Morir con México

blogeditor · 26 de noviembre de 2014

Morir con México

“Qué lejos estoy del suelo donde he nacido” es uno de los estribillos más populares para comunicarle al mundo nuestro nacionalismo de molcajete. La invitación ideal para entonar la canción del borracho extranjerizado, del idiota sin patria. Suponemos ingenuamente que, ante sus estrofas de pertenencia y arraigo, se deben rendir otros nacionalismos menos histéricos. Qué envidia los mexicanos. Nadie extraña su patria como ellos. Imaginamos.

Igual que con la letanía del ‘México lindo y querido’, su arrojado amor patrio requiere de una ausencia. Hay que perder a México para poder extrañarlo. A menos, claro está, que uno se encuentre en Garibaldi, un lugar de apellido italiano que es más puesta en escena que plaza pública. Un set de filmación donde nuestro pueblo vaquero existe solo como punto de venta en medio de un decadente parque de diversiones.

Hoy, sin embargo, hemos sido capaces de darle una nueva dimensión a nuestro nacionalismo de celuloide. Hemos logrado deportarnos de nuestro país sin dejar de pisar su suelo. Somos nuestra propia patrulla fronteriza. La migra inclemente que nos recluye cotidianamente a nuestro mini México de supervivencia. A ese pequeño nicho de seguridad erigido a espaldas de la miseria de otros. Los políticos, empresarios, burócratas, sindicalistas, intelectuales y profesionistas dúctilmente acostumbrados a los movimientos cíclicos del pueblo de México. La élite que desde los lomos de sus nanas, choferes y cocineras exige silencio a los revoltosos. Portón mata movilización.

Reproduciendo compulsivamente nuestra gloria cultural recreamos un país que ya no existe. Hoy añoramos un suelo que no es cuna de nadie, pero si tumba de miles de mujeres y hombres sin nombre. En un macabro cambio de tuerca pasamos del paraíso surrealista a un monótono velorio trasnochado. La indiferencia de los privilegiados ha permitido la desgracia de los marginados. Vivimos en un país tristemente predecible y francamente aburrido. Una nación de discursos sin significado. Enmarcada por la insoportable levedad del peso de la ley mexicana.

[contextly_sidebar id=”0yZrjPnXjlWlzC2XD4XVTPKO4GDB2fX3″]¿Qué fracasó primero, la política o la justicia? Hoy hay que tener muy claro que el control y operación del crimen organizado han cambiado drásticamente. Llevamos décadas persiguiendo narcotraficantes cuando, en realidad, estos son los empleados de políticos o empresarios corruptos. Y los políticos corruptos no necesitan de sicarios y policías para cuidarse las espaldas. Necesitan de otros políticos corruptos. Esa es la gran mentira nacional. El juego de las persecuciones simuladas entre policías y ladrones. Hay barones caminando por los congresos y palacios de gobierno. Tenemos que hacernos cargo de aquéllos que no tienen apodos chapuceros. De los que tienen nombre y apellido y presumen con desparpajo su riqueza de microondas. Los reyes y reinas del bling bling mexicano.

Pero no amemos tanto a la nostalgia de nuestra nación perdida. No nos instalemos tan cómodamente en el mullido sillón de la melancolía. Que no sea éste el principio de una nueva canción ranchera de dolor, copas y olvido. Una nación lloricona que se puede dar el lujo de legitimar su pasividad. De administrarla como un bono de casa de bolsa cuyo valor sube y baja dependiendo del contexto. Compramos barata nuestra empatía y queremos venderla muy cara. Todo para seguir cantando lo mucho que extrañamos el suelo donde hemos nacido. Hoy ese suelo ya no es nuestro. Renunciamos a él en el momento en el que decidimos encerrarnos en nuestra privadita de privilegios cotidianos.

 

* Julio Juárez Gámiz (@juliojuarezg) es investigador del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM.