blogeditor · 14 de agosto de 2015
Por: Christian Aurora Mendoza Galán
Según el censo de 2010 del INEGI, en el país existen más de 15 millones de personas que se identifican como indígenas y que hablan 68 familias lingüísticas con más de 350 variantes; el mismo año, el Informe sobre desarrollo humano de los pueblos indígenas[1] en México del PNUD muestra que estos índices son más bajos en esta población en comparación con la no indígena.
Como en lo demás, las mujeres son la mitad de todo. Según estas cifras, se calcula en más de 8 millones a las habitantes indígenas que en estos contextos padecen fuertes problemáticas en las que se entretejen múltiples discriminaciones.
Aunque es muy difícil tener datos certeros porque no hay una cultura de la desagregación de información por adscripción étnica y de género, se sabe que los índices de mortalidad materna[2] y las tasas de analfabetismo[3] siguen siendo mayores entre las mujeres indígenas, que están subrepresentadas en distintas estructuras de toma de decisiones y que viven tipos particulares de violencia que siguen sin documentarse.
Es evidente que bajo estas condiciones las posibilidades de ejercer derechos fundamentales son mínimas y que por tanto son necesarios cambios estructurales para revertir estas situaciones.
Con esta convicción, las mujeres como parte del movimiento indígena han recorrido un largo camino por el reconocimiento de la pluriculturalidad del país, con el propósito de sacar de la invisibilidad a la población indígena ignorada de muchas maneras desde la estructura estatal. Gracias a ello, actualmente se considera a los Pueblos Indígenas como sujetos de derecho colectivo con libre determinación para regirse por sus propias instituciones dentro de sus territorios. Para hombres y mujeres indígenas, estos derechos son indispensables para la sobrevivencia de sus pueblos, reivindicando así el derecho a ser culturalmente distintos.
Un hito en esta historia fue la reforma en materia indígena de 2001. Durante los debates de dicha reforma, la Comandanta Esther habló frente al Congreso de la Unión y describió cómo las discriminaciones étnicas provocan la ausencia de servicios básicos, y cómo las mujeres viven los efectos de esta situación de manera diferente a los hombres, sufriendo muchos tipos de violencia.
Así interpeló a toda la nación desde la tribuna de San Lázaro, y desde su identidad como mujer indígena, expresó:
“Nosotras además de mujeres somos indígenas y así no estamos reconocidas –en la Constitución- (…) por eso queremos que se apruebe la Ley de derechos y cultura indígena (…) para que seamos reconocidas y respetadas como mujer e indígena que somos”.
Esta exigencia reflejó que los componentes étnicos y de género están unidos en la conformación de la identidad de las mujeres indígenas, cuestionando desde ahí su situación subordinada como parte de un país y de una comunidad, e interpelando con ello al racismo y sexismo estructural que permea a las sociedades.
En el marco de la conmemoración del Día Internacional de los Pueblos Indígenas se vuelve necesario resaltar que las mujeres han tenido decisivas contribuciones dentro de movimientos tan importantes como el zapatismo, y han desarrollado un protagonismo cada vez mayor en el movimiento internacional que avanza la agenda de derechos indígenas, participando en un sinnúmero de mecanismos como en el reciente Periodo de Sesiones de expertos sobre Derechos de los Pueblos Indígenas, realizado durante julio en Ginebra, Suiza.

De manera simultánea a este trabajo organizativo, buscan desde adentro cambiar las prácticas discriminatorias de género que las marginan y violentan en sus pueblos. En términos de derechos humanos, han sido particularmente activas en insistir en la interdependencia de los derechos de los pueblos indígenas con los derechos de las mujeres, argumentando cómo la autonomía de sus territorios indígenas es indispensable para ejercer a plenitud sus derechos como mujeres; y cómo la garantía de los derechos de las mujeres es imprescindible para robustecer la vida y la defensa de los pueblos indígenas.
Esta ha sido la perspectiva que ha aglutinado procesos organizativos de mujeres indígenas que, superando todas las barreras estructurales, se ven a sí mismas como actoras de cambio.
Quizá el mayor aprendizaje que las compañeras indígenas han dejado a las feministas es que México es un país culturalmente diverso y que no puede avanzar ignorando esta realidad. Quizá el mayor aprendizaje que las mujeres indígenas han heredado a sus compañeros hombres es que no es posible lograr la libre determinación de los pueblos sin la participación y el ejercicio pleno de sus derechos como mujeres indígenas.
* Christian Aurora Mendoza Galán es investigadora del Instituto de Liderazgo de Beauvoir (@ISBeauvoir)
[1] El índice de desarrollo humano (IDH) es un indicador de logro propuesto por el PNUD como una medida aproximada de la libertad de las personas para poder elegir entre diferentes opciones de vida. Se compone de tres dimensiones: una vida larga y saludable, educación y un nivel de vida digno.
[2] Según datos del Observatorio de Mortalidad Materna en México, el mayor porcentaje de mortalidad materna se concentra en mujeres hablantes de lengua indígena en cinco entidades federativas: Oaxaca, Guerrero, Chihuahua, Yucatán y Chiapas.
[3] Según datos del Censo INEGI 2010, la tasa de analfabetismo para mujeres indígenas es de 34.4 %, mientras que para los hombres es de 19.8%