Mirarse al ombligo

blogeditor · 5 de junio de 2020

Mirarse al ombligo

Al fondo del cajón de mi buró, junto a nuestros pasaportes, se encuentra una caja de madera que me regaló mi abuela cuando cumplí 14 años, en cuyo interior hay otra cajita que aloja una enorme costra que alguna vez fue un pedazo del cordón umbilical que nutría a Nicolás mientras crecía y flotaba en mi vientre.

No es que ya no lo sea, pero la piel viva y la piel muerta son tan distintas que hasta deberían tener cada una su propio nombre: mientras que un cordón umbilical vivo transporta sangre y nutrientes, uno desprendido comienza a marchitarse hasta que se convierte en algo, una cosa, que solo una mamá apreciaría. Ese desprendimiento deja un rastro, una cicatriz permanente en el centro del cuerpo como recordatorio de que alguna vez habitamos a nuestra madre.

Los últimos tres meses de embarazo, Nicolás permaneció en la misma posición, casi sin poder moverse. Ese mismo lazo que nos mantenía unidos se había enrollado en su cuello a manera de una bufanda de piel delgada, que al final —o al inicio— sería desenredada por el ginecólogo el 17 de marzo del 2018, y que por fin le permitiría cambiar de posición con libertad y por el resto de su vida. Cuando el médico corta el cordón umbilical, lo físico se convierte en simbólico: ya no habitamos, ni habitaremos nunca más, el mismo cuerpo.

No seré solo yo quien te nutra ahora, querido hijo: también será la vida y serás tú quienes lo hagan, aunque en mi mente, en mi corazón y en mi espíritu siempre habrá un cordón, un lazo que nos mantenga unidos, tan largo como tus deseos y tus ganas de moverte, de irte o de quedarte.

No sé hasta cuándo guardaré en esa pequeña cajita el souvenir del nacimiento de mi hijo; tampoco tengo muy claro para qué lo conservo. Me aferro, quizás, al bebé que fue, al pequeño mamífero que necesitaba de mi absoluto cuidado para sobrevivir, para conocer el mundo.

Junto al pedacito de cordón también conservo su primer mechón de pelo, más rubio y más delgado que el que tiene ahora. Hay, entre mi colección de recuerdos físicos, una gasa con la primera gota de sangre que brotó de su cuerpo y un pedazo de tela del mameluco que tuve que cortar para que pudieran salir sus pies en el primer estirón.

En la misma caja rectangular que me regaló mi abuela guardo el duplicado de las llaves de mi coche, un par de tafiles de emergencia, algunas monedas que me quedaron de ciertos viajes, un USB con los archivos del SAT, un cartón con la huella diminuta del pie de Nicolás, las pulseras que nos pusieron en el hospital el día que nació y el clavo que utilizaron en la reconstrucción de su dedo pulgar.

Nicolás nació con un dedo extra en la mano derecha. Doble voto, bromeábamos. Doble like, decía mi madre. Mi cangrejito, pensé desde que el pediatra, en el primer instante, me enseñó esa peculiar característica de mi hijo.

Parece que hablo de otra era: una vida pasada que olía a nuevo, en la que estaba cansada y tenía miedo de arruinarlo todo, desde bañarlo hasta lactarlo; esa otra vida en la que me daba pánico que mi hijo no me quisiera tanto como yo a él y que no permaneciéramos unidos como alguna vez lo estuvimos: con el cuerpo de por medio y con un cordón que ahora es piel muerta.

@barbarahoyo