseos personales, los niveles de autonomía, las experiencias de violencia y el desgaste físico y emocional. Sin información sobre ellas, no es posible generar políticas públicas que las contemplen y, mientras tanto, la desigualdad continúa trascendiendo generaciones.

El trabajo de cuidados y su relación con la desigualdad

Muchas de las mujeres entrevistadas cuentan con la pensión para personas adultas mayores; algunas complementan ingresos vendiendo ropa de segunda mano en los tianguis, reciclando residuos y, ocasionalmente, reciben apoyos económicos de sus hijos. En otros casos, continúan apoyando económicamente a sus propias familias.

Al mismo tiempo, algunas no cuentan con servicios de salud cercanos; otras prefieren no utilizarlos por la mala atención que reciben, y también hay quienes no están afiliadas. Esto muestra que el trabajo de cuidados no remunerado también puede ser una forma de precarización, ya que quien cuida sin salario, sin seguridad social y sin reconocimiento institucional termina pagando el costo con su propio bienestar.

Normalización de la violencia

Otro hallazgo importante es que varias entrevistadas han vivido conflictos familiares, maltrato o relaciones desiguales, pero no los perciben como violencia. Esto no significa que no exista violencia, sino que ha sido normalizada durante décadas.

Las generaciones actuales de mujeres mayores crecieron en contextos donde el sacrificio era considerado una obligación moral de género. Y muchas siguen interpretando su experiencia desde ese marco cultural. Por eso, hablar de cuidados también implica hablar de salud emocional, autonomía y derechos.

Próximas políticas de cuidados

En México se discute la creación de un Sistema Nacional de Cuidados que contempla como poblaciones objetivo a las mujeres de edad mediana por sus necesidades como trabajadoras y madres, así como a la población adulta mayor como personas que requieren cuidados, pero no como personas que los proporcionan.

Contar con un sistema de cuidados es una oportunidad histórica, pero si ese sistema no incorpora desde ahora a las mujeres mayores como cuidadoras, repetirá el mismo error de siempre: invisibilizarlas y desvalorizarlas.

Las políticas públicas suelen ver a las personas mayores como receptoras de cuidado, no como proveedoras. Sin embargo, miles de hogares funcionan gracias a ellas y reconocerlo es una necesidad estructural.

Las abuelas no están descansando

Uno de los hallazgos más claros de esta investigación es también el más revelador: las mujeres mayores siguen trabajando, cuidando y sosteniendo a sus familias. Y muchas lo seguirán haciendo mientras su salud lo permita; ese es su deseo más grande: seguir cuidando.

La idea de que la vejez es una etapa de descanso no aplica para ellas. Aplica, en todo caso, para quienes tuvieron la posibilidad de cotizar, jubilarse y acceder a redes institucionales de protección.

Para muchas mujeres mexicanas, la vejez sigue siendo una extensión del trabajo doméstico, solo que con menos fuerza física, con desprotección y con más riesgos.

Reconocerlas es una tarea urgente

Si México quiere construir un verdadero sistema integral de cuidados, debe empezar por mirar a quienes ya lo sostienen. Eso implica medir sus trabajos de cuidados y sus empleos informales; visibilizar sus trayectorias; escuchar sus necesidades; reconocer sus derechos e informarles sobre ellos; investigar quiénes se benefician de sus labores diarias y cuál es la relación que mantienen con ellas; además de diseñar políticas públicas que las incluyan.

Porque mientras el país discute quién debe cuidar en el futuro, hay mujeres mayores que llevan toda su vida haciéndolo sin remuneración, sin visibilización y en condiciones precarias.