Mujeres de armas tomar

blogeditor · 6 de mayo de 2011

Mujeres de armas tomar

“The army is the supreme symbol of duty,
and as long as women are not equal to men in
performing this duty, they have not yet obtain true
equality. If the daughters of Israel are absent from
the army, then the character of the Yishuv (Jewish
community in Israel) will be distorted.”

David Ben Gurion.

El otro día un conocido de toda la vida me dijo que con los años me había convertido en un hermoso ejemplar de máquina asesina. ¡Vaya!, le respondí, ¡estás agudísimo con la reproducción de clichés! A los agentes del Mossad les encanta llamarnos máquinas asesinas; cuestión que en lo particular, ni me ofende, ni me enorgullece. Luego de años, puedo sostener sin temor a equivocarme que la vida militar y en particular la vida de los agentes de los servicios de inteligencia del mundo no tienen nada que ver con las chicas Bond. Y ser o no una máquina asesina, saber que se tiene la posibilidad de matar, saber cómo hacerlo y probablemente hacerlo porque es parte de un trabajo, no vuelve ni peor, ni mejor mujer; ni peor o mejor persona.

Aunque el cliché lucrativo que Hollywood ha reforzado sobre la profesión militar en el sector femenino, más aún en los servicios secretos, no deja de sustentarse en el prejuicio culturalmente asimilado de que lo femenino contrapone a la violencia.

Cabría aclara que todos, más allá de nuestra biología, podemos reproducir violencia, y que la violencia nos es inherente como mecanismo de defensa, transgredimos las normas para proteger nuestros temores y a menos que exista una patología de conducta seria donde infringir violencia nos produzca placer, al final del día si grito, vocifero, golpeo o ametrallo estaré tratando de protegerme cuan animal asustado y herido que no dejaré nunca de ser. Transgresoras podemos ser todas, está en cada una la posibilidad de poder infringir dolor, miedo, angustia, terror, humillación y violencia de la misma manera que un hombre.

Culturalmente se sostiene por naturaleza las mujeres tendemos a la paz, que somos seres débiles, incapaces de infringir daño y necesitadas de protección. Sin embargo empezamos desde hace varias décadas a ver cómo se da la integración femenina en algunas áreas a las que supuestamente por biología y decoro social las mujeres no podían acceder, esos bastiones primordialmente masculinos como lo son los campos: militares, políticos, fuerzas de seguridad pública e incluso en el terrorismo y el crimen organizado.

Las mujeres que de una u otra manera ejercen violencia pueden considerarse doblemente transgresoras: de la sociedad al contravenir las normas morales que prohíben el ejercicio injustificado de la violencia y de su género al salir del rol que culturalmente se le ha asignado.

El caso más claro lo vemos en las instancias de impartición de justicia, donde las mujeres que comente delitos son llevadas a juicio con un perfil cuasi satanizado por haber cometido esa doble transgresión, donde su defensa tiene que procurar que se le reconozca, al menos discursivamente, re-dibujando su imagen como un ser amenazado, débil y agredido que fue empujado a la violencia por las circunstancias, que buscará ser reinsertado socialmente en su condición femenina normal. Es decir, de la doble norma, las mujeres cuando cometen un crimen fallan dos veces, como criminales y como mujeres.

¿Qué ocurre con las mujeres que infringen violencia dentro de un marco socialmente legitimado, institucionalizado y estatalmente legalizado?

Es ahí donde entra el dilema, la coexistencia entre elementos de tensión ya sean reales o ficticios. El vínculo entre la idea de lo femenino y la teoría de la paz lo podemos remontar dentro de la filosofía política a principios del siglo XX, cuando Gandhi aseveraba que la natural tendencia femenina hacia el sacrificio y el servicio lograba con el principio de la no-violencia (ahisma) una simbiosis dada, asumiendo que además el futuro sería de las mujeres si la no violencia fuera la ley que nos guiara, es pues, don femenino el enseñar el arte de la paz en un mundo belicoso.

Muchos estudios posteriores que se hicieron dentro del feminismo fueron apegados a la visión gandhiana, sin embargo, es sabido que no puede presumirse una versión tan homogénea donde corresponde a lo femenino tender hacia la paz y la resolución de conflictos, mientras lo masculino busca la procuración de justicia por medio del sometimiento y la violencia.

Los espacios ganados por las mujeres con relación a la violencia, institucionalizada o no, son cada vez mayores dentro de los bastiones inminentemente masculinos y no por eso el mundo se ha vuelto menos violento, ni lo modelos androcentristas dominantes en ciertos núcleos profesionales han variado, pensemos en el ejército. En el ámbito militar, podemos hablar de modelos de masculinidad subordinadas a una masculinidad hegemónica y androcentrista, pero no podemos hablar de una sola masculinidad.

El escarpado camino hacia las armas.

Los mencionados estereotipos que contraponen lo femenino y violencia han permitido que a las mujeres se les mantengan a cierta distancia de la vida castrense, muchos de los menesteres bélicos permanecen vedados para nosotras en sinnúmero de Estados, si no del todo, los reglamentos establecen con claridad en qué actividades podemos desarrollarnos y hasta qué grados podemos ascender. Cabe destacar que no en todos los países, hay ejemplos como Israel y Estados Unidos donde a las mujeres se les permite llegar a ser generales de división, rango de armas y estando en activo.

Históricamente las narraciones cuentan de sinfín de mujeres que durante la antigüedad y el medioevo llegaron a dirigir ejércitos, existen incluso hallazgos y restos que lo corroboran; asimismo se distingue que la decadencia de la asociación entre lo femenino y la actividad militar comienza alrededor del siglo XVIII y se extiende hasta la culminación de las guerras napoleónicas, como en otras tantas cosas, la moral victoriana tuvo mucho que ver, porque ya para el siglo XIX la exclusión de las mujeres de la vida militar fue inminente, que a la par es cuando se constituyen formalmente muchos Estados-Nación, que adoptan la idea democrática y con ello se “moderniza” la institución militar.

No es hasta la segunda mitad del siglo XIX e inicios del siglo XX que las potencias europeas integraron a sus filas los cuerpos permanentes de enfermeras, y con eso, buscaban integrar al sector femenino dentro de la “normalización” que la moral imperante dictaba. El “primer batallón femenino de la muerte” que así se llamaba, fue una unidad de combate rusa que estaba compuesto en su totalidad de efectivos femeninos realizando acciones en el frente durante la fracasada ofensiva de junio de 1917.

Para la época de las dos grandes guerras, se reclutaron una gran cantidad de mujeres para labores de asistencia, una increíble cantidad de voluntarias fueron enviadas al frente. Gran Bretaña, por ejemplo, en el momento más álgido de la movilización llegó a tener un 12% de personal femenino; Alemania siempre fue algo más conservadora en cuanto a aceptar mujeres en el frente y aún así llegaron a integrar a 450 000 mujeres sus fuerzas armadas. Estados Unidos cerca de 350 000 y Francia al llegar su derrota en 1940 apenas había empezado a incorporar cuerpos de voluntarias.

Aunque las guerras fueron en mucho el parte aguas que permitió a las mujeres acceder al sector laboral, en Estados Unidos las campañas propagandísticas para que las mujeres se integraran a la industria armamentista fueron tan destacadas como descaradas: “tan fácil manejar una grúa, como embobinar un alambre o tejer crochet.” El problema vino en tiempos de paz, cuando acabada la necesidad de armamento hubo que volverlas a casa a seguir tejiendo crochet y ya no quisieron.

Hasta aquí resulta pertinente hacer una crítica, integrar efectivos femenino en tiempos de guerra es particularmente una estrategia, no sólo por la cantidad de servicio y asistencia que pueden ofrecer las mujeres voluntarias; sino que también es un recurso muy utilizado, incluso en nuestros tiempos, para avergonzar a los hombres y así lograr mayores índices de reclutamiento masculino, ahora lo vemos de manera cotidiana y como una de las razones por las que se permiten cada vez y con mayor frecuencia los ataques terroristas suicidas femeninos.

Las décadas posteriores están marcadas por ganar espacios para las mujeres en las áreas productivas, la vida castrense no queda exenta de entrar en el debate, como muchos la llaman el último bastión de la masculinidad entró en la discusión, las Lulús tocaban la puerta del más grande Club de Tobi.

Pero las últimas tres décadas vienen marcadas por un cambio fundamental no sólo en la manera de “hacer guerra”, la tecnología ha tenido una fuerte repercusión en el terreno militar, los llamados “conflictos de cuarta generación” vienen caracterizados por una importante ventaja tecnológica y formas de lucha no convencionales: insurgencia y terrorismo, enfrentamientos asimétricos donde las distinciones entre paz y guerra antes conocida enfrentan la necesidad de replantearse constantemente. Y no es hasta este  espacio y tiempo es que las mujeres han logrado socavar un lugar permanente en los ejércitos, la tecnología fue benigna con las mujeres que han querido integrarse a la vida militar, les ha permitido ganar un espacio que antes no podían siquiera imaginarse. Aunque como en todo, cuando se trata de espacios para mujeres, no es sólo hablar del qué sino del cómo, cuándo, dónde y porqué; los roles de servicio y asistencia incluyen mujeres desde hace años, pero en los roles de combate apenas empiezan a figurar.

No sé si llamar a estos tiempos de paz, pero por lo menos sí tiempos de no-guerras a gran escala, en lo que no hay un solo ejército en el mundo que tenga en estadísticas igualdad de reclutas hombres que mujeres, a excepción de Israel donde el servicio militar es obligatorio para ambos sexos; en el resto del mundo las mujeres que se integran al ejército es por voluntariado.

Y a la crítica que hacían acerca de que las mujeres relajarían por su condición femenina las formas militares, la respuesta que han dado los años es que era totalmente un prejuicio falso, porque la inclusión de mujeres no ha logrado relajar la disciplina militar, como muchos temían; así como tampoco el impacto de su incursión en las fuerzas armadas ha logrado que el mundo sea menos beligerante, como otros esperaban.

A continuación algunos datos sobre porcentajes de efectivos femeninos en las fuerzas armadas de los países según la OTAN en el año 2007; me interesó ofrecer este año en particular porque a continuación muestro algunos datos sobre México y sus mujeres en las fuerzas armadas, siendo el año 2007 uno muy importante para la vida castrense de los efectivos femeninos mexicanos.

País Porcentaje
Alemania 7.5
Hungría 17.3
Bélgica 8.3
Italia 2.6
Bulgaria 6.0
Letonia 23.0
Canadá 17.3
Lituania 12.0
Dinamarca 5.4
Luxemburgo 5.7
Eslovaquia 8.7
Noruega 9.1
Eslovenia 15.3
Países Bajos 9.0
España 12.0
Polonia 1.0
Estados Unidos 14.4
Portugal 13.0
Francia 14.0
República Checa 12.2
Gran Bretaña 9.3
Rumania 6.4
Grecia 5.6
Turquía 3.1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Datos del año 2006 Fuentes: NATO (2001-2006 y 2007b); US Deparment of Defense (2007)

¿Y si Adelita ascendiera a general?

Si quisieramos hablar de mujeres y armas en México, la historia oficial está plagada de historias sobre mujeres valientes, soldaderas y adelitas. Aunque con apego a la verdad, institucionalmente las mexicanas no accedieron a las fuerzas armadas sino hasta 1938, cuando se crea la Escuela Militar de Enfermeras.

Y no se da una nueva ampliación hasta 1973 cuando se les permitió el ingreso a la Escuela Médico Militar. En 1976 se crea la Escuela Militar de Odontología que desde su apertura admite aspirantes de ambos sexos y no es hasta 2007 cuando el resto de las escuelas de la Universidad del Ejército y Fuerza Aérea, el Heroico Colegio Militar, la Escuela de Ingenieros, la de Transmisiones y el Colegio del Aire les abren sus puertas; pero esto quiere decir que se les abrieron las puertas para ser ingenieros constructores o pilotos aviadores únicamente y quedaron excluidas del resto de las armas: infantería, artillería o caballería.

El Ejército está dividido por tres clases de militares: de arma, de servicio y auxiliares. Las mujeres ants de 2007 sólo podían acceder y ascender en las carreras servicios, aunque hacían labores de armas cuando estaban en el cuartel o eran jefas de vigilancia.

Para lograr que se les ascienda y reconozca su labor en activo ha sido un camino largo y escarpado. Según algunos datos la primer mayor fue Guillermina Tejada (1959), la primer teniente coronel fue Estela García y Martínez (1979); la primer coronel (1986), posteriormente primer general brigadier (1991) y luego primer general  de brigada (2002) fue María Eugenia Gómez López, sólo seguida por: María Norma Esquivel (2002) y Nelly Balderas Olguín (2003).

Aunque todos estos grados superiores fueron otorgados para efectos de retiro y no requieren de la ratificación de la Presidencia de la República. Hasta esa fecha sólo había dos generales brigadier en activo y que habían podido ascender a los grados superiores haciendo carrera militar en las oficinas.

Me preguntaba al hacer revisión de todos estos datos, qué tan necesario, qué tan pertienente y qué tan oportunista fue ampliar la convocatoria para tener un mayor número de efectivos, y de efectivos femeninos en las fuerzas armadas del país, justo en el sexenio que se ha apoyado tanto del Ejército Mexicano, porque no hay que perder de vista que para las mexicanas ni todas las armas, ni todas las especialidades de guerra y no podrán llegar a general de división.

Ahí le encargo que haga sus propias conclusiones…