Muerte y duelo en tiempos del virus: una guía breve

blogeditor · 17 de mayo de 2020

Muerte y duelo en tiempos del virus: una guía breve

El máximo esfuerzo de la vida consiste

en no habituarse a la muerte”.

El libro contra la muerte, Elías Canetti

 

No hay destino más trágico que conocerse mortal. No hay destino más libertario que el conocerse mortal. La muerte implica confusión. Ningún ser humano está preparado para ella. No entenderemos, y posiblemente, jamás lo hagamos, esa inspiradora dualidad metafísica: vida y muerte.

En los animales el instinto de una muerte inminente, durante la agonía, los lleva a sumirse en aislamiento, como en un intento de recuperar la individuación primera, regresar al origen, al vacío que los concibió.

En los humanos es distinto. Abrazamos la certeza de nuestro destino finito un par de veces en la vida, y no siempre con el mismo grado de conciencia ni de certeza emocional, generalmente distraídos con la banalidad de los días: en los funerales de extraños, conocidos y familiares; en las tragedias colectivas mediatizadas hasta la fatiga morbosa; con la muerte de un personaje en un libro o una película; en la fantasía de nuestra propia muerte, a veces solo por mero entretenimiento en una tarde de domingo.

El pensamiento occidental pondera un sistema de valores relacionados con lo material, la belleza y la juventud. Tabú entonces, la muerte es impronunciable. Nunca abandonamos el plano abstracto, la muerte nunca se materializa, y si lo hace, ya es demasiado tarde.

En tiempos de una nueva peste (pandemia, utilizando su sucedáneo lingüístico más vigente), es patente la reducción fría y deliberada de representar a la muerte en términos concretos y maleables para el hombre: cifras de decesos, números que crecen o decrecen con los días y graficados en coloridas diapositivas de Power Point, certificados de defunción con un folio y dos o tres diagnósticos como causa de muerte.

Asistimos a los titulares de las noticias y conferencias de prensa hablando de miles de muertes por un virus que se resiste a la certeza racional de la ciencia médica. Olvidamos, por un momento, que esos números cuentan con una historia llena de sufrimiento, no solo durante el proceso de la enfermedad del difunto, sino de los vivos, los que mantienen encendido su recuerdo y ausencia, un dolor descarnado.

El duelo (luto y dolor, como sinónimos) surge como una reacción psicológica ante la pérdida de alguien o algo significativo para nosotros. Entre seres mortales, porque humanos somos, e irrecusablemente todos los humanos son mortales, asistiremos a incalculables duelos durante nuestra existencia. Perderemos también objetos o condiciones que apreciábamos en demasía (véase la reacción social ante las medidas de confinamiento estricto).

La incertidumbre del final nos aprisiona. El imaginar a los seres que más amamos muertos nos deja helados, en una angustia asfixiante. Pasa lo mismo cuando asistimos a la notificación de que padecemos alguna enfermedad incurable, y de pronto el dolor agónico es el único escenario que podemos visualizar.

Existen varios modelos evolutivos del duelo. El más popular es el de Elisabeth Kübler Ross (1969), quien concibió al duelo como una serie de reacciones emocionales ante una pérdida significativa. Actualmente su validez científica es dudosa, incluso algunos se han atrevido a pronunciar su inutilidad ante los rigurosos análisis estadísticos. Sin embargo, los trabajos ulteriores realizados sobre este fenómeno se fundamentan en las investigaciones pioneras de esta psiquiatra suiza-estadounidense.

Las fases de duelo de Kübler Ross, como lo aclararía más adelante la autora, pueden no presentarse de forma ordenada ni completa, o bien, no manifestarse en algunos individuos con una intensidad ni suficiencia necesaria para su identificación sintomática.

El duelo es una reacción esperada y natural, en la mayoría de las ocasiones no se prolonga como una patología, se presentará de diversas formas (en relación a los recursos psicológicos de cada individuo), por lo que debemos aprender a sobrellevarlo de la mejor forma. Y aunque los sistemas de clasificaciones estadísticos de padecimientos mentales dan una “tentativa” de temporalidad de hasta seis meses, esta variable también está sujeta a la subjetividad y el marco sociocultural del individuo.

Las dificultades que entrañan el contexto actual, el del alto nivel de contagiosidad del SARS-COV2 (COVID-19) primordialmente, modifica drásticamente el ritual clásico del duelo, lo que conlleva a un mayor riesgo de complicaciones, el denominado “duelo patológico o complicado”.

Una vez ingresado el paciente a una unidad hospitalaria, este queda restricto a un aislamiento definitivo hasta su resolución. En las mejores de las ocasiones puede comunicarse a través de una videollamada o llamada telefónica, dependiendo de su situación clínica y las características del hospital. En la mayoría de los casos la familia solo puede conformarse con los informes diarios de salud que un médic realiza a distancia. En otros casos, los peores, cuando las complicaciones son muy severas y el desenlace mortal, los seres queridos del difunto se pierden de la necesaria y progresiva “despedida” durante la agonía.

Luego viene la desgarradora notificación, también, por vía telefónica. Hay una terrible sensación de confusión e ira en los familiares: “ingresé a mi paciente vivo, caminaba aún, se encontraba un poco mal, y ahora está muerto (…) no pude verlo, no pude abrazarlo, no me pude despedir”. Ese enfrentamiento crudo de la nueva realidad puede patologizar rápidamente el duelo.

Los lineamientos emitidos por la Secretaría de Salud para el manejo de cadáveres por COVID-19 (SARS-COV2) contempla una solución a las dificultades descritas con antelación. En uno de los puntos de este documento, se recomienda permitir el acceso a familiares y amigos a la morgue, restringiéndolo a un número prudente (los más cercanos), y portando siempre el equipo de protección personal necesario, sin contacto físico con el cadáver.

Desde el punto de vista psicológico esta recomendación permite una elaboración del duelo más cercana a lo “saludable”. Abunda la literatura sobre los efectos catastróficos en el estado emocional de familiares de personas desaparecidas, duelos no resueltos que se prolongan indefinidamente.

El luto es un ritual al que, difícilmente, podemos renunciar. Se encuentra inscrito en nuestra visión del mundo y sus fenómenos. El contacto físico, la percepción de la materialidad y la ausencia de la tibieza del cuerpo nos resigna a la finitud del ser amado.

Es necesario educar (y educarnos) sobre la naturaleza y los alcances del duelo. De vital importancia resulta identificar cuando las reacciones psicológicas ante la muerte (o la propia enfermedad) superan nuestros recursos internos, y nos llevan a una condición mental insana y destructiva. La principal complicación es la depresión, sin embargo, puede evolucionar a un trastorno de estrés postraumático, y en algunas ocasiones, al suicidio.

Consejos para el manejo del duelo

Las complicaciones pueden evitarse si se conocen los factores de riesgo, las formas de abordar la situación trágica y algunos de los recursos que se disponen en las instituciones de salud para el apoyo emocional de los deudos. La orientación puede ser proporcionada por las trabajadoras sociales de los hospitales y el personal sanitario.

Concluyamos: el duelo es una respuesta normal a la pérdida, y todos, en menor o mayor grado, necesitamos el apoyo de nuestros seres queridos y expertos en salud mental para procesarlo correctamente, dignificar nuestro dolor. No estamos solos.

* Carlos Armando Herrera Huerta es residente de tercer año de psiquiatría. Centro Médico Nacional Siglo XXI. Miembro activo de la Asamblea Nacional de Médicos Residentes, Comité Interinstitucional. Contacto: Correo: [email protected]. Facebook/armandopowers.

 

 

 

Bibliografía:

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Lucero, María José. (2019). Dimensión emocional y política de las desapariciones en contextos de violencia. Cuicuilco. Revista de ciencias antropológicas, 26(74), 211-216.

Chacón López-Muñiz, J.I, Martínez-Barbeito, M.B, González Barboteo, J. . (2007). El duelo complicado. 15/05/2020, de Hospital Virgen de la Salud. Toledo. Disponible aquí.