Redacción Animal Político · 8 de agosto de 2025
Hoy, las mujeres habitamos una compleja encrucijada entre las conquistas históricas y las exigencias cotidianas. Hemos logrado avances importantes en el ámbito público y profesional: ocupamos espacios que antes nos estaban vedados, participamos activamente en la vida política y social, y consolidamos nuestra independencia económica. Sin embargo, permanece una carga invisible y persistente que seguimos asumiendo de manera casi exclusiva: la vida doméstica y de cuidados.
Lejos de desaparecer o redistribuirse de manera equitativa, esta dimensión asignada históricamente a las mujeres convive hoy con una masiva incorporación al trabajo remunerado. El resultado es una paradoja: vivimos jornadas dobles o triples, donde las responsabilidades laborales, domésticas y de cuidado se entrelazan sin que el sistema socioeconómico reconozca, ni mucho menos valore, esta sobrecarga.
El trabajo de cuidados, especialmente el que se realiza en el hogar, es fundamental para sostener la vida. Estas tareas que permiten el bienestar físico, emocional y social de las personas pueden analizarse desde dos dimensiones complementarias. Por un lado, la dimensión objetiva, que incluye actividades concretas y medibles como cocinar, limpiar, lavar, o acompañar a personas dependientes. En contextos mercantiles, incluso pueden tener un valor económico asignado. Por otro lado, está la dimensión subjetiva del cuidado, mucho más difícil de cuantificar, pero igualmente crucial: implica atención personalizada, vínculos afectivos, escucha, contención y presencia emocional.
Como señala el libro Malabaristas de la vida. Mujeres, tiempos y trabajos, las necesidades humanas no se satisfacen únicamente con bienes materiales, requieren también de afecto y acompañamiento. Cuidar no es solo hacer, sino estar. Y estar, en este sentido, es un acto profundamente humano.
Desde esta perspectiva, muchas mujeres vivimos una constante disociación: estar en varios lugares al mismo tiempo. El ingreso al empleo no ha venido acompañado de una redistribución real del trabajo doméstico y de cuidados; más bien ha generado una acumulación de responsabilidades. Esta dinámica, conocida como doble presencia, implica que, aunque estemos físicamente en el trabajo remunerado, seguimos siendo las principales responsables de lo doméstico, incluso a la distancia.
Esta tensión genera efectos reales: culpa, ansiedad, agotamiento crónico, sensación de insuficiencia permanente. Y entonces surge la pregunta inevitable: si el trabajo doméstico y de cuidados es fuente de tanta sobrecarga, ¿por qué las mujeres lo seguimos asumiendo casi en exclusiva? ¿Por qué no replicamos, como muchos hombres, una inserción laboral desvinculada del hogar?
La respuesta no es simple. El cuidado tiene un fuerte componente relacional y afectivo. Como plantea Antonella Picchio, cuidar no es un servicio que pueda automatizarse ni delegarse por completo: es una práctica insustituible para el desarrollo humano, un “bien precioso” que merece ser protegido. Por eso, aunque nos desgaste, no dejamos de cuidar. Sin embargo, esta decisión, que muchas veces se asume por amor o responsabilidad, no debería traducirse en una carga individual.
El problema de fondo no es personal, es estructural. Como advierte Cristina Carrasco, la sociedad sigue operando bajo el supuesto de que existe una mujer ama de casa a tiempo completo que garantiza el funcionamiento del hogar. Si esa mujer quiere trabajar fuera, se espera que resuelva —por su cuenta— cómo reorganizar el tiempo y las tareas. El Estado, las instituciones y la sociedad continúan sin asumir que el cuidado de la vida humana es, en realidad, una responsabilidad social y política.
La ausencia de políticas públicas integrales que redistribuyan el trabajo de cuidados tiene consecuencias concretas. Según la Encuesta Nacional sobre el Uso del Tiempo (2020), durante el cierre escolar por la pandemia, las mujeres mexicanas dedicaban, en promedio:
Es decir, 18 horas de trabajo al día. Restan apenas 6 horas para dormir, sin contar traslados, autocuidado o descanso real. ¿El resultado? Ansiedad, depresión, estrés, insomnio y un deterioro progresivo de la salud mental y emocional de quienes cuidan.
Este agotamiento cotidiano, sostenido por la naturalización del rol cuidador de las mujeres, debe dejar de ser visto como un asunto privado. El cuidado no es una cuestión de mujeres; es un asunto de justicia social. Es hora de construir soluciones estructurales: políticas de corresponsabilidad, servicios de cuidado accesibles y dignos, licencias igualitarias y transformaciones culturales profundas que desmonten la romantización del sacrificio femenino.
También necesitamos abrir espacios para otros diálogos: sobre el derecho al descanso, el autocuidado, el ocio y la salud mental. No desde la culpa. No desde la individualización del problema. Si no desde la convicción de que cuidar y cuidarnos debe ser un acto colectivo, reconocido, valorado y sostenido por toda la sociedad.
* Mónica Castro es Master en Dirección de Fundaciones y Asociaciones por la Universidad de Barcelona en España. Cuenta con estudios en programación neurolingüística, manejo de conflicto y reconstrucción de la paz, por la Universidad IBERO; en psicología clínica y técnicas de precisión integrativas para psicoterapia, en la Universidad Anáhuac; así como en trastornos de la personalidad, en el C. Psicólogos de Madrid. Voluntaria en los servicios de obra social y situación de migrante en “Fundació de l’Esperança” – de fundación “la Caixa”. Cuenta con más de 15 años de experiencia en Desarrollo Humano y Organizacional y ha colaborado en organizaciones civiles, instituciones públicas y espacios de académicos, tanto a nivel nacional como internacional.