Decidir sobre la muerte acompañada: la voluntad anticipada más allá del notariado

Redacción Animal Político · 5 de noviembre de 2025

Decidir sobre la muerte acompañada: la voluntad anticipada más allá del notariado

La pregunta que incomoda

En México la muerte aún se considera un tabú. Sin embargo, decidir sobre nuestro final es un acto de libertad y de cuidado de sí mismas. Desde hace 17 años, la legislación reconoce la voluntad anticipada como el instrumento que permite dejar constancia de los deseos sobre tratamientos, cuidados y acompañamiento. No obstante, entre la norma y su ejecución existe un abismo, particularmente para las mujeres.

La pregunta que nos inquieta es: ¿quién debe acompañarnos cuando decidimos sobre nuestro final? Responder exige ir más allá de los protocolos notariales y las formalidades jurídicas, pues concebimos ese acompañamiento como una tarea ética, interdisciplinaria y humana. Reconocemos que decidir no es un acto aislado: las mujeres decidimos desde relaciones, vínculos y condiciones que no siempre nos favorecen.

Decidir es cuidar: la autonomía relacional

La bioética clásica entendía la autonomía como independencia, pero las corrientes feministas (desde Jennifer Nedelsky, Catriona Mackenzie y Natalie Stoljar, hasta autoras latinoamericanas como María Graciela de Ortúzar y Cintia Rodríguez Garat) cuestionan esa visión individualista. De ahí surge el concepto de autonomía relacional que reinterpreta la libertad: decidimos desde vínculos, afectos, dependencias y redes sociales. Mackenzie y Stoljar la define como una práctica situada que exige condiciones materiales, simbólicas y relacionales.

El texto “Apuntes feministas para la construcción de una bioética latinoamericana” de Capdevielle, González, Mayans y Medina, presentado en septiembre de 2025, en la sexta edición del Seminario Permanente “Justicia reproductiva: diálogos plurales desde el feminismo”, de la Estación Noreste de Investigación y Docencia del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, señala que la autonomía no puede desligarse de la vulnerabilidad ni del cuidado y que en sociedades desiguales, como la mexicana, las mujeres enfrentan un patriarcado que obstaculiza su ejercicio.

Aplicar la autonomía relacional al final de la vida facilita reconocer que decidir sobre la muerte requiere atender los vínculos que nos sostienen, y que quienes acompañan ese proceso deben estar preparadas para escuchar y comprender esa red de relaciones que nos da sentido.

Voluntad anticipada: más que un documento

La voluntad anticipada es, en teoría, la materialización de la autonomía, ya que expresa las decisiones tomadas sobre tratamientos médicos futuros. Sin embargo, en México, frecuentemente, se concibe de forma reduccionista como un trámite legal ante notario. Esa concepción omite su dimensión procesual y ética. Como advierte Sánchez Barroso, hay quien ve la voluntad anticipada sólo como documento jurídico y hay quienes la entienden como un proceso con dimensión médica, bioética y humana. La voluntad anticipada debe ser comprendida como un proceso interdisciplinario donde la dimensión jurídica se entrelaza con la bioética feminista, la óptica médica y la emocional.

El notariado: entre la fe pública y el silencio

La ley mexicana exige que el instrumento de voluntad anticipada se formalice ante notario para garantizar su autenticidad y custodia. Pero hay un problema: su soledad. El notariado carece de formación en bioética; comprueba la identidad y la lucidez de quien firma, pero no acompaña en el proceso reflexivo ni ofrece orientación médica. Eso puede llevar a que el mecanismo que debía proteger nuestra autonomía termine vaciándola de contenido. Una mujer que acude a una notaría sin información médica, sin orientación bioética ni acompañamiento emocional firma un documento válido, pero no necesariamente libre. Y si además enfrenta barreras económicas o culturales, el derecho se convierte en privilegio.

Desigualdades de género: cuando la autonomía se condiciona

En México, según el Diagnóstico Nacional de Justicia Abierta Feminista, las mujeres enfrentan obstáculos estructurales para acceder a servicios legales y justicia efectiva.

La Suprema Corte de Justicia de la Nación ha reconocido que el acceso pleno a la justicia para las mujeres sigue pendiente, especialmente en materia de salud y derechos reproductivos. Las asimetrías se reproducen en el campo del derecho civil y notarial: pocas notarías en el país están encabezadas por mujeres, y la mayoría de los servicios legales siguen concentrados en zonas urbanas.

Estas desigualdades inciden directamente en el ejercicio de la autonomía al final de la vida. Para muchas mujeres, acudir a un notario implica desplazamientos prolongados, costos que pueden no ser accesibles o también se pueden enfrentar con funcionarios sin formación en género. Así, el derecho a planificar el final de la vida se vuelve inaccesible para una parte significativa de la población femenina, debido a que la desigualdad de género limita la capacidad de decisión en todas las etapas de la vida, incluyendo la muerte.

Autonomía y cuidado: una ética del acompañamiento

La autonomía relacional implica el cuidado. Si la bioética nació para orientar la práctica médica hacia el respeto por las personas, la ética del cuidado, como han mostrado Carol Gilligan y Joan Tronto, amplía esa mirada: pone en el centro la vulnerabilidad, la interdependencia y la necesidad de sostén mutuo.

En la voluntad anticipada cuidar significa ofrecer las condiciones para que lo decidido se pueda desplegar plenamente. Quien acompaña este proceso debe ser capaz de escuchar sin imponer; de traducir términos técnicos sin manipular, y de sostener emocionalmente a quien se enfrenta a la propia finitud. Esto no puede exigirse únicamente al notariado. Requiere una red interdisciplinaria donde médicas, juristas, bioeticistas y psicólogas trabajen de manera coordinada.

Un modelo de acompañamiento interdisciplinario

La propuesta que realizamos implica crear equipos de acompañamiento bioético-jurídico con cuatro ejes: 1) información médica clara para comprender tratamientos y límites sin sesgos de género; 2) asesoría jurídica con perspectiva de género que garantice la validez del documento y los derechos; 3) acompañamiento emocional que contenga la ansiedad, el miedo y el duelo; 4) reflexión bioética guiada que alinee las decisiones con los valores y vínculos. De este modo, el notariado no se invisibiliza, aunque esto no basta. La decisión debe construirse colectivamente, desde la escucha, el respeto y el cuidado compartido.

Decidir desde la interdependencia

Para muchas mujeres y personas de la diversidad decidir también es cuidar: pensar en los deudos para evitarles dolor y no ser una carga. Esos lazos conforman nuestra identidad moral. La autonomía relacional no es dependencia, sino conciencia de interdependencia. Quien elige limitar tratamientos invasivos no renuncia a su valor vital, sino que elige cómo vivir hasta el final, según sus valores. Esa elección debe ser protegida, comprendida y honrada.

Hacia una bioética feminista del final de la vida

La bioética feminista nos invita a repensar las prácticas sanitarias y jurídicas desde la experiencia de las mujeres. Cuestiona modelos médicos centrados en la eficacia y formalismos legales que olvidan la parte humana del proceso. Morir no es un acto médico ni un trámite jurídico, sino un proceso relacional cargado de emociones, valores y redes de apoyo.

Es urgente diseñar políticas públicas con acompañamiento ético-jurídico y enfoque de género en los sistemas de salud que formen profesionales del derecho y la medicina en bioética y autonomía relacional. El Estado debe garantizar decisiones anticipadas libres de desigualdades, asegurando las condiciones para decidir con libertad y dignidad.

El derecho a ser escuchadas hasta el final

Decidir sobre nuestra muerte es también afirmar la vida: cuidar cómo queremos ser tratadas cuando no podamos hablar. Esa voz requiere instituciones que escuchen, profesionales empáticos y comunidades que acompañen. El reto es cultural: aprender a hablar del morir sin miedo, con compasión y justicia. Como destaca Álvarez del Río, cada persona debe decidir con información, tratamientos y condiciones para su final y el acompañamiento no puede ignorar las desigualdades que nos atraviesan.

Conclusión: decidir es también cuidar

La voluntad anticipada, desde la bioética feminista y el bioderecho, es más que un documento: es autocuidado, agencia y justicia. Incorporar la autonomía relacional implica reconocer que decidir sobre la vida y la muerte involucra amor, poder, género y dependencia; exige acompañantes formados en esa complejidad.

La pregunta que nos guía —quién nos ha de acompañar al decidir— no puede responderse con una sola profesión. Requiere una comunidad de cuidado: médica, bioética, jurídica y afectiva. Decidir sobre la muerte es elegir cómo vivir hasta el último instante: con autonomía, dignidad y cuidado.

* María Guadalupe Quintanar Quintanar es doctoranda en Ciencias Jurídicas por la Universidad Autónoma de Querétaro; realizó una estancia académica de investigación en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. María De Jesús Medina Arellano es doctora en Bioética y Jurisprudencia Médica; Investigadora Titular del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM; integrante del Colegio de Bioética, A.C. y de la Sociedad Mexicana para la Investigación con Células Troncales, A.C.

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