Redacción Animal Político · 26 de noviembre de 2025
Existen libros que no solo abren una conversación: la desplazan e incomodan, la obligan a confrontar la sombra de nuestra historia. Feminicidio mítico, de Lydiette Carrión, y El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza, forman parte de esa estirpe, y desde hoy les digo que serán legado. No dialogan por casualidad; están unidas por un hilo subterráneo que atraviesa siglos de violencia patriarcal, la mitificación del crimen contra las mujeres y, finalmente, la urgencia contemporánea de nombrar, denunciar y recordar. Tampoco es casualidad que, anoche, en la charla de Cristina Rivera Garza sostenida en Casa de México en España, la autora mexicana mencionara y recomendara el libro Feminicidio mítico. Del crimen al producto cultural: imágenes, narrativas, moda y consumo de la violencia (Editorial Debate, 2025), de Lydiette Carrión Rivera.
La periodista y escritora veracruzana Lydiette Carrión construye en bloques un mapa arqueológico del feminicidio: rastrea meticulosamente cómo la cultura occidental ha troquelado a las mujeres asesinadas como figuras literarias, cuerpos simbólicos y jugosa mercancía narrativa. Rivera Garza, por su lado, devuelve a la víctima -a Liliana, su hermana- un rostro reconocible, un verano luminoso, un espíritu que fue ahogado con brutalidad en 1990. Su libro (Premio Pulitzer 2024, en la categoría de Memoria o Autobiografía) es un acto de excavación íntima, pero también un manifiesto político. El más digno y necesario de todos, al menos para nuestro género.
La lectura conjunta revela a todo aquel que lo desee, que la violencia contra las mujeres en el mundo no es un accidente histórico, sino un relato insistente, reescrito y legitimado desde la antigüedad. La violencia no cambia, lo único mutable son las formas de narrarla.
La pluma de Lydiette desentierra la raíz simbólica del feminicidio y la coloca mucho antes de que existiese la palabra. En la Biblia, la hija de Jefté; en la mitología, Ifigenia; en los cuentos medievales, las brujas torturadas y expendidas como adversarios, enemigos públicos; en Juárez, nuestras muertas usadas como ejercicio de especulación y amnesia. En cada época desde el inicio de los tiempos aparece la misma figura: la mujer sacrificable, la mujer disciplinada mediante el miedo, la mujer cuya muerte tiene función social, mística. Aunque porte falda de serpientes.
Horroriza encontrar en la lectura patrones que se repiten con una precisión inquietante.
La buena víctima: pura, inocente, a veces infantilizada. Su muerte conmueve, pero también neutraliza la exigencia de justicia, porque se le premia con su divinización. La mala víctima: la bruja, la prostituta, la canalla veleidosa, la mujer “desechable” cuya muerte no duele, porque la cultura la ha construido como prescindible. La que sobrevive: la heroína que escapa porque es “especial”… y cuya excepcionalidad refuerza, paradójicamente, la idea de que el resto debía morir. La virginal final girl representada hasta la náusea en slashers fílmicos.
El aporte del libro es descarnado: la representación cultural del feminicidio ha coadyuvado históricamente para mantener en perfecto equilibrio el orden patriarcal. La víctima se convierte en mito y el mito opera como fascinante opio colectivo.
Feminicidio mítico no funciona a manera de perspectiva histórica: también recuerda que nada tiene ánimo de querer terminar. Lo que antes sucedía en un claro del bosque, ahora ocurre con un consumo masivo y una estética glamurizada bajo el auspicio de HBO. Se desmonta cómo la moda, la publicidad y los medios siguen reciclando las imágenes del cuerpo violentado. Mujeres asesinadas convertidas en espectáculo, en seducción de alto contraste, en atmósfera romantizada. Y nada es casualidad: la cultura de masas ha heredado la narrativa del sacrificio femenino para transformarlo en mercadería de moda, de novedad: la trágica historia de Elisabeth Short nos lo recuerda, aunque, para que su nombre diga tan poco, a diferencia del apodo con que el periodismo sensacionalista la bautizó y que la condenaría a la inmortalidad: The Black Dhalia.
Dentro de esa genealogía, Carrión recupera el caso de Goyo Cárdenas, el primer asesino serial mexicano, cuyo último crimen, el de Graciela Arias Ávalos -una estudiante asesinada en 1942- guarda ecos perturbadores con el caso de Liliana Rivera Garza. Ambos asesinatos están rodeados de instituciones negligentes, narrativas mediáticas cómplices y una sociedad que continúa decantándose por el morbo, en vez de la memoria. Este espejo histórico no es exclusivamente escalofriante: es estructural.
Rivera Garza reescribe desde otro lugar: el de la hermana que hurga en cajas cerradas durante décadas, recobrando una voz que el feminicidio dejó en silencio. El invencible verano de Liliana es la desmitificación radical de la víctima. Sin abstracciones ni símbolos o cuerpos destinados al sacrificio. A Liliana la arropamos miles de lectoras desde su luz, deseo, autonomía en proceso. Del blueprint que heredaron sus apuntes a las que nos asumimos como herederas de su legado. Es una mujer joven a punto de tomar decisiones vitales que cada día la alejaban millas fuera de la sombra de un hombre que la vigilaba, la acosaba, la amenazaba.
Lo que Carrión describe como “ficciones disciplinarias” -ese viejo pacto cultural que intenta explicar la muerte de una mujer como consecuencia de su carácter, su moral siempre bajo escrutinio, sus decisiones- es lo que Rivera Garza combate frontalmente. Su libro devuelve contexto, representación, humanidad y rabia al relato.
Liliana no muere por destino mítico ni por tragedia romántica: la asesinan porque el patriarcado opera con precisión histórica violenta.
Lydiette Carrión muestra cómo los mitos justifican, excusan, mitifican o banalizan la muerte de mujeres. Cristina Rivera Garza expone la consecuencia concreta de esa tradición: un crimen real que, durante años, quedó envuelto en silencio institucional, miedo y culpa social. El feminicidio de Liliana no es excepcional: es parte de un contínuum que Carrión rastrea desde la Antigüedad. Pero su memoria sí es excepcional: rompe el mito.
Mientras el patriarcado ha necesitado que las víctimas sean “inocentes” o “culpables”, “santas” o “brujas”, El invencible verano de Liliana insiste en una verdad subversiva: una mujer asesinada no necesita baremo de ningún tipo para merecer justicia.
Lo que queda a título personal después de leer a tan queridas escritoras, no es acotar el fenómeno del feminicidio al horror o indignación: leerlas es casi un síntoma de clarividencia. La violencia feminicida en México es la expresión contemporánea de una maquinaria simbólica que lleva miles de años operando. Pero también es el lugar donde las narrativas pueden fracturarse.
Lydiette Carrión nos recuerda que el mito puede perpetuar la violencia. Rivera Garza nos demuestra que la memoria puede combatirla.
Entre ambas hay un proyecto político y literario que no solo analiza el feminicidio: lo confronta. Y me gusta pensar que lo confronta desde donde más duele y más transforma: desde la palabra. La palabra FEMENINA.
P.D. Se estima que al menos 15 países han tipificado el feminicidio como un delito autónomo o como una agravante en su sistema normativo. España aún no tipifica penalmente la figura de femicidio o feminicidio, aunque cuenta con una ley especial, la Ley Orgánica N° 1/2004, de 28 de diciembre de 2004, sobre Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, que define y acota la violencia de género. Queda aún tanto por luchar y levantar la voz.