blogeditor · 27 de octubre de 2014
Conforme pasan las semanas, el movimiento estudiantil politécnico sigue avanzando y alarga, día con día, el paro que surgió a mediados de septiembre. A la par de este andar, el movimiento se ha ido reconfigurando -tanto por el número de estudiantes que participan como en sus demandas- y ha encontrado, en el seno de su comunidad, inconformidad en la forma en que se toman las decisiones. Aunado a esto, resurgió el llamado del Frente Estudiantil Politécnico, a través de diferentes pancartas y plataformas virtuales (@ClasesPoli), para que los estudiantes tomaran las instalaciones el lunes 20 de octubre y regresaran a clases. Todo esto, en respuesta a la decisión de la Asamblea General Politécnica de permanecer aún en paro indefinido.
Sin perder de vista que el Frente Estudiantil Politécnico es un grupo reaccionario y porril -con una larga historia- impulsado por intereses ajenos al IPN que buscan deslegitimar a la Asamblea General y al mismo movimiento; lo que parece ser evidente es que éste último, poco a poco, se ha ido desgastando y ha provocado que grupos como la FEP crezcan en empatía con los estudiantes y pretendan adjudicarse la voz de aquellos que no están de acuerdo con los métodos de participación.
[contextly_sidebar id=”QXLcHF0cTn51jGTDrURzTQHNmmkf2ktj”]Lo anterior sucede porque en todo movimiento social, y en este caso estudiantil, se puede distinguir a un sector no organizado y a otro organizado. Por un lado, están los estudiantes que pueden o no apoyar las consignas en manifestaciones y regresar a sus casas sin participar activamente en la organización del movimiento y, por el otro, aquellos estudiantes que se han agrupado en una estructura definida (AGP), con una forma de coordinación (asambleas por escuelas), que tienen una meta en común y participan activamente. No obstante, esta breve caracterización queda corta al momento de querer analizar a fondo la manera en que se toman las decisiones, pues al interior de esa organización definida existen diversos grupos de alumnos y estudiantes de a pie, que tienen distintas posturas sobre cuál debe ser el camino del movimiento.
Por ejemplo, el modelo elegido para tomar decisiones, como ya se mencionó, es el llamado modelo asambleísta de democracia directa. En un principio, la decisión de comenzar el paro de actividades por parte de los Centros Tecnológicos (vocacionales), Escuelas Superiores y Unidades Interdisciplinarias (CEU, como se cataloga en la normatividad aún vigente) generó la participación, en casi todos, de una mayoría representativa de toda la comunidad. El resultado fue, como debe serlo en una asamblea de este tipo, por consenso.
A la decisión de tomar las instalaciones, siguió la de conformar comisiones. En la Escuela Superior de Economía (ESE), por ejemplo, se hicieron las siguientes: Comisión de Pliego Petitorio, Comisión de Análisis, Comisión de finanzas, Comisión de prensa y propaganda, Comisión de seguridad, Comisión de brigadas. En todas ellas, la participación era voluntaria; sólo se nombró un encargado que reuniera a las demás personas interesadas en participar en alguna comisión en específico.
Hasta ahí, parecía que el modelo de asamblea estaba dando resultado. La comunidad participaba igualitaria y voluntariamente. La solidaridad, el compañerismo, es más, hasta la fraternidad, saltaban a la vista en los primeros días. A los politécnicos los unía la preocupación por la degradación de su educación, la coartación de sus derechos de libertad de asociación y expresión, etcétera. Los días fueron pasando y, por razones varias, la participación fue decreciendo, hasta el punto en donde los integrantes activos dentro de las escuelas se redujeron y se volvieron constantes. Así, las asambleas subsecuentes, donde se tomaban decisiones y se formulaban los planes de acción de cada escuela, terminaron por no ser representativas de la visión tan plural como el número de estudiantes que cada CEU tiene, y, en algunos casos, terminaron por ser no democráticas.
Desde este cauce, se puede comprender por qué ahora una gran parte de los estudiantes no se siente identificada con los objetivos y métodos de lucha. La Asamblea General Politécnica (AGP), organismo creado para unir las diferentes visiones y posicionamientos de los CEUs, se compone de dos representantes por cada CEU participante del paro. Es decir, más de 80 estudiantes la conforman. Dichos representantes emanan de las asambleas locales, y como ya se ha dicho, estas asambleas son compuestas por una minoría. Más aún, los representantes elegidos llevan a la AGP el posicionamiento y propuesta generado en su asamblea; posicionamiento y propuesta claramente limitado, al no representar las demandas y perspectivas de aquellos estudiantes que no participan.
Aquí cabe aclarar algo: los culpables no son los así llamados paristas, o los que por alguna razón no están en las asambleas o en las actividades de cada escuela, sino el modelo empleado hasta el momento. Es por ello que podemos observar que la Asamblea sesiona por más de 48 horas (a veces más) y, de este ejercicio, se obtienen pasos muy pequeños en materia de resolución del conflicto.
Así pues, la AGP, como casi todo en política, se desenvuelve a partir de disensos y conflictos de interés. El problema no es esto, pues es normal que cada estudiante o grupo de estudiantes tenga opiniones y propuestas propias muy definidas. Más bien, la cuestión está en que conforme va pasando el tiempo, los estudiantes con más experiencia en el modelo asambleísta -que conocen a fondo su composición y los trucos de manipulación- excluyen paulatinamente a otros estudiantes, haciéndose de la dirección del movimiento. Este modelo utilizado hasta ahora es causante de la división, y por lo tanto, del debilitamiento del movimiento estudiantil politécnico.
Es momento de repensar las formas de la participación de la comunidad, para así no sólo resolver el problema que nos ha traído a estas instancias, sino resolverlo de la mejor forma posible. Con la aceptación de la propuesta del Congreso Nacional Politécnico (CNP), una buena conformación del mismo podría engendrar una organización política permanente, donde la comunidad en general podría participar y encausar éste y nuevos movimientos venideros. Para ello, lo mejor sería dejar atrás el modelo asambleísta de democracia directa, y convocar a la comunidad politécnica a la participación en votaciones libres y secretas, para elegir delegados y conformar, por así llamarlos, congresos locales de cada CEU.
Los congresos estarían compuestos por estudiantes, administrativos y personal de apoyo, en igualdad de circunstancias (como ya lo hemos dicho en otros espacios). Los delegados serían elegidos democráticamente por su sector, evaluando la pertinencia y capacidad de los mismos. Así, podríamos tener congresos locales donde cada generación tuviese un delegado elegido por la mayoría; o cada departamento académico tuvieran un (dos) delegado(s) también elegidos por la mayoría; lo mismo con el personal de apoyo y el personal administrativo. La dinámica de los otros sectores mencionados estaría definida por ellos mismos, respetando la autonomía de organización entre cada sector, pero respetando también el acuerdo del sentido paritario de los congresos locales y el CNP. Los representantes se limitarían a trabajar en el posicionamiento y propuesta del CEU al que pertenecen, y de ellos, la comunidad elegiría, en votaciones, con conocimiento de los resultados obtenidos, a aquellas personas que fungirán y representarán a su CEU en el CNP. Es cierto, habrá CEUs donde los congresos sean más pequeños o más grandes, pero no importaría, pues serán legitimados por toda la comunidad y tendrían que responder a la misma.
Esta propuesta va más allá de la estéril discusión entre los que están a favor del paro y los que están en contra; reúne a toda la comunidad de los diferentes CEUs en un objetivo común: la suma de voluntades expresada en su forma concreta para la transformación y refundación del Instituto Politécnico Nacional. Si la comunidad politécnica avanza en el camino de la conformación de la organización política y académica, respetando la autonomía y dinámica de cada sector, aun con la pluralidad que la caracteriza, ésta estaría lo suficientemente cohesionada para otorgar resultados que favorezcan la calidad de la educación científica y tecnológica que brinda el Instituto; fin primero y último de toda esta movilización.
Los estudiantes politécnicos se encuentran ante la oportunidad histórica de constituirse como la vanguardia en organización estudiantil. Una de las razones por las que el movimiento #YoSoy132 fracasó fue por su incapacidad de generar una organización, en donde al término de la movilización, pudieran conglomerarse permanentemente los diversos estudiantes que lo conformaban y de esta forma trascender a la coyuntura. Si el modelo asambleísta es por excelencia el modelo histórico de organización, hoy en día los estudiantes politécnicos pueden hacer historia y deben sobreponerse, no sólo a la crisis institucional que enfrentan, sino a sus mismas limitaciones organizativas.
De ser todo un éxito el Congreso Nacional Politécnico, su organización podría replicarse en otras instituciones públicas y privadas y, ¿por qué no?, consolidar a la larga un Congreso Nacional de Estudiantes Universitarios. En contextos tan trágicos como los que vivimos hoy, como el caso de los 43 normalistas desaparecidos en Ayotzinapa, la participación estudiantil de los últimos días ha sido esperanzadora y si ésta tuviera una organización consolidada y bien organizada, no sólo sería un referente nacional de lucha, sino que además tendría la capacidad de influir como comunidad activa en la vida política nacional.
* Leví Zabdiel Hernández Avilés (@ZabHern) es estudiante de Economía de la Escuela Superior de Economía del IPN. Hugo Garciamarín Hernández (@hugogarciamarin) es estudiante de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.