Jorge Hill · 10 de enero de 2016
Ah, las navidades con sus ridículamente imposibles multitudes, los años nuevos con sus imposibles propósitos repetidos del año anterior, una infección intestinal que casi me lleva al hospital, la muerte y resucitación trimestral de mi computadora. Nada raro, nada fuera de lo normal, lo de siempre. Ya estoy de vuelta para rantear.

A lo que nos truje.
Dice tu presidente Peña Nieto que la misión ha sido cumplida. Hay brincoteos de emoción, hay sonrisas de orgullo y palmaditas en la espalda, hay primeras planas y las redes sociales del mundo hablan de la (re)captura del Chapo. Muy bien, muy bien. Todos felices, todos contentos.
Misión cumplida: lo tenemos. Quiero informar a los mexicanos que Joaquín Guzmán Loera ha sido detenido.
— Enrique Peña Nieto (@EPN) enero 8, 2016
México cuenta con instituciones sólidas y eficaces. Hoy se ha confirmado que ningún delincuente está fuera del alcance del Estado Mexicano. — Miguel A.OsorioChong (@osoriochong) enero 9, 2016
Restos de magia navideña y de polvitos de reyes magos permiten que una realidad fincada en los hechos y en la historia se cambie de un día a otro. Hemos renacido, este país es el Ave Fénix, el Lázaro de Latinoamérica, el lugar #1 para los turistas según el New York Times (18 pesitos is only 1 dollar, yay!), un paraíso escondido que sólo estaba esperando a que abrieras la puerta correcta; ah, uno tan pendejo que no le atinaba… o que no viene de vacaciones.
Y lo obligado es preguntarse si Peña Nieto, Osorio y tantos otros de allá arriba realmente se creen las barbajanadas que dicen desde su burbuja de poder alejada del México real, si sólo usan slogan tras slogan nomás porque es cool o si sólo tienen esa tendencia primitiva a creer que repitiendo las cosas, se cumplen. Llámale rezo, rosario, invocación, mente sobre materia. Imagino que Don Virgilio Andrade estará detrás de todos ellos repitiendo el rezo también, acompañado del de su cargo: “Sí, sí, a huevo, todo está bien, todo está chido”.
Y habría que voltear a ver la cara de los mexicanos que todavía no están tan idos hacia el mundo hiperreal de la tele, el Excélsior o el Hollywood de presidentes de acción. El gesto de shock al ver a tanto emperador tan encueradote por las calles, por los medios, por las mentes.
Esas son sólo las primeras respuestas, recomiendo muchísimo asomarse a los tweets originales para leer todas las respuestas. Una belleza, muchas carcajadas, una manifestación pura y dura de este país al que algunos todavía describen con gusto y cierto orgullo como “surrealista”, tremendo eufemismo, inmenso favor. Ke loco, ke raro, ke padre.
Entonces la fiesta se nos acaba rápido aquí en Chapolandia, la cruda llega prematura y el despertar es molesto, sin descanso. Nada nuevo ahí, también.
Amodorrados, despertamos al México de siempre, ese que no sabe si odiar a gente como el Chapo por la violencia que han generado o amarlos como una vengativa versión torcida de súper héroes que han sabido burlar a un gobierno y estado ineptos y corruptos hasta los huesos. Amar u odiar a esos que llevan el YOLO a lugares inimaginables, esos que simbolizan el logro máximo de algo que se enseña en casi todas las familias mexicanas en las oscuridades de los cuartos, que en voz baja se pasa de generación en generación, esas palabras y actitudes ante la vida que moldean todo alrededor y se reproducen a sí mismas como reales. La supuesta certeza en una única posibilidad de “superarse” en este lugar donde a casi todos les tocan migajas, a menos de que hayas nacido en alguna de las poquitas familias que todo lo tienen y controlan, los que dejan caer las migajas. La constante incertidumbre de que los logros personales y esporádicos éxitos sólo sean una época de suerte. O que todo lo que se ha construido con mérito y esfuerzo propios, a pesar de la salvaje corriente en contra, se caiga con facilidad en esta estructura endeble a la que todo le rechina y donde la mayoría prefiere el “no, pérate, ya mejor ni le muevas”.
Así, los medios, un Sean Penn, actores y actrices, y el mexicano promedio, adoran, temen, respetan e idolatran tanto a nuestros amados líderes como a los chapos del país. Así se le da vida al gran mantra mexicano, manifestación en palabras de nuestra vivencia cotidiana, de nuestro todo, uno de esos centros que nos definen como cultura tan diferente a otras, nuestro “surrealismo”, nuestro torcido orgullo de chingarnos a alguien, nuestra gran profecía autocumplida nacional: “El que no transa, no avanza”.
