blogeditor · 22 de febrero de 2017
La discusión sobre la ley de seguridad interior ha desnudado el tamaño de la crisis de la policía y de su relación con la sociedad y acaso construye una nueva oportunidad histórica para resolverlas. Aquí una vía posible: poner en marcha las misiones sociales de reconstrucción policial.
Cuando decimos no a la militarización de la seguridad pública muchos nos preguntan entonces qué es lo que sí se debe hacer. La sola pregunta denota el tamaño del extravío en el que estamos. Quien pregunta qué hacer distinto a la militarización lo más probable es que no cree que haya otra medida eficaz posible para protegernos. Los militares son como el espejismo en el desierto. No hay agua en ningún lado, nos estamos muriendo de sed y por ahí se ve la supuesta salvación a cargo de ellos.
Nos trajeron de la mano a este momento de la historia por dos vías complementarias: no profesionalizaron a la policía y sí lo hicieron con las fuerzas armadas. El contraste pasa por todo lo imaginable pero se ve a simple vista; ¿se imaginan a un militar consiguiendo como puede su propio uniforme y arma? Yo tampoco y en cambio ha sido práctica común de la policía en los tres órdenes de gobierno. Apenas un gendarme federal relató a una persona de toda mi confianza cómo consiguió su equipo con sus propios recursos.
Hubo un pacto político histórico para profesionalizar a las fuerzas armadas y no lo ha habido para el caso de la policía. Así de claro y así de grave. No hay duda, si no se repara la falla histórica con la policía, los militares jamás volverán a sus funciones constitucionales (parafraseando al general Salvador Cienfuegos, titular de la Secretaría de la Defensa Nacional).
Ahora la pregunta es si de alguna manera será posible que la profesionalización policial merezca el respaldo político suficiente y sostenido. Mi experiencia no me deja lugar a dudas, la construcción de un acuerdo político verdadero en este sentido pasa necesariamente por la intervención social. Me explico.
Distingo dos tipos de experiencias en mi carrera de 25 años a favor de la mejora policial: las fracasadas y las exitosas. El componente que ha abierto una puerta u otra es el acompañamiento entre la policía y la sociedad. Más claro: ahí donde la policía abre la puerta y deja entrar a la sociedad para trabajar juntos por periodos prolongados, los éxitos llegan. Cuando la policía no abre auténticamente la puerta, las mejoras son mera fachada y el desempeño de las y los policías repite los mismo patrones, acaso con algunos ajustes de imagen.
La conclusión implica un aprendizaje invaluable y a la vez un rumbo a seguir: los responsables políticos de la policía y la policía misma no activan ni activarán las reformas profundas sin la intervención social sostenida. Lo que sigue en consecuencia es construir lo que he llamado las misiones sociales de reconstrucción policial. Esto es así, pase lo que pase con la ley de seguridad interior y con la tendencia de la militarización de la seguridad pública, misma que, a mi entender, por ahora seguirá adelante –con o sin esa ley-, en tanto las instituciones policiales se profesionalizan y así ganan la confianza y el apoyo social.
Lo que sigue es articular una amplia coalición social independiente a cargo de diseñar el andamiaje básico de las misiones. Tal andamiaje debe incluir el diseño de un modelo de reconstrucción policial y una ruta para lograrla. En el centro del diseño debe colocarse el sistema de contrapesos que caracterizan a una policía profesional y confiable. Las misiones sociales deben ser a la vez por sí mismas un contrapeso y una palanca de inducción de contrapesos. Ninguna policía en democracia en el mundo es confiable si su desempeño no es controlado por sistemas complementarios, internos y externos, que monitoreen y aseguren las consecuencias del buen y el mal desempeño, en especial en el uso de la fuerza. La policía en México no está del lado de la gente justamente porque no existen tales sistemas.
La coalición detonadora de las misiones debe presentar además una propuesta de plan de reconstrucción que abarque un modelo de ruta completa de 5 a 10 años. Un plan de reforma que se soporte en la más robusta mecánica posible de rendición de cuentas. Los planes de reconstrucción policial deben ser cajas de cristal, dejando atrás las cajas negras en las que hoy se encuentran por ejemplo los sistemas disciplinarios de la policía, justo donde se cocina la imposible consecuencia institucionalizada por el mal y por el buen desempeño.
La misma lógica de intervención social hacia la policía debe privar con respecto al Sistema Nacional de Seguridad Pública, mismo que jamás pondrá a la policía de lado de la gente si puede seguir en el auto encierro, esto es, si puede seguir produciendo acuerdos que no benefician a la seguridad de la gente, sin costo alguno. Justo porque el Sistema no ha sido intervenido socialmente tampoco ha madurado como un instrumento técnico, quedándose en un perfil político que se desnuda cada 18 meses en promedio, cuando se releva al titular del secretariado ejecutivo, precisamente a consecuencia de reacomodos políticos.
La constitución ordena que las autoridades responsables de la seguridad pública serán civiles. Los políticos vienen destruyendo esa posibilidad. Por eso la propuesta de ley de seguridad interior. La sociedad debe intervenir para rescatar a su policía. Debemos acordar este principio a modo de premisa estratégica básica: esa institución no se colocará del lado de los ciudadanos sin la intervención de las misiones sociales de reconstrucción. A trabajar.