Jorge Avila · 19 de mayo de 2026
Morena enfrenta distintas crisis de gobierno en el orden federal y en el orden local, y cada una de ellas ha puesto a prueba los límites de la narrativa que presume controlar.
Ya sea el caso de Sinaloa, los desplazamientos forzados en Guerrero o Michoacán, los conflictos con los distribuidores de frijol en Zacatecas, el conflicto con la gobernadora de Chihuahua por el caso de la CIA, o la apresurada y descuidada “ajolotización” de la Ciudad de México, son varios frentes de batalla sin una estrategia clara.
Los límites y el agotamiento de esta narrativa, sustentada en la supuesta aprobación o popularidad expresada en encuestas, trae a mi mente una idea clásica de la ciencia política: el Estado weberiano.
Con ello no me refiero a la definición clásica sobre el monopolio de la violencia legítima, sino a la definición más amplia que nos legó el sociólogo alemán y que refiere a dos atributos que conforman la función más importante del Estado: la dominación legítima.
El primer atributo se refiere a la legitimidad como tal, propia de todo Estado y que sirve de fuente social de su autoridad política, y el segundo se refiere a la estructura burocrática que le permite ejercer la dominación.
Desde esta perspectiva, me parece claro lo que hace Morena: prefiere la legitimidad a la efectividad burocrática; sin embargo, no entiende que una cosa no es independiente de la otra.
De nada sirve que presuman altos niveles de aprobación o que la presidenta salga todos los días a la tribuna pública para tratar de encauzar y definir la agenda pública hacia los intereses del partido en el gobierno.
Tampoco importa si cuentan con una batería de plumas en distintos medios nacionales e internacionales, o de diestras manos en redes sociales que traten de encauzar las discusiones y definir los parámetros de apoyo y rechazo al gobierno.
La legitimidad sin efectividad burocrática produce una dominación trunca, coja, susceptible de caer.
Cierto es, como tocaba la semana pasada, que la oposición partidista a Morena es irrelevante y se esfuerza por mantenerse así, con una agenda que la aleja de los problemas populares antes que acercarla.
Por eso, esta serie de traspiés no ha repercutido como esperaríamos en la posición de poder del oficialismo; pero, a falta de presiones internas, están las presiones externas con nombre y apellido: Donald Trump y Estados Unidos.
Si el gobierno mexicano falla en una función tan elemental como la impartición de justicia, significa que su aparato burocrático es ineficiente.
Lo que digo es una obviedad que trasciende a la impartición de justicia, y lo vemos en todos los órdenes de gobierno; pero reiterarlo es necesario por una sencilla razón.
La legitimidad y la administración burocrática van de la mano porque el funcionamiento de la segunda permite que la primera se reproduzca y se fortalezca.
La legitimidad es la creencia socialmente compartida de que una autoridad puede actuar como tal; por ello le confiamos la atención de nuestros problemas cotidianos y destinamos recursos para que los resuelva mediante esa estructura de funcionarios públicos.
Morena ha fallado en ese ámbito en todos los órdenes de gobierno.
Mientras sea una burocracia ineficiente para resolver los problemas sociales, no habrá encuestas ni plumas que le permitan sostener su ya asediada legitimidad.