Jorge Avila · 5 de mayo de 2026
Luisa Alcalde entregó la presidencia de Morena a Ariadna Montiel en el congreso extraordinario del partido este fin de semana, un reflejo de la crisis que viven ante las elecciones intermedias del próximo año. La solicitud de licencia de Rubén Rocha Moya como gobernador de Sinaloa y de Juan de Dios Gámez como alcalde de Culiacán, y quien se asumía el preferido del ahora exgobernador como sucesor acentuaron la crisis. En conjunto, ambos acontecimientos expresan una cualidad del partido que lo aqueja, deliberadamente, desde sus orígenes: asumirse un partido-movimiento.
Más que consolidar a Morena como una organización política fuerte lo convierte en un pato. ¿Qué distingue a esta ave para ser comparada con el partido oficial? Pueden volar, nadar y correr; sin embargo, no se especializan en ninguna. Aunque puede tomarse como adaptabilidad, en esta época donde reina la frase trillada: “es tiempo de definiciones” ser un pato no es necesariamente una virtud. Morena es el partido en el gobierno y no puede insistir en jugar con la ambigüedad. Más bien refleja una actitud deliberada de irresponsabilidad como gobierno y como organización política, genera incertidumbre y favorece los acuerdos particulares antes que las normas generales.
Un claro ejemplo es la afirmación de Citlalli Hernández en entrevista con Gabriela Warkentin: “Morena siempre se ha comportado como un movimiento, no como un partido que disputa el poder.” La Presidenta de la Comisión Nacional de Elecciones del partido afirmaba que debían establecer reglas claras y que el partido ya estaba en proceso de institucionalización gracias al proceso de afiliación masiva. Sin embargo, de poco sirve presumir la afiliación como institucionalización si reniegan de asumir una definición clara de lo que son en la práctica: un partido que disputa el poder, cuya meta es preservar las posiciones de poder que ya tiene y ganar nuevas.
El juego de ambigüedades entre ser partido o movimiento también explica la crisis de Rubén Rocha Moya, pues la falta de reglas claras fue señalada por Gabriela Warkentin como ejemplo de permitir que personas con acusaciones claras y fundamentadas ocupen espacios en nombre del partido. Ante el señalamiento, la funcionaria del partido sólo atinó a señalar que existen líneas muy delgadas y la necesidad de encontrar elementos “objetivos” que permitan definir si alguien puede representar al partido. La indefinición es un juego de poder que, como me hizo notar un militante de Morena que viene desde tiempos del PRD, recuerda una vieja máxima de ese partido: acuerdo mata estatuto.
Intuyo que Morena apuesta por la indefinición por dos motivos: evitar que su militancia cuente con un marco institucional que les permita reclamar derechos y hacer valer obligaciones a su dirigencia y a sus representantes, y permitir que esos vacíos normativos ocupados por acuerdos cupulares les permitan mantener el poder y los controles a nivel local y nacional. Su indefinición deliberada permite que personas como Rocha Moya sean la norma y no la excepción. Aunque Morena se asuma discursivamente como partido-movimiento, en los hechos dejó de ser movimiento en cuanto asumió el poder.
Mientras insista en esta ambigüedad, Morena será un pato que, al dar prioridad a los acuerdos sobre los estatutos, sólo alimentará la tensión que rompa con la consolidación del poder que le garantice continuidad como gobierno. Al llegar a la mitad de su segundo sexenio, en Morena creen que esa indecisión es una estrategia efectiva para mantenerse en el poder sin asumir las responsabilidades que conlleva. Al renunciar a institucionalizarse como un espacio de disputa por el poder, mientras aumentan los cargos en su haber, su ambigüedad sólo facilita la intromisión criminal en nuestra vida pública. Mientras Morena sea un pato, se arriesga a convertirse en el plato por comer en la mesa del poder.