blogeditor · 8 de mayo de 2017
Un día perfecto para morir. Me gustan los días desteñidos para morir súbitamente de un ataque de tristeza. Mujeres revelando los artilugios del amor, del engaño y la locura. Mujeres haciendo de cuenta que no juzgan. Mujeres mintiendo con descaro, pero seguras de que anuncian a la verdad. Mujeres tan lejos como cerca del delito de hacer daño. Mis adoradas mujeres. Inmensas mujeres.
La ciudad resplandece en la noche. Ciudad de México, abriendo llagas. La Ciudad y la desilusión. La Ciudad y sus bares genéricos. La Ciudad y sus chistes malos y su chatura inconmensurable.
Porque yo soy de las que sale a bailar y a tomarme cervezas con amigas, porque me divierto mientras las mujeres “buenas” están guardadas en casa, una ciudad que se lamenta del cielo. Un cansancio que no espera.
El tiempo que se evapora. Los argumentos a favor de quién investiga una vida, más rápido que investigar quién se encargó de terminarla.
No conozco otro espacio que sea más injusto que el mundo.
Con mis pensamientos sobre el porqué podría importarme más saber si una mujer asesinada tenía problemas con la escuela o se echaba un cigarrito de mariguana de vez en cuando, y formada en la cola del súper veo de reojo una revista para “mujeres”, la tomo sin pensar y la hojeo.
Baia, baia. Queridos editores o editoras, nunca tendría en cuenta sus diez trucos infalibles para volver loco a un hombre en la cama ni me pondría esas mezclas aceitosas con olor a espárrago en el cutis aunque me juraran que me va a quedar como el de Juliette Binoche. Me niego rotundamente a pronunciar esas frases enlatadas para asegurarme una segunda cita con el hombre de mis sueños, son blasfemias más gigantes que un elefante africano y menos aún a adoptar esas ridículas poses en una entrevista de trabajo para cautivar al jefe de recursos humanos y asegurarme cualquier puesto que termine en ejecutiva en una multinacional.
Descreo absolutamente de sus recetas mágicas antiestrés, para eliminar toxinas, y ni hablar de sus recomendaciones de psicología barata para saber que está pensando él durante el sexo o cuando está idiotizado mirando las chichis (me choca esa palabra) de una amiga.
Ni siquiera después de haberme metido lo que Mia Wallace se metió en Pulp Fiction sería capaz de balbucear alguna de sus estúpidas mentiras con cara de póker a mi amiga cuando no me gusta el sombrero que se compró o el tapiz nuevo que puso en la pared del living.
Nunca leí algo tan poco creíble como los test de personalidad que dan a conocer en su publicación para detectar psicópatas y homosexuales.
Es una tremenda estupidez dilucidar la personalidad del sujeto en cuestión viendo cómo toma el volante del auto o a través de la manera en que ata los cordones de sus zapatillas.
Sépanlo, el estado de la cabellera y la forma de vestirse no lo dice todo de las personas. He conocido seres mentalmente desequilibrados que eran de lo más pulcros y prolijitos, adorables con los niños y simpáticos con las suegras y cuando menos te lo esperabas, ¡pum! enloquecían.
Me tienen sin cuidado sus recomendaciones de productos dieta porque para mí, y esto reconozco que muchas veces me deja afuera del género femenino, cuanto más azúcar mejor para el funcionamiento pleno de mis neuronas.
Y para terminar les digo, #SiMeMatan me llevó años entender y asumir que no soy una mujer de catálogo, tengo muchos defectos, que son muy míos y nadie más los tiene, tengo mis excesos y mis debilidades, y nadie va a venir a decirme cuál es la mejor manera para ser mujer y morir, ni la forma de comportarme cuando salgo a divertirme por las noches.