blogeditor · 13 de julio de 2021
Decía Nietzsche: “las cosas vienen a nosotros deseosas de convertirse en símbolos”, y con los políticos pasa igual.
La gran consumación de todo actor de la esfera pública que desea dejar huella en la sociedad, y si se puede, en la historia, es trascender el plano estrictamente político para consagrarse como un símbolo, referencia e imagen de una era.
Muchos son los recursos que tienen los políticos para su consagración simbólica. Los faraones de Egipto se inmortalizaban en su embalsamiento o mediante construcciones imponentes como la Pirámide de Giza construida por el Faraón Keops. En Estados Unidos tenemos el Monte Rushomre, que, con rostros de 18 metros esculpidos en la piedra del cerro, es testimonio del poder simbólico de los presidentes Washington, Jefferson, Roosevelt y Lincoln.
La Conquista de México, como decía el historiador Robert Ricard, no solo fue política, sino también simbólica, “la cruz y la espada”, como reza el adagio. La espada de las tropas invasoras y la cruz de la colonización espiritual. Miguel Hidalgo inicia la insurgencia independista utilizando un estandarte de la Virgen de Guadalupe.
Como acertaba lúcidamente Carlos Monsiváis: “En un México de soberanía tan reciente la condición de los símbolos es todo menos simbólica”. En efecto, es política. En México hacemos política mediante símbolos y el actual gobierno de López Obrador lo entiende a la perfección.
La mañanera, por ejemplo, es ante todo un espacio didáctico donde se presentan y explican los símbolos de interés: PEMEX, Juárez, el beisbol… incluso los datos duros, los indicadores económicos, las estadísticas tienen, desde el discurso presidencial, un carácter más simbólico que informativo: sirven para comunicar que México va bien.
Como es sabido, el régimen de Porfirio Díaz se consagró por una máxima pragmática: “Poca política y mucha administración”, indicando con esto la implementación de las múltiples obras de modernización del régimen de Diaz. El ferrocarril, el entubado de acueductos, la arquitectura modernista. Sin embargo, como afirma Abelardo Villegas: “Fracasaron… porque su enriquecimiento se debió a la constante y progresiva explotación del pueblo”.
Este lema se convirtió en el leit motiv de los gobiernos revolucionarios que buscaron modernizar al país, desarrollar la industria y generar prosperidad. Fracaso tras fracaso, sin embargo, fue lo que se vivió. Así, cansados de tanta administración inhumana, hoy México vive en un régimen inverso en donde lo que tenemos es mucha política y poca administración.
Ante las diversas problemáticas que aquejan a nuestro país a nivel local, estatal y federal, la respuesta de este sexenio ha sido política y no administrativa, menos aún ejecutiva. La pandemia se ha gestionado desde el símbolo, no desde la operación. Cuando se trata de pedir explicaciones por los enfermos y muertes de la pandemia aparece el símbolo López-Gatell que tendrá una explicación, números y respuestas correctas sea cual sea el escenario. En realidad, no importa mucho el contenido de su respuesta o los datos presentados, su imagen y performance en sí es simbólico y transmite veracidad. Por eso no se toleran dudas ni cuestionamientos so pena de ser tildado de “chayotero”, “reaccionario”, palabras de alto contenido simbólico.
Ante la tragedia de la Línea 12 las personas buscan respuestas de gestión y ejecutivas: ¿qué se está haciendo en el metro para prevenir otra tragedia de esta índole?, ¿cuál es el plan estratégico del nuevo director del metro? La respuesta, sin embargo, nuevamente ha sido política: “Se decidió que solo el presidente hable de la Línea 12” Así, el problema salta de sus responsables administrativos y cae, nuevamente, en la palestra simbólica del presidente.
“La Refinería”, “El Aeropuerto”, “El Tren Maya”, “la venta del Avión Presidencial” son otros símbolos de la autodenominada “Cuarta Transformación” (nótese el evidente simbolismo político que pretende). La sola enunciación de estos símbolos basta para regular eficientemente el clima de opinión y moral. ¿Estás a favor o en contra? Si lo favoreces formas parte de un México de bienestar, si vas en contra eres alguien que anhela las penurias del pasado. Así de simple. Porque de eso se tratan los símbolos, de apelar a la intuición y representación inmediata. Lo que en la teoría del Behavioral Economics se denomina “Sistema 1”, la parte de nuestro cerebro que busca respuestas evidentes, que aclaran todas las cosas.
El antropólogo Víctor Turner escribió un libro cuyo título representa muy bien este escenario de tanta política y tan poca administración: “La selva de los símbolos”. ¡Vivimos rodeados de símbolos! Lugares (Palacio Nacional), palabras (“fifís”, “chairos”), objetos (“una cartera con 200 pesos”), números (encuestas de aprobación), entre muchos otros recursos políticos que eluden cualquier cuestionamiento por la administración y operación del gobierno.
El gobierno federal tiene bajo su control el monopolio de los símbolos y mientras cuente con este capital político, podrá seguir gobernando sin una clara ejecución. Por eso, hoy más que nunca, es urgente que, como sociedad mexicana, busquemos la transparencia y la rendición de cuentas, para que no nos den gato por liebre, o bien, símbolos por administración. Menos cuentos y más rendición de cuenta.