Redacción Animal Político · 28 de diciembre de 2018
Desde el 1 de diciembre del 2017 vivo a unos diez minutos de la Brooklyn Public Library (BPL), el recinto con la mayor colección de volúmenes en español en el estado de Nueva York.
En ese edificio, que parece una blanca caja de pollo adornada con detalles de la antigua Grecia, obtuve dos identificaciones, una como residente de la ciudad y la segunda como socio del mismo recinto, del que he sacado más de cien tomos para el consumo personal y familiar. Y en mi nueva faceta de amo de casa y periodista freelance ahora que no tengo más de diez libros ni librero, pasé de leer si acaso un título al mes a tres o cuatro en el mismo periodo. Pero no siempre fue así.
Cuando tienes hijos, esposa, compromisos sociales, trabajo, hermanas y madre, hartos amigos, suegros, Netflix, un auto en el tráfico chilango, semanas de cansancio acumulado y compromisos sociales (¿ya los mencioné?), tu tiempo de lectura se reduce como la nieve ante los granos calientes de sal.
Aunque parezca frase de espectacular de Ghandi, descubrí que leer tiene que ver más con tener tiempo y voluntad que con la acumulación de volúmenes enfermiza que sufrimos en las profesiones del utópico “ya tendré tiempo de leerlos”.
Ignoro lo que suceda en otros empleos, pero a quienes nos dedicamos al periodismo o las letras, se tiene como un deber construir una biblioteca del tamaño del ego mediático que pensamos mostrar, y que será la base de nuestra carrera junto a la experiencia adquirida y las mañas aprendidas, claro está. Una gran biblioteca justifica además la falsa superioridad moral que nos embarga al creer que le estamos haciendo un favor a la sociedad con nuestro enciclopédico conocimiento de las cosas.
Pero así como hay dueños de impresionantes libreros entre el gremio de periodistas, también los hay de profesores o simples mortales. Incluso aquellos que se dedican a la función pública, que visten impecables, huelen siempre bonito y son adictos a las fortunas inexplicables, también son dueños de bibliotecas tan amplias que requieren incluso el uso de escaleras y rieles para operar.
Por desgracia en ocasiones las enciclopedias, los rieles y las caobas no ayudan para mantener su sentido común de pie, aunque sí sirvan de fondo cuando se requiere una foto de portada donde el funcionario deba mirar fríamente a la cámara con la actitud de no ser lo que anda diciendo la gente. ¿Creen que de ser tan malvado tendría esta biblioteca y estaría escuchando a Mozart?
Para quienes la lectura es producto de primera necesidad, el ir construyendo una biblioteca es una de nuestras grandes pretensiones: el gran error que siempre volvemos a cometer. Y seamos buenos, malos, ateos, cristianos, protestantes fifís o chairos los amantes de los libros, si se atraviesa en nuestra vida una mudanza, ahí estaremos cargando cajas o pilas que se dividen entre los que nunca vamos a leer, las que albergan a nuestros favoritos, los de arte, consulta o los que no sabemos ni por qué conservamos; esos kilos y kilos de paja editorial adquirida a diez pesos en una venta de saldos o regalada por un novel autor o robada en una fiesta de aquella casa porfiriana en la colonia Roma; títulos que son los primeros que irán al reciclaje cuando necesitamos espacio para las novedades del mercado.
Y seguro que muchos coleccionistas no entenderán como es que entre agosto y octubre del 2017, poco antes de cambiar de país, asumí esa dura decisión de vender y regalar los más de mil tomos que formaban mi colección que con los años fui depurando y que luego de que un comprador profesional me ofreciera ofensivos 3 mil pesos a cambio de 500 títulos, preferí donar a los libreros de ciertas queridas y oportunas amistades que así se quedaron con un recuerdo mío. Aunque no lo crean, en muchos sentidos me quité un peso de encima.
Ya en Nueva York, los dioses homéricos me pagaron ese acto de bondad con la BPL a poco menos de dos mil pasos y la de Nueva York en Manhattan a 20 estaciones del metro. De lo que he sacado de ahí y sin ninguna elevada intención, pongo a consideración mi top ten del 2018, obtenido de casi 50 títulos consumidos. Y perdón que no haya ninguna novedad, por cierto.
Dicho lo cual me retiro a planear la cena de Año Nuevo deseando a los lectores de Animal Político un literario 2019.
@juansinatra