Maricela Rosales · 30 de mayo de 2011
Carlota es amiga mía desde la primaria. Siempre se destacó por ser una persona seria desde pequeña, modosita y estudiosa. Carlota terminó su carrera como química bióloga en una escuela privada de la Ciudad de México, es de ésas amigas a las que jamás pude sonsacar para irnos de “reven” y mucho menos después de casarse, dedicada a su hogar y a su esposo. Como es común ya terminó divorciándose y desilusionada de los hombres y sobre todo de haber desperdiciado su juventud sin un ápice de diversión.
Poco después de su divorcio y de extensas pláticas para retomar su vida de soltera, mi amiga Carlota aceptó salir a explorar nuevos lugares y darse la oportunidad de conocer a nuevas personas, no sin antes renovar su “muy conservador” guardarropa.
Y así fue como Carlota decidió vestirse un poco más provocativa de lo acostumbrado y ponerse una linda y coquetísima minifalda. ¿Cómo te sientes? Le pregunté mientras ella se miraba al espejo. –¡Deliciosa! – exclamó. Me siento con mucho más energía, más viva, me siento de nuevo joven.
Así salimos a dar una vuelta por algunos bares de la Condesa, en donde notablemente se le veía emocionada y por demás sonriente, lo que un principio me pareció bastante bueno. Al poco rato, sin embargo, empecé a pensar que todo aquello no era del todo…razonable. Ella era siempre tan tímida y ahora estaba convertida en toda una fiera. Reía, coqueteaba y si algún galán se nos acercaba no dudaba en contar algún chiste, que incluso me parecía bastante bueno.
Yo estaba desconcertada. Me había dejado llevar por la emoción de ver a mi amiga tan dispuesta a la diversión que no se había ocurrido poner en entredicho lo que estaba pasando.
Tras dejar por un momento a los tres o cuatro galanes que ya la rodeaban para entonces, le pedí me acompañara al baño y ahí le cuestioné si estaba bien, por supuesto también preocupada porque ella no estaba acostumbrada a tomar alcohol y, aunque por ese lado el consumo había sido moderado, yo pensé que era el factor de tanta algarabía.
“Estoy perfectamente bien, es la enfermedad de la minifalda”, me contestó.
No tarde nada en soltar la carcajada ¿La enfermedad de la minifalda? –repetí, sin comprender, era la primera vez que oía aquello–.
–Si, verás, toda mi vida me vi dispuesta a complacer a mis padres y lograr lo que ellos tanto deseaban de mí, buenas calificaciones, una carrera, un buen trabajo, un buen marido, siempre, siempre complaciendo y aceptando todo aquello previamente aprobado por ellos–. –Mis gustos en realidad no eran mis gustos, mi ropa dictada por los estándares que primero a mis padres y después a mi novio, que pasó a ser mi esposo, les pareciera bien–. –Y hasta hoy y una vez que pude verme en esta prenda tan sencilla de ropa y darme cuenta que tengo unas piernas bonitas me siento por primera vez libre–.
–Nunca me había sentido tan viva, tan animada, me he divertido y créeme que no he perdido nada que tenga que ver con el hecho de saber cuando una cosa va demasiado lejos y deja de ser buena o conveniente para mí–.
Tragó saliva, pues todo esto me lo dijo casi sin un respiro y llena de emoción, diría yo que hasta babeante, y entonces continúo:
–Mientras avanzaba la noche, esta enfermedad se ha apoderado de todo mi ser. He sufrido un cambio cerebral, créeme que así es, es una enfermedad y no quiero curarme. Estoy feliz–.
Me tomó del brazo y se encaminó hacia la barra y a los chicos entusiasmados que ya la esperaban para seguir conversando y seguramente con la idea de obtener el teléfono de esa chica tan chispeante.
Y por una minifalda ahora Carlota disfruta de una desinhibición y liberación de pensamiento sin nada que amenace el control de sí misma.
Por una minifalda, alberga la esperanza de vivir, reanimada así, y rejuvenecida.
POSDATA
A mi regreso y después de dejar a Carlota en su casa, recordé todo el escándalo que se ha formado por la iniciativa para la prohibición del uso de tal prenda en Navolato, Sinaloa.
Recordé entonces que una vez alguien me explicó que el sentido del cuerpo y, por tanto el estado de ánimo, se determinaba en gran medida por la percepción de nosotros mismo con el entorno.
Increíble que una prenda de ropa tan sexy como la minifalda cause un efecto de este tipo, pero mas increíble que pueda pasar por la cabeza de alguien prohibir tal libertad.
Llegué a mi casa, me senté en mi sofá, asentí, mientras una sonrisita chueca me afloraba en los labios y después me puse a escuchar a Ennio Morricone, que siempre me recuerda, que cuando la vida se vive libremente sin censura, se vive mejor.