Mirar el pasado aunque nos apunte

blogeditor · 18 de octubre de 2021

Mirar el pasado aunque nos apunte

El pasado viernes fue publicado en el Diario de Yucatán un artículo titulado “Arrastrados por la corriente”, escrito por María Elena Ponce Laviada. En él se hacía referencia a un incidente no inédito ocurrido el martes 12 de octubre en la capital yucateca: un grupo de manifestantes intervino y pintó el monumento a Francisco de Montejo y su hijo, quienes atacaron y destruyeron la ciudad maya de T’hó para fundar la actual Mérida. La autora condena la manifestación y defiende lo que considera una identidad común. He decidido comentar su artículo porque evidencia la renuencia que tenemos los no-mayas a confrontarnos con el pasado (y nuestro presente).

En el artículo se señala que el monumento a los Montejo “representa nuestro pasado histórico y el inicio de un mestizaje que nos da una identidad única”. Menciona la existencia de identidades diversas como los mayas, afrodescendientes y libaneses, pero no como realidades presentes sino únicamente como ingredientes originarios que se mezclaron y dieron un único resultado homogéneo: aquello que constantemente llama “nosotros”. El artículo pareciera hablar no a todo el estado de Yucatán –donde actualmente habitan esas y muchas otras identidades- sino únicamente a “nosotros”: las personas blancas no-mayas que nacimos y crecimos en el norte de Mérida.

En el artículo, afirma que quienes pintaron el monumento son “gentes ignorantes” que no representan a los indígenas y que “(a)nte los hechos, no puedo más que asegurar que ninguno de ellos tiene pureza de sangre maya y que la mayoría no son nacidos en este estado”. Erróneamente, la autora –al igual que mucha gente en Mérida- entiende la identidad indígena como un asunto genético (quién tiene “sangre maya”) cuando es un asunto étnico. Una persona no es indígena por su sangre sino porque nació en una familia indígena y creció con una determinada identidad, idioma, dinámica social y forma de entender el mundo. Porque ese origen familiar, comunitario, cultural, espacial, espiritual, simbólico y lingüístico va a determinar cómo otras personas tratarán a esa persona. Ser maya o no define muchas cosas en Yucatán: desde la movilidad social hasta el acceso a ciertos espacios en teoría públicos. Y no es un asunto natural ni accidental. Tiene como base la discriminación que las familias de las personas no-mayas históricamente respaldaron y ayudaron a estructurar.

Por más doloroso que pueda ser, debemos reconocer que mucha gente en la entidad en mayor o menor medida descendemos de personas que se beneficiaron de la explotación de mayas, afrodescendientes, coreanos y otros grupos. No significa que en nuestros árboles genealógicos no se habrán padecido dificultades, pero ninguna fue insuperable por cuestiones étnicas.

No es una cuestión de culpa sino de responsabilidad. Creo que es nocivo seguir levantándole odas a los Montejo como creo que es vergonzoso y condenable lo que mis tatarabuelos hicieron. Y eso no es negar el pasado, sino aceptarlo como es. No es un juicio histórico a los muertos sino una decisión de lo que las personas vivas consideramos que son los símbolos y las bases con las cuales queremos hacer una sociedad distinta, que no caiga en los mismos errores. Los cuales, me parece, están siendo defendidos en espacios como el texto que comento. Por eso creo que frente al debate existente en Yucatán, lo menos que podemos hacer las personas blancas no-indígenas es escuchar. Por primera vez en siglos no nos vendría mal callar y escuchar lo que mucha gente maya está diciendo y exigiendo.

@kalycho